Agresión a presos del 68

Los presos políticos entraron en huelga de hambre. Duraron 42 días. Solo tomaban agua de limón. Íbamos a la cárcel a saber y constatar que Eduardo no se había puesto enfermo.

¡Qué angustia! Mi mamá volvió a ponerse triste y a mí me dio por no comer. Oswaldo me llevaba a muy buenos restaurantes a comer y yo no probaba bocado.

Después los muchachos de la cárcel comentaban: “El pobre Oswaldo cayó en la trampa; conoció a Chelo cuando estábamos en la huelga de hambre; ella en su depresión no quería comer, y que se casa con ella. Después se dio cuenta de que la Chelo es muy tragona”.


El 1 de enero de 1970 regresábamos de la visita de domingo y le hablan por teléfono a mi mamá; le dijeron que habían reprimido a los muchachos, que había heridos graves.

Al otro día nos apresuramos a ir a Lecumberry. No nos dejaron pasar. Celia se puso en contacto con la organización de familiares de presos políticos, y después de dos días logramos entrar a las crujías. Estaban todos golpeados y con mucho frío. La celda de mi hermano estaba vacía y el Búho estaba muy débil (por lo de la huelga de hambre) y algo golpeado.

Algo que cabe resaltar es que el compañero Jacobo (papá de mi amiga María Jacobo) se abrazó de la reja de entrada de la crujía y con su cuerpo detuvo a los delincuentes. Habían soltado a los presos más peligrosos y asesinos de Lecumberry. Al compañero Jacobo lo acuchillaron y estaba al borde de la muerte en la enfermería de la prisión.

Nos llamó la atención que al Búho le regresaron algunas cosas: yo, boba, le dije: “Ya hicieron la investigación y agarraron a los agresores, es por eso que te devolvieron algunas cosas”. El Eduardo, muy calmado, me explico: “No, Chelo, la agresión fue organizada por el gobierno y las autoridades de la prisión; estas cosas me las devolvieron mis amigos, presos comunes”.

Eduardo tenía amigos en Lecuberry que no eran presos políticos, amigos de infancia de él y Pepe. Es que vivimos de chiquitos cerca de la Candelaria de los patos y mis dos hermanos grandes se juntaban con jóvenes del barrio que después se volvieron delincuentes; solo me acuerdo de uno que le decían El Pato.

Después de este suceso les quiero confesar que ya no estaba tan pendiente del movimiento. Estaba recién casada y muy contenta con la vida. Ya habíamos puesto Oswaldo y yo nuestro pequeño departamento en la colonia Narvarte. Visitaba cada tercer día a mi mamá y hermanos. También me dejé de preocupar un poco por Celia y Rogelio. Mi hermano Pepe se fue a vivir al departamento de Loma Hermosa y mi cuñada Rosa (esposa de Pepe) quería mucho a mi mamá y siempre estaban pendientes que estuviera contenta.