Agonía de un régimen

Ya es poco o nada lo que se puede esperar de Enrique Peña Nieto y su gobierno, quizá solamente que concluya. En su agonía, resulta difícil saber las pretensiones presidenciales con la emisión de promocionales en torno a su último informe sobre “el estado general que guarde la administración pública del país”. Sin embargo, de esto poco o nada se informa, pero si se recrea una realidad inexistente, fantástica y complaciente, incapaz de la autocrítica que reconozca el daño causado a la población con las reformas mediante las cuales se pretendió fortalecer el neoliberalismo y solo lograron empobrecer a los mexicanos que, finalmente, decidieron dar una enorme legitimidad a López Obrador y apostaron a su propuesta de cambio.

Por supuesto, en los promocionales no se menciona el incremento de la deuda del sector público, cuyo monto, en el sexenio, se incrementó en casi 70 por ciento. Y, a veces, cuando se pretende afrontar la realidad se falsifican las conclusiones; es el caso de la Casa Blanca, cuyo tema, dice Peña Nieto, afectó la “credibilidad presidencial y la del gobierno federal”. Sin embargo, lo que la Casa Blanca mostró es lo que ha sido hasta ahora la presidencia institucionalizada, no solo en términos de sus ilegales facultades metaconstitucionales, sino de los beneficios derivados del ejercicio de un poder más parecido a una monarquía imperial que a una República democrática.

Peña Nieto deja un país con dificultades que ponen gozosa a la derecha silvestre y a la cultivada, pues consideran que la magnitud de los problemas los hace irresolubles y enfatizan los retos y aquellas soluciones antes solicitadas a la oposición, hoy, las niegan a un gobierno con una legitimidad que hace mucho tiempo no veíamos en México.


Ciertamente será complicado modificar los aspectos esenciales del neoliberalismo: la exclusión, la superexplotación de los trabajadores, la importancia adquirida por la economía informal y el subconsumo de las masas, requieren soluciones drásticas que, seguramente, enfrentarán la oposición abierta y/o velada de los beneficiarios, que son pocos, pero los hay, del funcionamiento del neoliberalismo. Es difícil creerlo, pero en México, de acuerdo con el informe elaborado por la CEPAL, titulado La ineficacia de la desigualdad, se afirma que los recursos de los 10 mexicanos más ricos del país equivalen al total de los ingresos percibidos por el 50 por ciento de la población más pobre, es decir, de casi 30 millones de personas. Otro dato, aterrador, lo ofrece ese mismo informe: “la fortuna de los cuatro mexicanos más ricos representa 9 por ciento del PIB”.

Un gran beneficiario del neoliberalismo, ha sido el sector bancario que, entre enero y julio de este año, obtuvo utilidades por un monto histórico de 89 mil 133 millones de pesos, cantidad 15 por ciento superior a las utilidades obtenidas por los bancos en el mismo periodo de 2017.

Estos sectores, seguramente, opondrán una resistencia que se deberá vencer con el concurso de la población insumisa y también pasa, sin duda, por fortalecer las alianzas electorales hechas por morena que, en algunos casos, pueden resultar frágiles.