Adiós a Jaime Avilés

En noviembre de 2006, ese año fatídico para el país por la usurpación que Felipe Calderón haría de la presidencia de la República, me invitó Jaime Avilés a presentar una novela que acababa de publicar. Nos habíamos conocido hace mucho, cuando fue director de Fomento Editorial en la UAP. Con Hugo Vargas y otros amigos pasamos varias noches muy divertidas bebiendo un poco de todo, pero todo con alcohol. Nuestra euforia festiva nos llevó a algunos excesos, como cuando colocamos pacientemente, muertos de la risa, las sillas del Vittorio’s en el camión de la basura que pasaba a media noche. Juntos anduvimos también con Jesusa Rodríguez en la Caravana de Maíz que salió de la cueva de Coxcatlán, donde se encontraron restos del cereal con 7 mil años de antigüedad, al zócalo de la Ciudad de México, sembrando semillas de maíz en todos los jardines y camellones que encontramos a nuestro paso en ese recorrido que duró cuatro o cinco días. Gracias a Sergio Cortés, quiero recordarlo ahora con el texto que leí esa noche en Profética y recomendar enfáticamente su novela, pues la mejor manera de estar con él, ahora que ya no está, es leyéndolo.

La novela de Jaime Avilés viene a nutrir, de un modo afortunado, la temática de las rebeliones armadas contemporáneas que ha sido abordada por los más diversos escritores, desde Gustavo Hirales hasta Mario Vargas Llosa, pasando por Carlos Montemayor, Ignacio Retes, Fritz Glockner, Marcela Serrano, Sergio Schmuckler y Héctor Aguilar Camín. A diferencia de estas novelas, algunas excelentes, como La Historia de Mayta, de Vargas Llosa, la novela de Jaime está escrita no desde las certezas o las críticas ideológicas, sino desde la incertidumbre y los titubeos de un personaje enamorado. Adiós cara de trapo es la historia de las desventuras amorosas de Serapio Bedoya, un hombre de 40 años dedicado al teatro y al periodismo, actividades que le servirán para explorar, por un lado, el amor que siente por una joven 20 años menor que él, llamada Nausícaa, como aquella princesa feacia que acogió a Ulises después de su naufragio; y por otro lado, el convulsionado mundo de la política que irrumpe en México a partir de la rebelión zapatista en Chiapas.

Después de varios infortunados amoríos, de los cuales dos terminaron con reclamos de Jazzilda y Milagres, quienes lo abandonaron echándole en cara su infidelidad, su falta de voluntad o su incapacidad para preñarlas, y un tercero que culminó con el suicidio de Alexandra, quien se arrojó desde una terraza en Sevilla, Serapio Bedoya tuvo una revelación en sueños. Al final de un día particularmente intenso en lecturas de Ovidio, Homero y Joyce, la diosa Afrodita aparece en sus sueños para anunciarle que: “Vendrá una nueva mujer y será la última”. Esa nueva mujer es la joven Nausíacaa. Cuando la conoció, atendiendo de mesera en un restaurante, supo de inmediato que ella era la mujer anunciada por Afrodita: “la niña con ojos de lago, piel de seda y rostro de cristal” que tantas veces había escuchado e imaginado en una canción de Bob Dylan (Sad EyedLady of the Low Lands) Él se moría por ella, Nausícaa se convirtió en una permanente obsesión amorosa. El problema es que ella le tenía simpatía, cariño, agradecimiento, admiración y otras cosas más, pero faltaba el ingrediente fundamental que hace posible que una relación termine placenteramente en la cama: el deseo.


Paralela a esta historia sucede el levantamiento zapatista. El interés periodístico lleva a Bedoya a hacer un primer reconocimiento de la situación y poco después viaja a San Cristobal, acompañado por Nausícaa, a una rueda de prensa en la que, por medio de ella, entrega a Marcos una carta en la que se presenta con el sub comandante rebelde pues piensa que lo conoce. En ese breve texto Serapio hace no sólo una presentación personal, sino la de toda una generación de la izquierda universitaria, la que vivió la transición del Partido Comunista al PSUM, simpatizantes de la corriente eurocomunista, gramscianos, ecologistas, defensores de las feministas, la marihuana, las lesbianas y los gays. Como era de esperarse muchos de ellos fueron censurados por la dirección del Partido y algunos, entre ellos Serapio Bedoya, renunciaron a la militancia. En esa carta le proponía a Marcos lo siguiente: “Quiero apoyarlos en la tarea que me asignen, pero me interesa que tomen en serio esta simple observación. Me parece advertir un enorme potencial teatral en el zapatismo y me encantaría experimentar mezclando lo que sé de cabaret con la interpretación del género épico que ustedes, por obvias razones, cultivan”.

Y es que Serapio Bedoya está convencido de que vivimos “una Nueva Edad Media, un oscurantismo de la cibernética y la electrónica donde los caballeros andantes son como el insólito jefe de los zapatistas: héroes ocultos en el bosque, protagonistas de increíbles hazañas de ficción que, no obstante, suceden en la realidad, como estaba ocurriendo en Chiapas. ¿Qué era si no este exótico alzamiento que movía a miles de indígenas? Un montaje del pueblo –decía Bedoya– sin la complicidad del poder sino contra el poder, pero no para conquistarlo; una guerra donde las auténticas armas ofensivas, las que realmente habían minado al gobierno, eran las del teatro: la actuación dramática, el discurso poético, la simbología del vestuario, la utilería de los fusiles que disparaban sin mentir, la representación de una tragedia antigua que salía a la luz con sus muertos verídicos para volverse contemporánea como lo había sido a lo largo de quinientos años.” Para Serapio Bedoya lo más importante de la rebelión zapatista es que nos permite presenciar la primera guerra del arte contra la dictadura de la televisión. De ahí su interés en colaborar como hombre de teatro con ellos.

Sin embargo, esta loca propuesta no se llega a concretar, como tampoco pudo concretar la suya Antonin Artaud. La vida periodística llevó a Serapio por distintos puntos del país cubriendo los hechos más desconcertantes que se sucedieron en aquella época: la muerte de Colosio, la de Ruiz Massieu, el escándalo de Cabal Peniche y luego el retorno a Chiapas donde intenta incorporarse a la vida de las comunidades indígenas zapatistas sin lograrlo.

La idea de que la rebelión zapatista está impregnada de teatralidad es muy interesante si pensamos en el Teatro de la Crueldad de Antonin Artaud y en las enormes expectativas que tenía en la cultura mexicana como una vía de transformación de la cultura occidental. Hay que recordar que cuando Artaud hablaba de crueldad no usaba el término como sinónimo de suplicio, de sangre vertida o de carne martirizada, lo usaba más bien en el sentido de apetito de vida, de rigor cósmico y de necesidad implacable. Pensaba el teatro no en términos escénicos, con unos actores representando un papel cualquiera y un público que los observa, sino más bien en términos rituales e incluyentes, en donde las fronteras entre el actor y el espectador desaparecen. El teatro como un medio para transformar el mundo. México, decía Artaud en los años 30, ha hecho dos o tres revoluciones en un siglo y no tiene porqué temer una más; y es seguro que la próxima, si la hay, revestirá un carácter de gravedad excepcional, pues esta vez tendrá que resolver problemas fundamentales. La originalidad de la futura revolución en México –decía– es que no será una revolución fraticida, puesto que el México actual tiene un pensamiento unánime respecto a los destinos de la civilización. Artaud pensaba que la cultura europea estaba en franca decadencia y que los Estados Unidos no hacían sino multiplicar los vicios europeos. Creía que, en México, en las culturas indígenas, en el México profundo, como lo llamó Guillermo Bonfil, había un proyecto civilizatorio diferente, una alternativa vital que México podía ofrecer al resto del mundo.

Imposible no relacionar las esperanzas del poeta francés en el milenario mundo indígena como fuente de reconstrucción del mundo moderno, con el hecho de que la rebelión zapatista se haya producido entre los indios mayas de Chiapas. La moneda lleva ochenta años en el aire y no sabemos qué pueda ocurrir, ya no digamos en el mundo, ni siquiera en algunas regiones de nuestro país. Tal vez sea demasiado tarde para que puedan cumplirse las expectativas con las que soñó Antonin Artaud, de cualquier modo, me parece que ésta fue la intuición que tuvo Serapio Bedoya cuando se acercó con su propuesta teatral a los zapatistas.

Como la literatura es una de las formas de implicarnos con el curso de la vida, la novela de Jaime Avilés nos pone ante los ojos los problemas del México contemporáneo y nos deja allí, con el pensamiento abierto como una granada, ocupado en interrogantes y expectativas. Mientras tanto, Serapio Bedoya había terminado lastimosamente su relación con Nausícaa y había destruido lentamente su propia casa con un mazo. En cada golpe que daba a los muros repetía las letras del nombre de Nausícaa, de modo que el derrumbe de su habitación era simultáneamente el derrumbe de su amor por aquella joven y un estrepitoso derrumbe sobre sí mismo. Esta caída termina por convertirse en un hecho físico cuando Serapio Bedoya, parado en una piedra tambaleante a la orilla de un camino, ve pasar a los zapatistas que marchan rumbo al Congreso para exigir el respeto a los Acuerdos de san Andrés. Cuando descubre entre la gente al subcomandante Marcos le grita “Adiós cara de trapo” y la fuerza de ese grito lo hace caer de espaldas y rodar en el suelo. Serapio está andrajoso, con la barba crecida, vencido y moderadamente ebrio. Se incorpora lentamente, sacude su ropa y se dirige a un bar, que tiene el resplandeciente nombre de El imperio de los Sentidos. Allí se sienta a tomar una cerveza y a observar plácidamente a una joven y bella mujer. Esta escena final es conmovedora, tanto que como lector uno siente la tentación de pedirle encarecidamente a Jaime, como creador se Serapio Bedoya, que tenga compasión de él, que le regale otra historia de amor, quizá más afortunada, en una nueva novela.