Acostumbrándonos a caminar entre los muertos

“Lo que produce delito

no es la pobreza a secas, sino la pobreza sin esperanza”.

Eugenio Raúl Zaffaroni


La conformación de los Estados modernos ha contado siempre con una visión, es decir, con propósitos, o bien, con los derechos de la ciudadanía que respetará y protegerá como prioridad en sus leyes, instituciones y políticas públicas; por ello, durante mucho tiempo existieron dos visiones muy bien delineadas que consistían en las políticas públicas de derecha que apelaban por la protección de los derechos de libertad de sus nacionales, y también por eso la posición principal de los Estados es permitir que en particular la ley de la oferta y la demanda fluya de forma “natural”, sin inmiscuirse para controlar los precios de los productos, los niveles de producción, las exportaciones e importaciones de las mercancías, pues esas actividades están reservadas para los particulares.

Los Estados que apelan a las políticas públicas de izquierda buscan la protección de los derechos de igualdad, para lo cual deben prever introducirse en las actividades económicas, principalmente para que no se provoquen grandes desigualdades en la propia población, para evitar que exista extrema pobreza y extrema riqueza; intervienen en actividades de producción, de precios de productos, así como en importaciones y exportaciones; además, protegen los derechos denominados sociales, que son una consecuencia de los derechos de igualdad, pues el derecho a la cultura, a la educación, a la vivienda, al medio ambiente, a la alimentación y al empleo son toda una gama de obligaciones con que cuenta el Estado y sus instituciones para poder cumplir con sus propósitos de proteger derechos de igualdad.

Estas dos visiones de Estado antagónicas fueron perdiendo a nivel mundial identidad a lo largo del tiempo, en principio a partir de los gobiernos de R. Reagan en Estados Unidos y de Margaret Thatcher en Gran Bretaña, a inicios de la década de los 80, siguiendo con la emblemática caída del muro de Berlín en noviembre de 1989, y después la escisión de la URSS; por otra parte, los denominados Estados sociales de derecho que se encontraban vigentes en Europa fueron disolviendo esos derechos sociales que se colapsaron con la crisis económica de 2008, por ello es que a lo largo de estos años se ha estado conformando otra visión de Estado en el mundo, ante el fracaso o “la provocación del fracaso” de los Estados sociales de derecho. A decir del profesor italiano Norberto Bobbio, “si no hay izquierdas entonces, no hay derechas” (Bobbio, Norberto, “Derecha e Izquierda”, Taurus, México, 2014). Esa otra visión es el hasta ahora denominado Estado de seguridad pública (Vergara Nava, Silvino, Temas jurídicos para tiempos no jurídicos, Escuela Libre de Derecho de Puebla, 2016, México) o Estado del riesgo –pues propiamente no cuenta con una denominación.

El Estado de seguridad publica no atiende a proteger los derechos sociales, sino que quedan reducidos a su mínima expresión, lo más básicos y solamente los suficientes como para contar con mano de obra operativa. Por otra parte, los derechos de libertad quedan reservados a las grandes empresas y consorcios económicos, los micro y pequeños empresarios nacionales están imposibilitados para competir con esos consorcios, por lo que tienen pocas opciones o se convierten en sus maquiladores, o venden a esas corporaciones sus instalaciones y posiciones comerciales o quiebran. Pero ante esta visión de nula protección de derechos, tanto de izquierda como de derecha, subsiste la vigencia de dicho Estado de seguridad pública, asumiendo que ante los problemas de la actualidad debe velar por la integridad de las personas; es decir, ya no interesa la protección de los derechos de igualdad o libertad, sino de simple salvaguarda de la vida de los ciudadanos para lo cual resulta necesario que se pongan en primera plana los riesgos que se viven en las poblaciones, desde la posible guerra nuclear, pasando por el terrorismo, la delincuencia organizada, hasta los robos de banqueta, desempleo, migraciones y los actuales problemas ambientales; sin embargo, habría que preguntarse si todos estos problemas que se han acumulado con el devenir del tiempo son provocados, es decir, si el propio Estado o las instituciones actuales no necesariamente gubernamentales los han creado o son propios de la inercia de los cambios en el tiempo de la humanidad.

En tanto se responde esta pregunta, observamos en todo momento, en cualquier población del mundo, desafortunadas muertes de la población, ya sea en algunas regiones por actos de terrorismo, como sucede en el Medio Oriente, en los países árabes y, actualmente, en cualquier ciudad de Europa, que no está exenta de esos actos; o bien, muertos por problemas de inundaciones, contaminación, terremotos, como sucede en muchos sitios del mundo; finalmente, muertes de ciudadanos causados por la delincuencia organizada, desapariciones, muertes extrajudiciales. Lo cierto es que toda esa inseguridad provocada o innata del devenir histórico de la humanidad nos ha permitido que se presente el mayor de los problemas y la tragedia más dramática: estar acostumbrándonos a caminar entre los muertos.