A través de la fotografía, Lilia Martínez mostró los espacios domésticos poblanos

Los patios principales y los interiores, la sala, los corredores, la recámara y la cocina de las casas poblanas durante los siglos XIX y XX fueron los espacios que la fotógrafa Lilia Martínez abordó durante la conferencia Espacios domésticos poblanos a través de la fotografía ■ Foto Abraham Paredes
Los patios principales y los interiores, la sala, los corredores, la recámara y la cocina de las casas poblanas durante los siglos XIX y XX fueron los espacios que la fotógrafa Lilia Martínez abordó durante la conferencia Espacios domésticos poblanos a través de la fotografía ■ Foto Abraham Paredes

Los patios principales y los interiores, la sala, los corredores, la recámara y la cocina de las casas poblanas durante los siglos XIX y XX fueron los espacios que la fotógrafa Lilia Martínez y Torres abordó durante la conferencia Espacios domésticos poblanos a través de la fotografía.

Invitada por el Museo Casa de Alfeñique, la experta se acercó a espacios domésticos a partir del acervo que resguarda la Fototeca Lorenzo Becerril A.C, que ella dirige, identificando los espacios públicos y privados: los primeros con acceso libre para toda la gente, como lo son los patios, y los segundos exclusivos para la familia, como los corredores, el despacho, las recámaras, la cocina y la sala.

Señaló que “el patio era el corazón de la casa”, ya que de los siglos XVI al XVIII eran de dimensiones grandes, además de que la mayoría de casas tenía dos. Un ejemplo es la Casa de Alfeñique  –como pudo verse en una fotografía de 1940–, con su patio central, o la casa Agustín Arrieta, en la esquina de la 5 Poniente y 5 Sur, con un patio amplio y bello.


“El patio era el lugar idóneo para tomar la foto de grupo, ya que había pocos espacios oscuros; ahí se colocaban a los personajes, y en general las mujeres permanecían sentadas y los hombres de pie. No había un jardín profuso ni árboles, sino que eran patios de servicios. En ellos, también se celebraban fiestas y banquetes. El segundo patio era para los carruajes y los trebejos por lo que tenían un piso de tierra”.

En ambos espacios, continuó Martínez y Torres, los niños se “adueñaban del patio”, como demostró en una fotografía inédita proveniente de negativo de cristal, en el que aparecen unos niños jugando en una carretilla, otros en una cuna, vestidos de blanco, delante de una ventana moderna y con vegetación.

Los corredores, en cambio, eran los centros neurálgicos de la casa, ya que en ellos se repartía el movimiento de las casas, además de ser espacios de celebración y de encuentro, mientras que las salas eran “las galerías de los retratos”, ya que en varias fotografías puede verse la afición de las familias poblanas por colgar las imágenes de sus familiares, que sobresalían entre el tapiz y de la pintura del muro, y combinaban con las sillas, mesas y espejos.

“En su mayoría son imágenes de fotógrafos anónimos, tomadas con alto grado de dificultad, ya que eran espacios oscuros que requerían una larga exposición, que provocó poca definición y detalle”, explicó la ganadora a la Medalla al Mérito Fotográfico que entrega la Fototeca Nacional.

El comedor, para Lilia Martínez era “el lugar de la socialización” ya que convivían adultos y niños, y se tenían visitas con cualquier motivo. Para ejemplificar, mostró fotografías de Ligorio Ramírez, un doctor que vivía enfrente de la ex cancha de san Pedro y hacía reuniones con músicos, poetas y miembros de la “bohemia poblana”.

Como parte de los espacios privados mencionó a la biblioteca, un lugar “para el despacho de los asuntos” a los que los niños no entraban. Otros más eran las recámaras, la cocina y la azotea, ya que sólo las personas de confianza podían acceder a ellos.

Las recámaras, calificadas por la fotógrafa como “el resguardo de lo íntimo”, resaltaban por sus camas de latón, su pintura mural y su papel tapiz, sus colchas de algodón, sus vírgenes en la cabecera, su tocador de tres lienzos con espejo y su taburete para guardar cosméticos, y en algunos casos, según la amplitud de los cuartos, podía contenerse una pequeña sala con silla de mimbre, cojines, perros y gatos, ya que “el gato es el dueño de los interiores”.

Para cerrar la autora de “Casa poblana, el escenario de la memoria personal” describió a la cocina, un espacio del “que se habla mucho pero se muestra poco”, pese a ser el centro de convivencia y de charla, que resaltaba por su brasero, su lambrín de azulejo y campana, y sus lámparas que colgaban desde lo alto para alumbrar la mesa.

No faltó la azotea, “la maravilla del mundo”, con una fotografía que al fondo muestra las torres de catedral, pues ahí se practicaban “los pasos de baile, pues nadie te ve y por lo tanto no te da pena, incluso, asolearte”.