A manera de portavoz

Las palabras de agradecimiento de la familia Cruz Coeto, debido a las muestras de solidaridad manifestadas por todos aquellos que de una u otra forma se han acercado para expresar los más genuinos sentimientos de respaldo y apoyo, que son consecuencia de la partida del doctor Antonio Cruz, son infinitas y por alguna razón, Gilbertita (su hija adoptiva) me entregó uno de los últimos documentos que el maestro escribió y que transcribo, no sin antes agradecerles su confianza, paciencia, amistad y afecto.

Titulado como “Mi actividad vital” expresa: Soy Ponciano Antonio Cruz López; un ciudadano común que no merece homenaje público alguno. Nací un 29 de mayo del año 1938 en la maternidad “Tamariz” de esta ciudad. Racialmente soy un amasijo autóctono mexica–tlaxcalteca por parte de mi madre Elena López y mixteco–zapoteco por el tronco de mi padre Ponciano Cruz. Soy segundo hijo de cuatro; la primera, profesora. El tercero, radiólogo importante del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), ambos muertos. El cuarto es microbiólogo y me compartió sus saberes. Nunca podré agradecerlo. Mis padres fueron expresión social de mi formación, mi mayor orgullo, profesores rurales con la ambición de que sus hijos fueran profesionistas.

Al terminar la escolaridad médica, me casé con Alicia Coeto, una singular mujer que ha sabido conducir a la familia, soportar carencias e inclinaciones de ruralidad sin protesta alguna. A ella debo mi estabilidad familiar.


Hice sin requerirlo un Internado Rotatorio en el Hospital General de Hermosillo, Sonora. Al secretario de Salud le pedí ejercer un servicio social que nunca hubiese podido tener a un médico, asignándome el pueblo de Huachinera, colindante con la sierra de Chihuahua. Su única salida era un carromato de correo cada 15 días hasta Agua Prieta y Douglas, Arizona.

Al cumplir mi cuota, regresé a graduarme culminando el logro de titularme como médico e inmediatamente hice el V curso nacional de Malariología, que en seis meses me enseñó una parasitosis aclarada por cuatro premios Nobel y mi vida cambió. Esta disciplina me mostró la natural convivencia de animales con humanos y ya siendo Malariólogo, laboré en Morelos, Sierra Norte de Puebla y Sierra Mixteca. Fui jefe de Distrito de Huauchinango; jefe de Epidemiología en Puebla. Fui nominado a Sonora como jefe de la Zona XIV Nacional, abarcando Baja California, Sonora, parte de Sinaloa y Chihuahua.

Abandoné el Paludismo porque no me cumplieron la promesa de enviarme a un curso mundial de Epidemiología y pasé a laborar en el IMSS de Guaymas, para después ir a Ciudad Obregón hasta 1975.

La vida me fue dando cinco hijos. El primero murió dejándonos ver que era brillante. Los otros cuatro, tienen una vida correcta, sin ambición monetaria, cada uno en su sitio con singular presencia. Tengo a una hija putativa a quien llamamos “nana” también singular.

Toda mi familia tiene expresión feliz.

Finalmente, soy abuelo de ocho nietos, uno a uno con espacio de esperanza visible que augura porvenir venturoso.

En 1975 retorné a Puebla ingresando a la Escuela de Medicina como profesor de Microbiología y Parasitología, docencia que ejerzo hasta la fecha (2013) y llevo a mis alumnos al campo para que vean la realidad de la salud.

Un sueño de mi vida culminó al realizar la Maestría en Salud Pública. Con orgullo, me incliné por la visión social fincada en pensamiento y acciones, orientadas a las comunidades rurales a las que me debo, donde mi conducta sin buscarlo, pretendió ser generosa hacia los campesinos e indígenas; y aunque es imposible conseguir todo como se quiere o se debe, mi única virtud es tratar de involucrar en acción y pensamiento comunitario a los futuros médicos que terminan siendo mis amigos. Los hay que no son como se quisiera y comprendo que inducirlos basta, ya que si alguno llega a pensar socialmente, es suficiente para llenarme de satisfacción y orgullo.

Firma Antonio Cruz López en el año 2013.