A la sombra del caudillo

Una vez más la izquierda se sube en el cabús del caudillismo. Primero con Cuauhtémoc Cárdenas en 1988, el último príncipe de la Revolución Mexicana; ahora con Andrés Manuel López Obrador, el ajolote restaurado (al decir de Roger Bartra) y restaurador del caudillismo, en tanto que sueño y aspiración recurrente del imaginario social mexicano para la salvación nacional y la redención personal.

Todavía con Cárdenas se podía entender que se trataba de elevar al tótem como símbolo electoral para lograr lo fundamental que distinguía a la izquierda mexicana, es decir, avanzar en el empoderamiento de la sociedad frente al Estado. Hoy, ese objetivo se ha invertido. Los que se dicen de izquierda participan en Morena para empoderar al caudillo.

Se ha dicho que AMLO, cuando estuvo al frente del gobierno del entonces Distrito Federal, no se comportó como un caudillo. Pudiera ser cierto, pero en lo que hace a la construcción de Morena y de su candidatura a la presidencia, lo ha sido en toda la línea. La última pieza que faltaba, la del culto a su personalidad, hoy prácticamente está terminada. Todo está listo para su entronización. Viva! Viva! Le cantan y corean a su paso, mientras se tiran por la borda los proyectos de la reforma social y democrática de la sociedad y el Estado, que incluían la conquista de la democracia en los sindicatos, las organizaciones campesinas, en las escuelas y universidades, etcétera, en una palabra, en la sociedad.


Por eso sostengo que un proyecto político que tiene como fin el empoderamiento absoluto de un caudillo, en lugar de continuar el proceso de empoderamiento de la sociedad, no puede ser un proyecto de izquierda, ni mucho menos.

México necesita de una reforma de fondo, capaz de reencauzar la vida social en el terreno de una democracia en peligro. Los avances  democráticos alcanzados en décadas anteriores, se han visto sumamente deteriorados ante la desigualdad que divide entre sí a la ciudadanía. Por ello, sin un cambio de rumbo cierto, el futuro del país –que ya nos alcanzó–, se nos presenta lleno de riesgos, inseguro para todos, decadente y amenazador. Y esa certeza en el cambio de rumbo sólo será factible a partir de la Reforma Social del Estado, esa sí, una verdadera reforma estructural.

El discurso gubernamental de que primero se dieran “las reformas estructurales que necesita el país” y luego lo demás, es decir, la justicia, la paz, la equidad y el Estado Democrático de Derecho, se ha demostrado, como en el pasado, completamente falso.

Antes, el nacionalismo revolucionario fue incapaz de resolver los problemas de la desigualdad y la injusticia. Y entonces decían que primero había que crecer para después repartir. Después, el neoliberalismo, ya con más de treinta años de dominación, sólo ha profundizado esos problemas y, sus reformas estructurales, ni con mucho avanzaron en su resolución de fondo. Ahora el caudillismo popular pide su oportunidad. Y parece que se la ha ganado en el terreno de la democracia electoral y sobre eso no hay nada que decir. Me temo que, por lo limitado del pensamiento del caudillo respecto del mundo actual, vamos hacia una nueva frustración popular.

Habrá que seguir luchando dentro y fuera del caudillismo, cualquiera que sea su duración.

Necesitamos de la Reforma Social de México, en tanto que reforma de la equidad, la igualdad, la justicia, la seguridad, la prosperidad, la paz y el bienestar de los mexicanos. La Reforma Social, democrática por su contenido, pero profundamente social y popular por sus métodos y procedimientos. La Reforma Social, que exige un nuevo Estado, democrático y de derecho, pero también una nueva sociedad próspera, basada en el respeto y la garantía de los derechos humanos para todas y todos. En síntesis, la Reforma Social que trascienda al viejo Estado autoritario y patrimonialista para dar luz a un nuevo Estado social y democrático, abierto no sólo a la competencia entre los partidos, sino al empoderamiento de la sociedad, a través de su más amplia participación, desarrollando las formas más avanzadas de la democracia, representativa y directa, es decir, mediante un régimen político abierto a su evolución parlamentaria y plebiscitaria.

Hoy, lo que está planteado es la Reforma Social de México, hecha por la propia sociedad organizada, con el fin de cambiar al Estado, para hacerlo un Estado Social que garantice los derechos humanos y los derechos sociales de las personas, que garantice también, por medio de las leyes, un Estado de Derecho, democrático y, con el concurso libre de la ciudadanía, que se proponga un desarrollo social, humano y sustentable.

Una de las causas principales que explican que la transición en México ha sido en gran parte fallida y que ahora vivamos la regresión pactada, radica en el mantenimiento de las estructuras de dominación y control del Estado sobre los trabajadores, los campesinos, los indígenas, los empresarios, sobre los trabajadores informales, los precaristas, los pobladores de los cinturones de miseria y de las nuevas ciudades. Jamás el PRI, ni después el PAN, se propusieron modernizar y democratizar las relaciones laborales y sindicales, y el resto de los partidos aprovechan las estructuras y formas clientelares de control sobre otros grupos sociales. Y por lo que se ve Morena las aprovecha muy bien.

La desigualdad económica, producto natural del capitalismo, encuentra en las formas de dominación social y política tradicionales, las bases para su reproducción ampliada. Así fue con el nacionalismo revolucionario, así ha sido con el neoliberalismo y así será con el caudillismo renovado pues significa su condición de vida. La lucha contra la desigualdad que cambie de raíz el carácter pre-moderno del Estado sólo puede venir de la acción transformadora de los propios sujetos sociales y no del caudillo que exige súbditos.

Precisamente por ello, las organizaciones representativas de la sociedad civil tendrán que ampliarse y fortalecerse. Hoy el sindicalismo no llega ni al 5  por ciento de la fuerza de trabajo y la organizaciones patronales no incluyen a ni siquiera al 50 por ciento de  sus agremiados, en el mejor de los casos. Pero si este es el panorama de los trabajadores y los empresarios, que son la parte más organizada de la sociedad, entre los campesinos, los jornaleros, los informales, los indígenas, etcétera, los índices de organización son todavía más  bajos. No es de extrañar, en consecuencia, que sus intereses se encuentren prácticamente sin representación y sólo existen como clientes precaristas y/o  electorales, meramente circunstanciales. Y mientras la mayoría de la sociedad carezca de organización propia y mal viva en condiciones precarias, el caudillismo como forma política seguirá contando con sus bases naturales de reproducción. En definitiva, la izquierda nunca ha podido avanzar en su tarea fundamental y por eso hoy se encubre una vez más a la sombra del caudillo.