A cualquiera dobla

“Mira m’ija, escucha cómo se resuelve esto”, me dijo la señora Blume, mujer mayor quien desde su casa hablaba por teléfono con la quinta asesora del día del banco: –¡Usted no me entiende! Sentada detrás de una computadora con teléfono en mano sin ver la cara de la gente, es muy cómodo. ¡No sabe lo que es lidiar con el banco mientras mi hija está en otro país sin su tarjeta de crédito desde hace una semana porque ustedes la bloquearon, ¡por sus güevos!, sin razón ni argumento alguno válido. ¡No saben el problema que crearon! ¡Y esto ha ido de error, en error, en error y no paran!

–Comprendo, –insistía la asesora–. Para darle curso a su queja, ¿quiere que empecemos otra vez el procedimiento?

–¿A qué estamos jugando, dígame, a qué estamos jugando? Ustedes levantan un folio y lo cancelan, levantan un segundo folio y lo cancelan, levantan un tercer folio y lo cancelan, ¿y ahora quieren que levante un cuarto folio, como para qué? ¡Dígame a qué estamos jugando! Y luego puras mentiras: que VISA canceló la entrega. ¡No es cierto! VISA no entrega una tarjeta que ustedes no autorizan. ¿Qué les falta para autorizar la tarjeta de emergencia? No soy morosa, no soy millonaria pero no les he quedado a deber ni un quinto en todo mi historial crediticio. ¡Soy una persona decente de las que ya no hay! Y ustedes desde hace una semana me traen en una situación muy insana. Son muy ineficientes ¡quiero hablar con su supervisor porque ustedes no comprenden qué es tener a una hija en otro país en crisis humanitaria!


–Permítame señora.

–Si señora Blume, buena tarde soy la supervisora Janine Zaga. Dígame.

–¡Mire Janine, a usted le toca ser el último eslabón de la cadena alimenticia porque usted me tiene que resolver el problema ahorita! Llevo una semana tratando de que mi hija en el extranjero recupere la tarjeta de crédito que ustedes le cancelaron. Hablo y llevo ya cuatro folios para que den la autorización y se la entreguen. Dicen que van a llamar y nunca llaman ni a mí ni a mi hija. Hablé con VISA y no han recibido la autorización del banco para expedirla. ¡Dígame qué pasa. Mi hija está en crisis humanitaria y a ustedes no les importa!  Si tengo que iniciar un nuevo folio lo hacemos ¡pero ya! ¡La única vez que necesito un favor y vea nada más hasta estamos!

–Si señora Blume. Aquí ya tengo todos sus datos, ya se los pasamos a VISA y tenemos un folio. Si gusta usted hablar en una hora, le tenemos una respuesta.

–¡No, y no me cuelgue! Ahora soy yo la que los va a corretear a ustedes: lo que debieron haber hecho en 72 horas hace una semana, ahorita lo harán en un minuto, ¡y contando!

En ese momento sonó el celular de la señora Blume para verificar la solicitud de la tarjeta de crédito para su hija.

–Está usted servida señora López. ¿Alguna otra cosa en que podamos servirle?

–Janine Zaga, ¡hasta que mi hija no tenga en sus manos la tarjeta ustedes no se van a salvar de mí! Así que esto no acaba hasta que acaba. Estoy pendiente.

Y colgó.

“Ya ves m’ija, con estos argumentos no me pueden negar nada”.

Repetí en mi mente “Hija en crisis humanitaria; el último eslabón de la cadena alimenticia; dígame a qué estamos jugando…” No, pues si, así de sonoros y enjundiosos, ¡a cualquiera doblan!