40 años de la Tosepan. Destaca la ayuda a comunidades en desastre en su celebración

La unión de cooperativas Tosepan Titataniske celebra su 40 aniversario. En medio del desastre, son una llama de esperanza con todos sus proyectos.

La Unión de Cooperativas Tosepan Titataniske cumple 40 años. El domingo 1 de octubre hicieron una celebración en sus instalaciones centrales de Cuetzalan, el Kaltaipetaniloyan. Llueve de manera intermitente mientras se desarrolla el programa en el auditorio Nejkomit, un recinto que aprovecha la estructura de la roca caliza como fondo, tapado por una estructura geodésica de triángulos de bambú cubiertos por una lona blanca.

Paulina Garrido, la presidente de la unión, abre las intervenciones dando cuenta brevemente de los 40 años de trayecto, pero resaltando especialmente la solidaridad que con otras organizaciones están desplegando en las poblaciones rurales que padecen un desastre luego del sismo del pasado 19 de septiembre. Una y otra vez, acompañada por diapositivas que se proyectan en una pantalla, resalta los valores de fraternidad, de unión y solidaridad con los hermanos en desgracia que esta agrupación de indígenas maseuales y del totonakú han desplegado las últimas semanas en las faldas del volcán Popocatépetl. Exhibe con orgullo la primera casa de bambú erigida por sus compañeros en San Francisco Xochiteopan, con material donado por los cooperativistas y trasladado con recursos propios. “Nuestra cooperativa”, resalta en castellano para que todos comprendamos, “está dispuesta a seguir colaborando en esta región, siempre y cuando las comunidades nos lo soliciten”.


La unión Tosepan comenzó en 1977 cuando los campesinos se organizaron para adquirir colectivamente el azúcar, porque los comerciantes acaparadores le habían subido exageradamente el precio. Esa experiencia les sirvió para continuar aprovechando el esfuerzo colectivo en la comercialización del café, la pimienta y otros productos del huerto campesino indígena. Hoy, tienen una gran diversidad de productos, muchos con valor agregado, y centros de compra de los mismos que les permiten beneficios importantes para los socios. Desde hace más de 10 años hicieron un giro en su visión productiva, imponiendo las formas de cultivo indígenas, lo que en el lenguaje urbano sería ecologismo del más avanzado. Por ello, han desplegado la producción orgánica, las compostas, el reciclaje y la captación de agua pluvial al tiempo del tratamiento de desechos.

El despliegue en la producción de la abeja nativa de esta zona, la pisilnemej o melipona, ha derivado en una actividad que es la más dinámica de la cooperativa, a pesar de que aún representa un porcentaje menor del valor de su producción. Recurriendo a la forma tradicional de los indígenas en materia de apicultura, han pasado de 33 a más de 350 productores en pocos años, multiplicando con ello el volumen de miel producido. La envasan cuidadosamente, pero también la transforman en cremas, jabones, champú y otros productos, todos con una demanda tal que no se dan abasto. Pero, además lograron que en 2010 Cuetzalan fuera declarada santuario de la abeja nativa. Este insecto y la forma de convivir con él se han convertido en una imagen señera de la organización. Hace algo más de un año, la Comisión Federal de Electricidad se propuso hacer una línea de transmisión de alta tensión que pasaba por el municipio y terminaba en una subestación eléctrica. Uno de los argumentos para que el Órgano Técnico del Comité del Ordenamiento Territorial de Cuetzalan se opusiera a ella, fue precisamente que este tipo de transmisión eléctrica afectaba los órganos de orientación de estas abejas. Por este y otros motivos, quizá sobre todo porque una asamblea de indígenas acordó ocupar la entrada para la construcción de la subestación por casi un año, el presidente municipal se vio obligado a no renovarles la autorización de uso del suelo. Un triunfo de la razón, de la legalidad, pero también de la movilización.

Igual o mayor dinámica ha tenido la cooperativa Tosepantomin, la cooperativa de préstamos y ahorros. Empezaron con mil 266 socios de 41 comunidades de cinco municipios; hoy cuenta con un padrón de 34 mil familias que viven en 410 comunidades de 26 municipios; 76 por ciento son nauas y totonacos. Desde luego, es la que mayor impacto ha tenido en estas localidades en las que predominan muchas necesidades básicas y agiotistas que sin piedad se aprovechan de la gente imponiéndoles intereses impagables.

La Unión de Cooperativas Tosepan es un tren que jala muchos proyectos de la región. Impulsó y sigue impulsando, junto otras organizaciones locales, el llamado Ordenamiento Territorial Integral, que entrelaza los análisis de riesgo a desastres con un ordenamiento urbano y el ecológico, constituyendo el único así en el país. Alguna vez un funcionario de la Semarnat admitió que el comité conduce la observancia del ordenamiento era el único que funcionaba en el país.

Desde esta plataforma, la Tosepan participa también en la defensa del territorio a través de las asambleas de organizaciones de más de 25 municipios de Puebla y Veracruz. Se han celebrado 22 asambleas masivas –con un promedio de 4 mil participantes en cada una de ellas– las que una y otra vez han rechazado lo que llaman “proyectos de muerte”, minería a cielo abierto, hidroeléctricas y fracking, y han creado comités para la defensa del agua pública y combatir la inseguridad que campea en la zona.

La Tosepan cuenta con dos proyectos entrañables: su banda de música y su coro, de niños ambos, que en sus dos años de vida han crecido como los quelites en el campo. El otro, una escuela para hijos de socios, de trabajadores del campo, que tiene ya diez años, que cuenta con un método moderno de enseñanza y edificios construidos por la propia organización con técnicas ambientales, y abarca desde preescolar hasta secundaria.

La Unión de Cooperativas Tosepan Titataniske es, a decir de quienes la conocen, un ejemplo a seguir y un faro de esperanza en tiempos tan oscuros como los que el país vive.