15 de mayo de 2017

El lunes 15 de mayo fue día del maestro. Sólo una alumna y la secretaria de la universidad me felicitaron. En realidad no me importa porque jamás he celebrado este tipo de fechas, como el día de las madres, el día del niño o la Navidad. Sin embargo, fue el día en que asesinaron a Javier Valdez. Considero pertinente evitar la construcción de frases como “Asesinaron a otro periodista” o “Un periodista más asesinado”, puesto que las cifras no funcionan para hablar de la violencia en los términos que ésta debe ser abordada o, dicho de otro modo, porque arrojar una vida a la fosa de las cifras no sólo es irrespetuoso con la víctima sino con la humanidad.

Pensé, pues, que el asesinato de Javier Valdez ocupaba el espacio que, si viviéramos en otro país –en este mismo pero otro país–, sería destinado a la conmemoración docente. En ese sentido, una suerte de comparación entre ambas profesiones dentro de una sociedad como la nuestra se apareció ante mí. Recordé ese alumno adolescente que, jugando su papel de adolescente, intentaba provocar a su profesor señalando como derrota el terminar dando clases después de tantos años de estudio profesional. Me pareció lógico lo que argumentaba porque la labor docente en México no parece tener un estatus apreciable, al menos en las zonas donde la riqueza del país se concentra, porque en la pobreza de los pueblos de este país, donde la Coca Cola tiene un mejor suministro que la Secretaría de Educación Pública, el profesor es bastante querido.

En escalas universitarias esto es también comprobable. El Sistema Nacional de Investigadores, esa tienda departamental en Black Friday, le paga a sus dos escalafones más altos (SNI III y Emérito) 31 mil 900 pesos. Evidentemente, los investigadores de ese nivel ganan bastante más de otras fuentes, pero no está de más pensar en el modo como el Estado mexicano pondera las actividades profesionales si comparamos el salario de los consejeros del Instituto Nacional Electoral (INE) o el de los diputados y senadores; no entremos ya en el poder adquisitivo que se puede encontrar en la iniciativa privada.


Por fortuna, la labor docente puede ser entendida más allá de lo que implica en términos de percepción salarial. Incluso, el lugar que el Estado le ha asignado a la docencia en la sociedad pareciera ser una honra para el maestro: no ser el privilegiado de este sistema significa ser el que se resiste al mismo, por lo tanto su lugar lugar es aquel donde hay que estar. Cuando evaluamos lo que significa ser gobierno en el presente –con ejemplos como los Duarte, los Moreno–Valle, los Peña, los Ávila, los Calderón, los Zedillo, los Fernández de Cevallos, las Robles, los Chuchos, los Salinas y por ahí sigue la lista–, puede inferirse en automático que ser perseguido es índice de estar haciendo bien las cosas.

Cuando vemos un Estado más preocupado por perseguir y encarcelar maestros, como ha fomentado Mexicanos Primero a través de la SEP, que por mejorar las condiciones laborales de la docencia en general, se comprende que puede ser el lugar del maestro un lugar en el cual estar. Mientras la directiva de Mexicanos Primero espera que en este país aparezcan los Bill Gates, los Steve Jobs, los Mark Zuckerberg y, en función de ello, despliega sus políticas persecutorias contra los docentes de este país, el maestro (incluso los maestros de los hijos de esos empresarios mexicanos) vive la realidad de un Estado que los soslaya, en gran medida porque no es una labor que aporte inmediatamente a la reproducción del capital que soporta el estatus del empresariado, por ejemplo el de Mexicanos Primero.

Esto querría decir, pues, que el lugar del profesor es un lugar como el del periodista. Las persecuciones hacia uno y otro son disímiles; compararlas numéricamente, como dije antes, sería violento. Sus persecutores provienen de realidades profundamente divergentes y en muchos sentidos no son equiparables, ni siquiera al interior de una frase. Sin embargo, en un análisis de fondo, ambos grupos terminan siendo comprensibles desde el mismo sustrato o razón, a saber, la reproducción del capital. Ahí, ambos persecutores, los de los maestros y los de los periodistas, sí se encuentran. Hasta que no comprendan esto (particularmente quienes van detrás de los maestros), la cosas no van a mejorar.

Poner en común la labor docente y la periodística en esta reflexión, respondiendo a la coyuntura del 15 de mayo que sufrimos este 2017 en México, es nada más un intento de pensar (y, con ello, admirar) a los desplazados de este Estado y de este sistema. En el presente, los maestros, los de todo el país, los de la educación pública y los de la privada, probablemente no podamos detener las balas que acaban con nuestros periodistas. Esperemos que sepamos detener las balas que puedan dispararse en un futuro.