10 de octubre: la independencia de Cataluña que no se proclamó

10 de octubre. Hacia medio día, un catalán que desea vivir en una república me ha dicho, “A las seis de la tarde seremos independientes”. Desearía que España se proclamara como república, pero duda mucho que esto sea posible, por lo que, aunque con cierto pesar, prefiere vivir una república catalana a continuar en una nación monárquica. Junto con él, muchos catalanes esperaban la declaración de independencia esta tarde en el Parlamento de Cataluña, ubicado en el parque de la Ciudadela, el cual desde tempranas horas fue cercado por la policía.

Las vallas oficiales obligaron a los ciudadanos a concentrarse en la parte más alta del andador que demarca la calle Lluís Companys, donde se alza el Arco del Triunfo. Ahí se sitúa también el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, frente al cual se ha instalado una pantalla gigante, tal como hicieran el 1º de octubre en la Plaza de Cataluña, en torno a la cual los miles de asistentes se situaron para presenciar el discurso que el presidente Carles Puigdemont tenía programado para las 18 horas.


Arco del Triunfo en Barcelona.
Arco del Triunfo en Barcelona/10 de Octubre. Foto: Juan Aurelio Fernández.

Más o menos después del horario de la comida, la gente inició su emplazamiento al punto de encuentro. Una hora antes del supuesto inicio del discurso de Pigdemont, el lugar ya estaba abarrotado. Lo ocurrido el domingo del referéndum había dejado un temor generalizado de que la policía española pudiese repetir el despliegue de innecesaria y abrupta violencia. Sin embargo, eso no detuvo a los padres de llevar a sus hijos, a los mayores a llegar hasta en sillas de ruedas ni a los jóvenes y adultos a abrir cervezas para arrancar con la celebración de independencia.

Al paso de los helicópteros amenazantes, la gente saludaba con chiflidos. Una señora repartía rosas que cargaba en un tambo blanco, las cuales muchos llevaban en la mano o hasta colgadas en las mochilas. A diferencia del 1-O, la presencia de banderas esteladas era mucho mayor, varias amarradas a los cuellos como capas, otras tantas ondeando en medio de la multitud. Frente al Arco del Triunfo, una docena de tractores con olor a estiércol en sus llantas habían aparcado en dos hileras confrontadas, trazando un pasillo que culminaba en el Arco como si Puigdemont fuera a salir de la pantalla gigante para desfilar entre éstos cuesta arriba. Sin embargo, era más bien al gente la que había ocupado ese espacio y también los asientos y neumáticos de los tractores, la mayoría a la espera de dar inicio a la fiesta de independencia.

10 de octubre en Barcelona. Foto: Juan Aurelio Fernández.
10 de octubre en Barcelona. Foto: Juan Aurelio Fernández.

Las seis de la tarde dieron, la luz cada vez era menos y el presidente Puigdemont no aparecía. Un retraso, al parecer provocado por una discusión con la bancada del partido Candidatura de Unidad Popular (CUP), dio tiempo a más cerveza y el aumento de la expectativa. Algunos se sentaron donde pudieron; otros fueron por un café o al baño de los bares cercanos, bendecidos económicamente por la movilización social. Una hora después, entonces sí apareció a cuadro el presidente Puigdemont. La gente aplaudió sonoramente, no se sabe si a él o a lo que se consideraba el inicio de la independencia de Cataluña, esa que se iba a proclamar dos días antes de la fecha en que España conmemora su Fiesta Nacional.

Sin embargo, no fue. O tal vez sí lo fue, pero durante unos minutos. Luego, en su mismo discurso, el presiente de la Generalitat invitó a España a dialogar y pidió al Parlamento postergar la declaración de independencia. Progresivamente, los aplausos fueron cambiando de tonalidad de un grado mayor a uno suspendido y, luego, a uno menor. Nadie sabía qué era exactamente lo que se había declarado pero sabían que la fiesta se había aguado. Al terminar la intervención de Puigdemont, gran parte de los ciudadanos congregados dio media vuelta y salió de la plaza pasando de lado el Arco del Triunfo como pasan los equipos que quedan en segundo lugar en las Copas del Mundo.

Un sentimiento de traición por parte del presidente catalán y sus allegados pasó y pasa por el cuerpo de varios catalanes esta noche de martes. Pero también han salido ya los comentarios que expresan una lectura transversal de la circunstancia y plantean la declaración de hoy como una obvia estrategia política. Lamentablemente, como los políticos no representan en realidad a la ciudadanía, hay una obvia discordancia entre lo que hoy fue manifestado en las calles catalanas como un deseo de declaración de independencia y lo que conviene en términos políticos. Tampoco es falso que la decisión es motivo de celebración para varios catalanes más, quienes no están de acuerdo con la independencia y, de hecho, representan más del 50% de la ciudadanía, razón por la cual, tal vez, no es desquiciado pensar que convenía más el camino emprendido hoy por Puigdemont.

La mayor parte de reclamos en contra del 1-O iban en el sentido de la ilegalidad del referéndum y la consecuente ilegalidad del conteo electoral. Puigdemont declara que en la votación se externa un deseo de independencia, pero no la consuma sino que la posterga, obligando al Estado español a mover sus fichas. Después de la represión policiaca, parecería complicado pensar que España se va a negar al diálogo, pero tampoco es falso que del Partido Popular (PP) y de Mariano Rajoy se puede esperar lo que sea. Sin embargo, también es necesario considerar la fundamental postura europea, que regularmente apelaría a un diálogo, el cual ha sido solicitado por Cataluña, a quienes se les pensaba como los extremistas.

Cataluña ha abierto la puerta de la negociación con mucho que ganar. Si bien Puigdemont puede haber perdido capital político entre los ciudadanos catalanes que deseaban escuchar de su boca una declaración de independencia la tarde de hoy, ante el mundo queda como quien dijo sí al diálogo sin desconocer los intereses de los catalanes, vertidos en el referéndum pasado. Esa movilización, enriquecida en términos de capital político por la represión policiaca española, le serviría a Puigdemont para, en una negociación, exigir, por ejemplo, un estatuto de autogobierno (que no es una independencia), tal como se deseaba en 2010 cuando este conflicto se desencadenó. Si España no acepta, siempre queda la amenaza de esa sociedad hirviente y su deseo de secesión. Algún movimiento muy astuto tendrá que hacer el PP, la Monarquía y Rajoy para darle la vuelta a este resultado. ¿Será que todo lo tenía planeado el Govern desde el principio?

Dos conclusiones quedan de este proceso. La primera elogia la participación del pueblo catalán en su proceso de reclamación de una independencia, de una separación de España, de una emergencia de la república o lo que sea que haya convocado a salir a la calle y a defender sus urnas a tantas personas. El peor parado a nivel mundial es el gobierno español que mandó a su policía a golpear como golpeó, ancianas incluidas. La segunda conclusión es más burda o responde a una triste situación que indigna cualquier reflexión seria de política: el gobierno mexicano es de un patetismo inigualable. No sólo ignora las viejas relaciones mexicanas con Cataluña, sino que llega en el peor de los momentos a hablar incorrectamente de las relaciones bilaterales con naciones emergentes. Luis Videgaray tiene más pelo que inteligencia.