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Irrumpe fuego real de los militares en la tranquilidad de Maguey Cenizo, en Tlaxco

Por : Guadalupe de la Luz Degante

2012-07-30 04:00:00

Los elementos del Ejército mexicano se preparan
vapuleados por los rayos del sol y tolvaneras a 50
kilómetros de la capital del estado

Intensos estruendos rompen el silencio de la sosegada serranía del municipio de Tlaxco. Los estallidos estremecen la quietud.

El ataque es fulminante. Desde su trinchera, prestos sobre un montículo, soldados camuflados acatan la orden transmitida por radio: detonar explosivos y ametralladoras. El objetivo, acabar con el enemigo.

A escasa distancia, otros hombres de la milicia fuertemente armados, a bordo de camionetas Hummer, avanzan por un camino accidentado hasta el Campo de Tiro con Granada en Mano. Tienen una ronda de acción de 17 metros.

El campo de batalla es invadido por la onda explosiva de cada una de las siete granadas lanzadas hacia la hondura. Por momentos se percibe el sonido de peligrosas esquirlas que caen del espacio y que obligan a buscar protección.

Por todos lados rondan aparatosas unidades blindadas de combate y de auxilio. Algunas son tipo JeepCheyenne, Hummer y Mercedes Benz de 6.5 toneladas.

Desde otra base, un militar acciona un lanzacohetes. Arma pesada, de gran poder. Y a más de 500 metros de distancia, en otra colina, soldados arremeten con ametralladoras y fusiles. Son momentos en los que se genera mucha adrenalina, tensión y sentimientos de supervivencia.

Usan balas de guerra y potentes granadas. Terminada la embestida con armas de fuego, vapuleados por los rayos del sol intensos y tolvaneras, avanzan decididos para capturar a su objetivo. Lo derriban a golpes. Ésta es su misión.

A más de 50 kilómetros de la capital del estado, en la comunidad de Maguey Cenizo, militares experimentados llegan a reafirmar conocimientos de combate a la Pista de Reacción Tipo 1. Alojados entre cerros y un clima inestable.

“Esto no es de película, es una situación real”, advierte con seriedad contundente Ángel Delgado Mendoza, director general del Centro de Adiestramiento de Combate Individual Regional (CACIR) de la VI Región Militar localizado en la comunidad de Mazaquiahuac, municipio de Tlaxco.

El general brigadier asienta: “es mentira que con los dientes se puede quitar la argolla de seguridad de la granada, como lo hacía Rambo”, explica a reporteros de diversos medios de comunicación que fueron invitados por la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) para conocer las labores de capacitación de sus elementos de la XXIII Zona Militar.

Los soldados reciben adiestramiento especial para evitar accidentes fatales, asienta.

¡Cuidado, no están arrullando al niño. Es una granada poderosa!, alerta el avezado militar a algunos representantes de la prensa tlaxcalteca cuando tocan el peligroso artefacto.

En esta superficie estratégica, de cerca de 500 hectáreas, en Maguey Cenizo, donde reposan grandes rocas que simulan al enemigo, pero que son atacadas con fuego real, los militares se preparan diariamente. Fortalecen sus capacidades y desarrollan otras habilidades, incluidas las físicas.

Justo aquí, “bajo la vigilancia del Iztaccíhuatl”, expresa el general brigadier. Y es aquí, donde integrantes del Ejército mexicano arriban con un fin común: “servir al país, a la patria, en las fuerzas armadas”.

Así, con esta convicción comienzan su preparación en la milicia.

“Lo más honroso para un soldado es perder la vida por la patria”, exclaman con fervor hombres y mujeres valientes que inician la primera fase de adiestramiento militar, con duración de ocho semanas.

Firmes, los militares vociferan que el patriotismo “es el amor a la patria, a México, a sus tradiciones, a su historia y valores; es el respeto a la bandera y al himno nacional”, asientan.

Sus palabras retumban en el Centro de Adiestramiento de Combate Individual Regional (CACIR) de la VI Región Militar, comandada por el coronel de infantería, Manuel Martínez Vicente.

El contingente de nuevos elementos es abrazado por una bandera grande, clavada en el asta. Y la insignia es custodiada por los ocho principios de la milicia: el honor, el espíritu de cuerpo, la disciplina, el patriotismo, el valor, la abnegación, la honradez y la lealtad, inscritos en muros.

Al pie de este símbolo de la nación, soldados, en forma individual, hincados y con los ojos vendados, en cuestión de segundos desarman y arman una carabina. Siguen las medidas de seguridad que requiere el empleo de su artefacto.

Mimetizados, elementos femeninos y masculinos, de mirada dura y rostros en color verde y negro, apuntan con un fusil G–3, 7.62 milímetros. En una expresión del “espíritu de cuerpo” se tiran pecho a tierra, listos para disparar en cualquier momento.

En la zona de seguridad militar, un soldado recibe los primeros auxilios de sus compañeros. Tiene fractura con exposición de hueso, hemorragia y dolor abdominal. Entre llantos, suplica ayuda; se queja de una  molestia intensa. 

Lo estabilizan, lo suben a la camilla y lo evacuan inmediatamente para su atención médica. Pero a un costado, hay otro lesionado al que también asisten y resguardan hombres armados hasta que es trasladado a una ambulancia.

El entrenamiento es rudo. Con destreza, los soldados vencen obstáculos y se cuelgan de lianas; escalan y atraviesan estrechos conductos bajo tierra.

Desde este punto del estado, alejado de las zonas urbanas, expertos y novatos, de carne y hueso, libran su propia batalla; es ficticia pero con armamento y fuego real. Se alistan para servir a la nación. Y ahora, para encarar al crimen organizado, a lo que ninguno puede negarse, es una orden y se cumple.

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