» Puebla » Tauromaquia
2012-02-06 04:00:00
En el peculiar y muy discutible diseño que hace la empresa capitalina de sus temporadas invernales, la cima de intensidad e interés está situada precisamente por estas fechas. Y de ese esquemita no hay quien la mueva, ni siquiera el apoyo de un público con ganas de rescatar su tradición taurina o la sucesión de triunfos más o menos legítimos que la actual serie de corridas vivió en sus primeras jornadas: venga el cubetazo helado de la larga desaceleración pascual para, a fines de enero, empezar de nuevo –encierros “cómodos” para figuras comodinas– como si nada hubiera pasado.
Esa torpe renuncia a aprovechar la favorable inercia inicial ha topado de pronto no con los consabidos triunfos de los importados y sus toritos de plastilina, sino con la impotencia de todos ante unos encierros sencillamente infames. Pues eso han sido las mansadas de Arroyo Zarco, San Isidro y, especialmente, Fernando de la Mora, salvándose apenas de la ignominia un par de reses de Barralva, único hierro que presentó toros y no cabras.
El papelazo
Un lustro sin lidiar en la México no le bastó a Fernando de la Mora para reunir seis animales de buena nota y decentemente presentados. Lo suyo fue –con permiso de El Juli, cuya gente impuso esa divisa– un auténtico saldo, tan descastado además que mandó a las cloacas el cartel supuestamente más rematado del año. De haberlo sospechado, El Zotoluco se habría empleado más a fondo con el noble “Seda Gris”, que al menos repetía sin malicia tras la muleta del de Azcapozalco en un trasteo derechista simplemente aseado. Y muy mal rematado con la tizona.
El resto del encierro queretano consistió en un desfile de reses descastadas, cuya cansina sosería apenas daba para completar medias arrancadas.
Los mansos también hieren
No sabemos si el certero derrote de “Barranqueño” le habrá malogrado a Juan Pablo Sánchez el triunfo que con tanto ahínco ha estado buscando, pero ese domingo 29, su prometedor inicio de faena fue lo más torero de la tarde. La cornada que le perforó el muslo izquierdo cuando embarcaba el primer natural –herida grande pero limpia– dejó las cosas en suspenso, si bien quedaría constancia de su pundonor torero, pues no quiso marcharse sin estoquear al causante del desaguisado con un pundonor que casi le cuesta nuevo percance. Mientras estuvo en la arena, destacó el sedoso temple de su muleta.
El Juli sólo se pudo mostrar empeñoso, pues hablar de oficio y poderío ante aquellas reses para el arado sería imperdonable eufemismo. Hizo lo que pudo con las telas y anduvo desacertado con los aceros.
Barralva: pitones
más que bravura
El sábado 4, la entrada no fue tan buena como la anterior: el parchado cartel no ameritaba otra cosa. Luego resultó que Barralva había traído una corrida que, aun dispareja de tipo, estaba integrada por toros que lo parecían, sobre todo por las vistosas y bien arboladas testas, que en algunos casos tapaban palmitos más bien estragados. No fueron modelo de bravura –a pesar de tres insólitos tumbos, debidos más a la debilidad de los equinos que a la pujanza de los cornúpetas–, pues la mayoría sosearon de lo lindo. Pero hubo un quinto, “Clavellero” de nombre, colorado capirote ojo de perdiz de pinta y muy bien puesto de pitones –que tras aquerenciarse en tablas, dificultándole sobremanera a Joselito Adame la suerte banderillera– peleó en los medios durante el último tercio con enorme nobleza y transmisión. Tanto que terminó enamorando al público y poniéndose por encima de su matador. Adame había abierto faena citándolo de rodillas desde largo y templándole varios derechazos en esa postura; ya de pie, continuó igual de lucido y torero por el mismo lado mientras “Clavellero” iba a más entre el contento general. Menos bueno el toro por el otro pitón, la faena se le derrumbó a Joselito que, mal aconsejado por Tirado Monroy, acabó recurriendo a las manoletinas cuando lo que el colorado demandaba era redondear un concierto derechista. Así, lo que pudo ser faena consagratoria terminó entre abucheos, agravados por su fatigoso empleo de los estoques.
Joselito había estado breve con el imponente “Rompetechos” –un torazo que se apagó pronto– y no logró recuperar el favor de los aficionados en su voluntarioso trasteo a “Gorrión”, obsequiado en octavo lugar en un gesto más de desesperación que de real fe en sus posibilidades. Que éstas siguen intactas lo demuestran los estupendos naturales que ligó, antes de prolongar inútilmente el muleteo, con el toro y la tarde ya muy de vencida.
Talavante: orejita
compensatoria
Alejandro Talavante ha tenido el rasgo, inaudito en una figura española, de salirles en la México a toros de verdad. No lo inmutaron las notorias dificultades del serio y cornalón “Gironcillo”, que se defendía desarrollando sentido, y se mostró muy torero y capaz con “Pedrito”, menos corpulento pero con cierta fuerza y mucho que torear. Talavante expuso, mandó, templó y ligó a lo largo de una excelente faena, se recreó en los naturales y, cuando el astado dudara en mitad del pase, se lo sacó dos veces por la espalda con verdadera sangre fría. Pero todos los méritos acumulados se redujeron a una petición de oreja no atendida por Roberto Andrade, que en cambio le envió un aviso por demorarse con los aceros (pinchazo, estocada y descabello).
Lo del toro de regalo –un flaco y destartalado cárdeno, bizco del izquierdo– fue un constante querer contra la adversa realidad de un animal rajado y sin embestida. Nada que reprocharle a Alejandro en cuanto a actitud, pero ese empeñoso atosigar a un manso aculado en tablas es más propio de un novillero ansioso que del artista excepcional que en tantas ocasiones ha sabido ser. Mas como remató tal remedo de faena mediante un imponente volapié, el juez sacó al fin el pañuelo y el de Badajoz no se fue de vacío.
Doble parche
La tarde sabatina incluyó la presentación de la rejoneadora portuguesa –de Santarem– Ana Batista, en quien el público pudo admirar, más que otra cosa, su buena monta y gráciles maneras, pues nunca llegó a centrarse con un propicio cuatreño de La Punta, con una falta de sitio que se acentuó al hacer uso reiterado del rejón de muerte. En cuanto a El Payo, la gente le reprochó que usurpara un lugar en los carteles de aniversario que, en buena lógica, debió ser para Arturo Saldívar o Mario Aguilar, ignorados por la empresa tras sus triunfales presentaciones. Cierto es que su lote no valía nada, pero Octavio –acelerado y sin plan alguno– confirmó que pasa por un bache tan profundo que puede esfumarse por ahí el prometedor prospecto que fue.
Aniversario cojo
Seguramente la entrada mejoraría notablemente ayer. Es de dudar, en cambio, que la rigidez mostrada la víspera por el juez Andrade la haya sostenido, en pleno 5 de febrero, su eventual sucedáneo en el palco. Por lo demás, el cartel enfrentaba a las dos figuras españolas más en forma –Juli y Manzanares– con dos mexicanos de prometedoras hechuras pero escaso rodaje: José Mauricio y Diego Silveti.