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Natalia Radetich Filinich

Por: Alcalino

2013-06-24 04:00:00

 

Pocas obras de tema taurino habrán despertado tanto interés, nada más salir a la luz, como Diálogo con Navegante, el recién publicado volumen que, con José Tomás como leit motiv, reúne nueve textos de distintos autores que disertan en torno al torero de Galapagar y la gravísima cornada que hace tres años, en Aguascalientes, le infligiera “Navegante”, de De Santiago, y de la que salvó azarosamente la vida. Pasarían 15 meses antes de que volviera a vestir el terno de luces, 15 meses para la reflexión, que el torero sintetiza admirablemente en el escrito que abre el libro. Y que empieza, justamente, con una visita imaginaria del astado que casi lo mata. La aspereza de esta insólita relación va cediendo progresivamente a un diálogo escueto pero amistoso, entre dos seres ligados ya de manera indisoluble. Para la fiesta y, sobre todo, para el hombre que derramó su sangre con profusión sobre la arena hidrocálida.      

Lo que no esperaba, francamente, era encontrarme entre los autores elegidos para enriquecer el contenido del libro –el Nobel Vargas Llosa entre ellos– a mi amiga Natalia Radetich Filinich. ¿Les suena raro este nombre? Pudiera ser, pero, para ir orientando este comentario, debo decir que se trata de la mejor pluma que hoy mismo tiene México –¿sólo México?– en cuanto a escribir de toros con verdadera erudición analítica se trata.

 

Ideas e imágenes

 

Tan joven como es –veintitantos añitos, no más, Natalia ha publicado ya un tratado sobre la risa que enfoca este fenómeno hondamente humano desde una perspectiva original y rigurosa. Mismos atributos del texto que memorablemente leyera durante el II Coloquio Internacional de Tauromaquia verificado en enero de 2012 en Tlaxcala. Si en aquella ocasión nos maravilló su modo de describir una famosa fotografía de Manolete –el pase natural a un Miura en Barcelona, año 1944–, trayendo plásticamente al presente sus diversos significados y apelando a su tremenda, cuestionada vigencia, nuevamente su análisis sobre la fiesta, dividido en cuatro breves capítulos, arroja una mirada en la que campean la inteligencia, la profundidad y la pasión vital, expresadas con una elegancia y un estilo muy suyos.

Pero también –y éste es quizá su rasgo más agradecible– está la frescura de una mirada nueva, arrojada con enorme perspicacia sobre el significado del toreo desde la filosofía, la historia y la sociología, tres profesiones hermandas en Natalia a partir de su propia, y muy vasta, formación universitaria.

 

Recintos con magia

 

El primer capítulo viaja del reconocimiento, no exento de cierto asombro, de una prehistórica relación del ser humano con  bestias astadas –testimoniada por el arte rupestre– a la descripción de las plazas de toros actuales –“extraños recintos, consagrados al ritual tauromáquico y a su trágico desenlace: la muerte pública del toro bravo”–, hasta explorar lo que allí ocurre cada domingo, cuando acogen a una “minoría cultural que... reunida en los tendidos, participa de ese encaramiento entre hombre y animal y de su desenlace sacrificial.”

Presente está también la interrogante de cuanto ocurre antes del sacrificio del burel. Esa extraña danza que el ojo del taurófilo examina minuciosamente, ya con escepticismo, ya con entusiasmo, y a veces con esa fascinación que solamente puede arrancarnos la visión de lo irrepetible y la visita transgresora de lo mágico. Arriesgada, diríase que siendo y sintiéndose muy torera, Radetich se adentra en los terrenos de máximo riesgo donde toro y torero cumplen el ritual, se pregunta qué es un pase y qué factores han de concurrir para que se suscite el encendido fervor de los presentes, más propensos siempre a la parquedad que al entusiasmo. Pero que, cuando éste se abre paso con toda su fuerza, pueden convertirse en los individuos más plenos y felices del universo. La verdadera catarsis del toreo, la tragedia moderna más elaborada y fina que se conoce.

 

Rito e imprevisibilidad

 

Naturalmente –y de esto se ocupa el capítulo II– todo lo anterior aparece enmarcado en un riguroso ritual cuyo núcleo radica en el momento de la lidia, organizada en tres tercios, con la serie de pasos estrictamente codificados a que todo participante ha de atenerse. Pero esta puesta en escena permanecerá vacía de contenido hasta que el torero –“ataviado con el barroco y resplandeciente traje de luces”–, armado de una ética y una estética propias, se enfrente a su destino, encarnado en “ese animal rodeado –como decía Octavio Paz– de ‘huracanado luto’.” Duro trance en el que la muerte, canónicamente reservada al toro, “es puesta momentáneamente en cuestión”. Puesto que puede caer –y tal es el quid del toreo– de cualquiera de los dos lados de la moneda.

Como bien pueden atestiguarlo “Navegante” y José Tomás.

 

Una fiesta

y un arte

 

Si “Como toda fiesta, el toreo es desbordante y pródigo”, según nos dice Natalia en el capítulo III, esta peculiarísima celebración “ha engendrado múltiples prácticas culturales con las cuales guarda una relación inextricable” (poesía, pintura, literatura, música, fotografía, arquitectura, escultura, teatro, cine...). Pero, señala, “la fuerza engendradora de cultura que caracteriza a la tauromaquia no se agota en el arte”. Y pasa entonces a referirse al léxico riquísimo y peculiar creado en torno a la fiesta de toros y sus diversos actores y peripecias. Esa “comunidad de lenguaje” integrada por toreros, taurinos y taurófilos es lo que ha ido dotando de sentido y perspectiva los lances y avatares del toreo, que entre las artes que pudieran llamarse efímeras es la que más profunda huella va dejando a su paso.

No deja sin embargo de advertir que la “Antigua práctica cultural de la tauromaquia –el último rito sacrificial vivo de Occidente– corre, hoy, riesgo de desaparecer”. Como bien lo demuestra el penoso caso de Barcelona, “signo inequívoco de la existencia precaria del toreo en nuestros días.”

 

Nada nuevo

bajo el sol

 

Mas, como toda fiesta solar, la tauromaquia nunca ha dejado de estar, históricamente, a salvo de apetitos abolicionistas. Tanto el poder político como el eclesiástico la tuvieron en la mira en distintas etapas históricas, de las cuales no es la actual la menos preocupante. Porque el toreo, lo que representa y significa, transgrede la gris uniformidad de un orden neoliberal obsesionado en lo políticamente correcto.

No obstante, observa Radetich, “los taurófilos descreen del discurso evolucionista que atribuye superioridad moral a la civilización con respecto a presuntas sociedades no civilizadas”. Decir que la tauromaquia tortura al toro es desconocer que la tortura es todo lo contrario, “una infame práctica fundada en un profundo desprecio por la víctima y en un deseo de acallamiento de la diferencia”. En cambio, “los aficionados (y los toreros) aman al toro que entregan en sacrificio: sienten un profundo respeto y admiración por su indocilidad, por su animalidad no domesticada... aman la esgrima de sus cuernos –alrededor de la cual han construido una profusa mitología–, conocen –como sutiles zoólogos– los secretos de su anatomía, y descifran –como avezados etólogos– las variaciones de su comportamiento. Los aficionados encuentran, en el toro bravo, no un objeto de conmiseración, sino una alteridad que exhibe el límite de lo humano.”

Tras desnudar la hipocresía latente en el mascotismo y enumerar algunos de los muchos rituales sacrificiales que en el mundo existen, y donde “la víctima sacrificial es –como el toro de lidia– entrañablemente respetada y preciada”, Radetich Filinich rompe una última y erudita lanza en pro del este extraño rito donde, ciertamente, “los taurinos establecen... otra relación con la animalidad: en la fiesta brava encuentran la posibilidad de restituir el lugar del animal no domesticado, del animal indócil e insubordinado, de esa animalidad potente y vigorosa que los antiguos hombres representaron en las paredes de a cuevas.”

Ya quisieran digo yo, expresar con tal elegancia y lucidez su postura los infinitos detractores del toreo que pululan en las redes sociales y en el discurso de ciertos políticos oportunistas y vacuos. Faena de orejas y rabo la de Natalia Radetich Filinich.

 

Por cierto

 

Las noticias del mundo deportivo, cada vez más teñidas de amarillo, han hecho saber en estos días que pesan serias sospechas de asesinato sobre un famoso jugador del mal llamado futbol americano, Aaron Hernandez de nombre (así, sin acentos, como gringo que es). Una vez más, aquí tendrían buen material de estudio quienes afirman que la tauromaquia envenena mentes y fomenta la crueldad, por lo que tendría que ponerse a salvo de su negativa influencia a niños y jóvenes (hay plazas, y la de la “culta” Barcelona fue una de ellas, donde se prohíbe la entrada a menores de edad; y ni hablar de la veda prácticamente universal de escenas taurinas en horario televisivo teóricamente infantil).

Lo digo porque los tales futbolistas americanos son la especie con mayor presencia en la página roja nacional e internacional –12 o 15 espeluznantes casos de violencia mayor tan sólo en años recientes–, mientras en España, los redistas sociales se refocilan con el aislado asunto de Ortega Cano –acusado homicidio culposo en un accidente de tráfico– para atacar a la fiesta.

Es como cuando se nos acusa a los taurófilos de ser gente sedienta de sangre, que alimenta desde los tendidos de las plazas de toros sus instintos más bajos y tenebrosos, cuando ni de chiste se sabe de broncas, en coso taurino alguno, comparables a las suscitadas por las siniestras barras bravas en los campos de futbol y sus alrededores. O al vandalismo y abusos que suelen acompañar, en cualquier confín del mundo,  las “celebraciones” multitudinarias de una victoria deportiva.

Para que se distinga mejor qué lado está la civilización y de cuál la barbarie.

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