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El Ministerio de Cultura de Francia salvaguarda las corridas de toros

Por: Alcalino

2012-01-30 04:00:00

 

Durante el II Coloquio Internacional de Tlaxcala, una intervención decisiva fue la de François Zumbiehl, doctor en antropología cultural y vicepresidente del Observatorio Nacional de las Culturas Taurinas de Francia. él participó muy activamente en el proceso mediante el cual el Ministerio de Cultura de su país reconoció a la tauromaquia como patrimonio inmaterial, con lo que, por primera vez, un gobierno democrático declara oficialmente a la tauromaquia patrimonio cultural protegido.

La intervención del Zumbiehl, autor también de una interesantísima bibliografía taurina, no tuvo desperdicio, y bien interpretada, podría servir de faro orientador para conseguir para la Fiesta, en México y otros países, una salvaguardia formal semejante.

Vieja aspiración, nuevos aristas.Las prohibiciones contra la tauromaquia son de antigua data en Europa y América. Ya una vez, Felipe II le encomendó a fray Luis de León expusiera ante el papa Pío V las vastas razones históricas por las cuales no procedía su excomunión a los toreadores españoles del siglo XVI. Pero lo que hasta hace poco podía considerarse anecdótico –la aversión hacia los toros de determinados personajes y grupos–cobra aspectos de suma gravedad al despuntar este siglo XXI, dada la existencia de un movimiento internacional perfectamente orquestado cuyos primeros frutos –Barcelona, la propuesta de abolición que está estudiando la ALDF– no pueden ser más inquietantes.

Este esfuerzo común del taurinismo galo, y su exitosa culminación, debiera servir de ejemplo a las aficiones de países que sienten amenazada su profunda sensibilidad taurina.

Rígidas exigencias.El documento presentado ante el Ministerio de Cultura de la República Francesa fue fruto de cuidadosa elaboración por un Observatorio que aglutinaba a todos los actores nacionales de la fiesta. El argumentario final había sido debatido por diversos comités internamente constituidos (el Comité ético y el científico a la cabeza), de modo que su texto se ajustase tanto a definir exhaustivamente los valores de la tauromaquia como a los lineamientos establecido en las convenciones de la Unesco de 2003 y 2005 sobre patrimonio cultural inmaterial, que por cierto no dan cabida a unos hipotéticos derechos animales, pero sí incluyen una compleja serie de exigencias.

Los requisitos básicos parten de que sea un bien cultural reconocido como tal en función de los valores que representa; que exista una comunidad activa dedicada a la construcción, práctica, evaluación y continuidad intergeneracional del mismo; que cuente con simbología, lenguaje y objetos propios; que quede claramente especificada la noción de sus “buenas prácticas”, en oposición a aquellas que no lo sean; y que se encuadre en alguna de los cinco categorías que la institución multinacional señala (los toros podrían caber por lo menos en dos de ellas: artes del espectáculo y usos sociales, rituales y actos festivos).

Saber unirse.Un elemento esencial fue la participación unificada de absolutamente todos los actores del país galo relacionados con tauromaquia: desde ganaderos, matadores y subalternos hasta uniones y asociaciones de aficionados, cronistas y académicos. Además, la solicitud fue firmada por los alcaldes de las 57 ciudades taurinas de Francia, procedentes de partidos que abarcan todo el espectro político, desde comunistas hasta ultraconservadores.

Obsérvese en esta unidad en torno a un propósito superior –salvaguardar la cultura taurina del país– la madurez ciudadana de los franceses, que ojalá pudiera encontrar réplica en los distintos actores y factores de la fiesta brava de nuestra república 

Entre Walt Disney y la corrección política.Cuando se supo que el documento había sido registrado ante el Ministerio de Cultura, el activismo de los grupos antitaurinos franceses aumentó de intensidad y volumen. Muy sólidas tuvieron que ser las razones invocadas en el argumentario del Observatorio y defendidas por sus representantes durante sus discusiones con el consejo ministerial nombrado para tratar el caso, no sólo porque éste estaba integrado por personas ajenas al mundo del toro y desconocedores de dicha tradición, sino por la repercusión en ellos de prejuicios sumamente arraigados en el mundo globalizado.

Un mundo más apegado a las redes sociales que al rigor de la dialéctica, y sometido a la influencia de tendencias tan en boga como la falaz humanización de los animales que tanto debe a las fantasías esparcidas por la casa Disney, más la viciosa adopción de lo políticamente correcto, corriente tan reduccionista como poderosa, que no puede ocultar unos orígenes en el neoconservadurismo anglosajón, y que parece haber incluido como objeto predilecto de sus anatemas precisamente a las corridas de toros.

Reacción de los antis.Al hacerse pública la aprobación de la corrida como patrimonio cultural inmaterial de Francia, los grupos antitaurinos arreciaron sus ataques, tanto contra miembros de los estamentos taurinos del país como contra personal del propio ministerio de cultura. A injurias de todo tipo, militantes del antitaurinismo añadieron agresiones físicas contra personas y sus bienes. Lógicamente, estas manifestaciones de barbarie terminaron de convencer a la opinión pública de que no son precisamente la conmiseración por el sufrimiento animal ni la defensa de los derechos de las bestias lo que los mueve. Mucho menos una etérea superioridad moral sobre taurinos y taurófilos.

Por el contrario, tales manifestaciones de intolerancia y barbarie simplemente definen el talante oscurantista de quienes desean imponer una censura activa contra las corridas de toros, que a eso se resume el afán abolicionista tan en boga.

Castella, en su sitio.No ha sido la de Sebastián Castella a “Habanero” la mejor faena del francés en la México. Pero como obra de una real figura del toreo, capaz de imponerse técnica y estéticamente a un torillo débil y mansurrón, sirvió para que reivindicara con creces el sitio preferencial que desde hace años disfruta ante nuestro público.

Torerísimo desde el saludo capotero, Sebastián, al notar la blandura y descastamiento del de San Isidro, limitó el castigo en varas a un leve picotazo. Y con la muleta daría una lección sobre distancias, terrenos y temple, hasta extraer por ambos pitones una faena perfectamente equilibrada y armónica, en la que llegó a obtener embestidas acompasadas de un bicho que si de algo adolecía inicialmente era de continuidad y son. Hasta se atrevió con la castellina, muletazo en redondo cuyo mérito, más que estético, radica en la drástica reducción de la superficie del engaño. Su estocada, atacando bien, resultó muy trasera y por ahí se ha objetado la concesión de las dos orejas. Pero en realidad, lo único recusable a Ruiz Torres es ese improcedente arrastre lento que ordenó para los restos de “Habanero”.

Luego saldría algún burel más potable, pero El Payo, completamente extraviado, fue incapaz de darse por enterado. Si le dieron una oreja –protestadísima esa sí–sería por su riñonuda manera de estoquear. El Zapata, incómodo toda la tarde, fue avisado en ambos. 

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