» Puebla » Tauromaquia
2012-02-13 04:00:00
Décadas atrás, la plaza México podía presumir de alojar a una de las aficiones más sensibles del mundo, si no la que más. Si cortar ahí una oreja ya era una proeza, los hechos realmente memorables estuvieron casi siempre vinculados a ese instante mágico en que al toreo ejecutado en su cabal pureza se dejaba rozar por el aura mágica de los artistas de refinada expresión. Así fueron las apoteosis de Silverio o Armilla, Manolete o Procuna, Camino o Martínez, Garza o Dos Santos –los únicos que han paseado dos rabos una misma tarde. El Calesero, que apenas cortó ahí una oreja en 27 actuaciones, dibujó ese día una larga cordobesa que los más viejos aún están paladeando. Como los derechazos de Capetillo o El Callao, los naturales de Moro o El Ranchero, unas gaoneras y una estocada recibiendo de Fermín Rivera, ciertas faenas auténticamente cumbres del propio Rivera, Jesús Córdoba, Juan Silveti, Chuchito Solórzano, El Capitán… Auténtico Parnaso para los toreros de arte, a la México le sobraba también capacidad para saborear y valorar gestas tan recias como las que prodigaron sobre su arena Carlos Arruza, José Huerta, El Viti, El Capea, Mariano Ramos, los césares sudamericanos Girón y Rincón…
Pero ese tiempo pasó. Y si bien la que fuera primera plaza de América aún es capaz de vibrar al conjuro de los oscuros efluvios de El Pana o el encendido lirismo de unos lances de José Tomás, y deslumbrarse con la luz cenital de Morante o el asombroso legado de un David Silveti tocado ya por la parca (otro artista inmenso que no necesitó amontonar orejas en su espuerta ni confabularse con empresarios amigos para encender los fogones de la gran cazuela), ninguno de estos raros y espaciados eventos ocurrió en 5 de febrero, fecha reservada por la empresa y sus socios para refocilarse con su propia zafiedad… y la de un público ruidoso y verbenero.
Un 5 de febrero más. Aunque el lleno no fue total –llovió antes de las cuatro y de nuevo hacia el séptimo toro–, ese gentío dispuesto a divertirse a cualquier costa no tuvo empacho en prescindir una vez más de la seriedad y el rigor que hicieran de la México un coso tan anhelado como temible. Como era de esperar, la abigarrada multitud celebró más la alharaca de los alardes tremendistas que las sutilezas del arte, y lógicamente mostró mayor aprecio por un Juli sobrado de sitio y tablas que por el virtuosismo y la naturalidad de José Mauricio, autor, lejos, de lo más artísticamente expresivo y valioso del mitotero festejo.
Un torero en plenitud y un juez cómplice. Por qué otorgó Ruiz Torres las dos orejas del manso y casi inmóvil “500 Años” –trazas de novillo y carita de eral– es y será misterio insondable; Julián López lo había cercado con cuerpo y muleta y ni así quiso embestir, y cuando el madrileño prolongaba, ya sin sentido, su estéril porfía, el bicho le apuntó un golpe al muslo y en el aire le descosió la hombrera. Y como la sensiblería es corrupción de la sensibilidad –antaño atributo insobornable del público capitalino– bastó ese inocuo achuchón, y el que Julián se despojara teatralmente de la casaquilla, para desatar, con el fulminante estocada, una reacción desmedida, que sin embargo no daba, siendo ya benévolos, para más de una simple oreja. El palco soltó las dos de inmediato.
Otro par iba a pasear El Juli tras la muerte, también espectacular, del malamente llamado “Arte”, otro remiso que no podía ni con le rabo. De nuevo, poco arte podía caber en el arrimón insistente de Julián, mas como supo concitar la atención de la gente tocando reiteradamente con el muslo la pala del pitón –en retroceso la acobardada res–, dejándose oler la muleta y, en fin, alegrando con dosantinas y airoso toreo por la cara a aquella mesa de billar y, de paso, a la entregada concurrencia, el corte de apéndices estaba dado de antemano, lo mismo que su multitudinaria salida en hombros como triunfador de la tarde.
Paso al arte. Es casi milagroso que, en las adversas condiciones en que se debate la fiesta en este país, sigan surgiendo artistas con la sensibilidad de José Mauricio, cuya larga y difícil maduración está desembocando en el hallazgo de un verdadero orfebre taurino. Aún le queda por descubrir el secreto de la verónica –que sale de sus manos fina pero algo rígida y lánguida–, mas pudo cuajarle al noble “Tradición” un quite por gaoneras de pata´alante y aromas clásicos y, sobre todo, una faena acariciante y profunda, aprovechando el buen pitón derecho del cardenito para recrearse en varias tandas de trazo sedeño y naturalidad magnífica; no desmerecieron los pocos naturales que admitió el bicho, mantuvo la misma sobriedad del mejor gusto al adornarse y solamente flaqueó como estoqueador –el acero quedó trasero y desprendido–, por lo que el juez, en repentino acceso de rigor, desoyó la clamorosa petición de una segunda oreja.
José no sería el mismo Mauricio ante el áspero y rajado “Expresión”, aunque tuvo el tino de abreviar una faena de lucimiento imposible. Poco importaba ya, pues había dejado sobre el lienzo de Insurgentes la obra con más clase, sello y contenido del aniversario 66 del coso.
Entrega y reticencia. Diego Silveti, generoso siempre, se mostró como lo que es: un torero en formación, con mucho camino por andar, que podrá o no cuajar en figura pero por lo pronto derrocha un estoicismo digno de su estirpe. Con el peor lote y teniendo en contra su absoluta inhabilidad con los aceros, fue capaz de forjar, a pura decisión y aguante, una faena de intensa emoción con “Cultura”, su peligroso y rajado primer adversario. Esfuerzo que se fue por la borda de un sinfín de pinchazos e intentos de descabello que a punto estuvieron de costarle el tercer aviso, demorado por el comprensivo juez.
Otro recado recibiría antes de liquidar al cierraplaza, más manso y peligroso aún, con el que su empeñoso y excesivo muleteo derivó más en sustos que en logros. Mas su esforzado quehacer ha dejado una huella donde cabe un amplio y esperanzador futuro.
No puede decirse lo mismo del vástago del maestro Manzanares. Su presencia en un cartel que supuestamente reúne a los triunfadores de la temporada carecía de justificación, y su desempeño tampoco ha servido para avalarlo. Siendo un torero de indudables cualidades y sobrado poderío, José María se conformó con bocetar una tibia faena derechista con el cárdeno “Fiesta Brava”, dócil colaborador que al final, aburrido, se refugió en los adentros. Allí cobró el alicantino apretada y contundente estocada en la suerte de aguantar que fue lo mejor de su actuación y le valió izar la oreja del bicho.
Xajay, otro fiasco. En la reseña quedó constancia del mal juego y pobre presentación del encierro de Javier Sordo Bringas, hierro cuyo anuncio ha venido siendo obligado cada 5 de febrero; pero si quedan unas gotas de sentido común en este mundo, habría que prescindir de él en lo sucesivo. Algo bastante improbable porque siguen sin aparecer en los carteles divisas como Santa María de Xalpa, Rancho Seco o La Joya que han demostrado –contra todas las evidencias de la actual temporada–que el toro de lidia mexicano no es una especie en inminente peligro de extinción.