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Ya contamos con un excelso secretario de Salud

Por: Ramón Beltrán López

2012-07-03 04:00:00

 

Como todos estamos hartos de los asuntos electorales, de la política electoral, de los correos propagandísticos (a favor y en contra de los candidatos), de las disputas por los conteos, así como por la desbocada imaginación de grupos de ciudadanos identificados con algún candidato perdedor y que han dedicado largas horas de su imaginación a elucubrar las más elaboradas formas de fraude que –según ellos– se pusieron en práctica el pasado domingo, preferí enfocar mi atención –y por supuesto elegir como tema de este artículo–, a una de las más excelsa pen... tontadas que se pronunciaron en los últimos seis meses. Y conste que se profirieron tantas en ese tiempo que clasificarlas, o simplemente enumerarlas, resultaría una labor casi imposible de lograr. Y como no creo en los milagros, como alguna candidata, mejor me limito a una sola pen... tontada. Principalmente por provenir de quien provino, del mismísimo secretario de Salud a nivel nacional, son  Salomón Chertorivsky. Después de escucharla extrañé aún más al doctor  Córdoba Villalobos, actual secretario de Educación Pública, y anteriormente de Salud, aquel que enfrentó el problema de la epidemia de gripe aviar y que tuvo durante todo su mandato prudencia, sensatez, discreción y, sobre todo, la sabiduría suficiente como para no proyectar sus convicciones personales, políticas y religiosas a los problemas de salud pública. Así, a pesar de tratarse de un guanajuatense, con fama de conservador, se negó a sumarse o a aprobar las campañas contra la llamada “píldora del día siguiente”, o contra el uso del condón, etcétera. Habiendo fracasado en su intento de ser candidato del PAN a gobernador de su estado, regresó al gobierno federal para poder poner en práctica, nuevamente, todas sus capacidades y habilidades al servicio de México, pero ahora en la Secretaría de Educación Pública, en plena campaña electoral,y en el feudo de la “maestra” Elba Esther.

Durante su gestión como titular de Salud se ganó mi respeto y admiración. Ni lo conozco, ni pretendo lambisconearlo, ni tampoco ando en busca de chamba.   

Y mire usted, estimado lector, nuestro país ha contado con excelentes secretarios de Salud de la talla de los doctores Ramón De la Fuente, Kumate, Silvestre Frenk, etcétera. Esos si eran médicos, científicos  de talla internacional.

Pero regresando al tema y retomando el hilo, el tal Chertorivsky, cuyos conocimientos de salud pública y de bioestadística deben ser muy limitados, se atrevió a decir que así como la expectativa, o promedio de vida a nivel nacional había pasado de un promedio de 45 años a 76 años  durante el transcurso del siglo XX, así podremos esperar que se eleve a 200 o 300 años para el año 2040 o el 2050.

Y eso, que me perdone don Salomón es un xalada del tamaño de las torres de nuestra Catedral.

Simplemente porque el promedio de sobrevida (life expectancy at birth) como le dicen los gringos, es un promedio, es decir una cifra que se obtiene sumando el número de años que tienen las personas al morir, y dividiéndolo entre el número de éstas. Y se incluye tanto a las que se mueren a los 2, 3, 5 años, como los que mueren a los 90, 95, 100 años. Así parece elemental entender que si muchos niños morían anteriormente por falta de antibióticos, de vacunas, de pediatras, de hospitales, de medicina preventiva, esos infantes dejaron de morir en cuanto se contó con estos recursos y así pudieron llegar a la edad adulta y murieron mucho después, empujando de esta manera el promedio,  hacia arriba. Obviamente cuando hay guerras, desastres naturales, etcétera, el promedio se modifica. Nuestros 60 mil muertos en la guerra contra el narco seguramente lo modificarán, principalmente por  lo que toca al sexo masculino.

Pero el que antes fuera un promedio bajo no demuestra que no hubiera personas que llegaron a los 90 o 100 años de edad en el siglo XX, o en el siglo XV, o antes. Claro que los hubo, pero no eran suficientes como para modificar el promedio.

¿Ejemplos? Churchill (bebedor y fumador), San Antonio, Sócrates, Miguel Ángel, Franklin, etcétera.

E igualmente el promedio actual es muy bajo para los países africanos asolados por el Sida, la malaria, las parasitosis y, en general, la miseria y las guerras. Mientras que es muy alto para los países desarrollados como Japón, Mónaco, Luxemburgo, etcétera. Pero eso tampoco significa que en esos lugares puedan llegar a los 150, 200, etcétera. Y aún esperando que en un futuro cercano se den nuevos avances en el tratamiento del cáncer, la obesidad, los infartos y las enfermedades cerebrovasculares, el ser humano tiene ya predeterminada una posibilidad de vivir, digamos hasta los 80, 90 años, pero indefectible, inevitablemente morirá, de una u otra causa. Y así lo define la Organización Mundial de la Salud: “es el número de años que un individuo puede esperar a vivir hasta alcanzar las tasas de mortalidad por causas relacionadas directamente con su edad”. 

Y es que, los ingenuos esperaríamos que el secretario de Salud federal debería saber cuando menos eso, algunas definiciones elementales de la Organización Mundial de la Salud.

Pero créanme que tengo muchas razones para sentirme mal, incómodo, cuando critico a don Salomón. Porque tal vez la culpa no sea de él, sino de Calderón, que ya saben como se las gasta. Y es que el señor Salomón Chertorivsky Woldenberg no es médico sino administrador de empresas. Aunque sea el encargado de vigilar la salud de casi 110 millones de mexicanos.

Sin embargo tiene un mérito indiscutible que lo debería hacer blindado a mis críticas, ponerlo a salvo de mis ataques arteros. ¿Y cual es ese mérito? Simplemente que fue el director general para Latinoamérica de... ¿quién?... ¿de que empresa?... pues nada menos que de Bacardí y Cia., y eso durante 15 largos años.

Si después de ser su cliente asiduo durante casi toda mi vida ahora me fijo en esas nimiedades, y encima me atrevo a criticarlo. Merezco cualquier castigo, inclusive que ya no me vuelva a vender ninguno de sus productos.

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