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Para fortalecer nuestro optimismo

Por: José Gabriel Ávila Rivera

2012-12-04 04:00:00

 

Felizmente, no vivimos en una monarquía. Ni siquiera en una monarquía constitucional, como algunas de esas de las de ahora, en las cuales el rey o la reina son solamente costosísimos objetos decorativos que duran, duran y duran, hasta que son reemplazados por otros de la misma marca, procedentes de la misma fábrica, pero que tampoco sirven para nada. Bueno, son casi como la mayoría de nuestros diputados y senadores, famosos por sus silencios sus ausencias y sus derroches. Porque hay diferencias y una de estas es que a estos, a los nuestros, los renovamos... o por lo menos los cambiamos de una cámara a otra, para que no sea que se vayan a engrosar el numeroso ejército de desempleados. O que acaben como sicarios (no lo creo, porque les daría flojera), o como halcones (de los de ahora, los que más parecen lechuzas o búhos, porque solamente miran y miran para después notificar a sus jefes de todo lo que sucede), o peor aún,  como “cabilderos” del crimen organizado ante sus amigos, conocidos y contlapaches de la política.

Me alegro, entonces, de no vivir en una monarquía.

Y para ello cuento con una razón muy importante.

Y esta consiste en que así, cada seis años, o cada tres, mi esperanza se renueva.

Y espero que el que viene, o el que ya llegó, sea el bueno. El mero bueno. O ya cuando menos un poco menos malito que el anterior.

Y entonces me alegro, me siento optimista, me siento confiado en que vendrán mejores tiempos para mi patria. O mi estado. O mi ciudad.

Aunque luego venga nuevamente la decepción, compañera inseparable de la tristeza.

Aunque ambas, afortunadamente, serán sepultadas por nuevas oleadas de esperanza.

Porque aunque se envejezca, la esperanza siempre se renueva.

Simplemente porque la esperanza es lo último que muere.

Nada más hay que imaginar lo que sería el tener que soportar a varios de nuestros expresidentes, aposentados en el poder, no solamente por un sexenio, sino hasta su muerte.  Que pesadilla.

¿Debemos ser pesimistas u optimistas? ¿Creer en la democracia? ¿En nuestra democracia?

Alguien dijo que un optimista es aquel que  ve una oportunidad en cada calamidad; el pesimista, en cambio,  ve una calamidad en cada oportunidad.

Seamos optimistas mientras nos dure la esperanza. Pensemos,  confiemos en que vendrán cambios positivos. Que se remediarán algunos de nuestros males. Que sería mucho peor tener un monarca malo por décadas, sin contar con más esperanza que su pronto fallecimiento.

Finalmente nada perdemos, y en cambio podemos pasar, cuando menos, un buen rato, un buen día, o inclusive varios buenos días. Total, nada de esto influirá en los hechos, en la odiosa y necia realidad, únicamente cambiará nuestro estado de ánimo. Y la esperanza puede siempre mejorarlo.

Es como leer un libro de auto–ayuda sexenal o trienal.

Aunque se nos despierte a la  realidad  por medio de esos grupos autodenominados “anarquistas”, que desahogan su frustración, su ira, sus complejos, su rabia contenida, por medio de la agresión sin objetivo fijo, y con la destrucción de la propiedad, pública o privada.

“Anarquistas” que nunca, ni siquiera  por casualidad, han leído a Max Stirner, a Proudhon, a Kropotkin. Seudo–anarquistas que ignoran que el verdadero anarquismo consiste en crear  una sociedad, no de ciudadanos, sino casi de ángeles, respetuosos de todos los derechos ajenos, de todas las convenciones, de forma tal que hagan absolutamente innecesario un gobierno, una fuerza policíaca, etcétera.

¿Anarquistas o provocadores?

Yo creo que más lo segundo que lo primero.

Enviados a golpear políticamente al gobierno entrante de Peña Nieto, al gobierno saliente de Ebrard, al entrante de Mancera; pero por encima de todo a desprestigiar, a manchar la brillante trayectoria del Dr. Mondragón y Kalb. A dinamitar cualquier alianza que permita el avance político y económico del país.

Simple y sencillamente porque acciones y actitudes como estas no pueden conducir a ningún resultado político favorable para quienes las ponen en práctica. Porque no en ellas no existe mensaje político ni ideológico.

¿Entonces a quien o a quienes pueden beneficiar?

A aquellos que no les conviene un gobierno estable ni una sociedad en armonía.

A aquellos que resulten incapaces, absolutamente incapaces de generar consensos y acuerdos.

Elija usted a sus o sus candidatos.

Entre aquellos que resulten buenos pescadores en ríos revueltos.

Y ya que los tenga me avisa de su elección. O de su selección.

Y aun así, a pesar de esos, hoy veo renovado mi optimismo otra vez. Como cada tres, como cada seis años.

Total, ¿qué pierdo?

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