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El debate, ¿realidad o fantasía?

Por: Ramón Beltrán López

2012-06-05 04:00:00

 

Dediqué parte de mi tiempo libre, del tiempo de reposo, ya entrada la noche, para atender  las invitaciones y poder observar el debate entre los aspirantes a ocupar –mediante el voto popular– la Senaduría por el estado de Puebla. 

Desde un principio caí, otra vez más,  en esa severa confusión mental que, en frecuentes ocasiones, me asalta. Y es que recordaba que el Senado, allá en la antigua Roma, estaba integrado originalmente por los senectos, los viejos, los ancianos. Y que de ahí viene su nombre, senadores, senectos. En nuestro país eso ha quedado en el olvido. Ya hasta el “niño verde” puede ser senador.   

Se trataba de un selecto cuerpo consultivo que, como suele suceder y a conveniencia del gobernante en turno, fue incrementando su número hasta llegar a 900 miembros, allá en la época de Julio César. Por estos lares, originalmente, estaba constituido por dos representantes por cada uno de los estados de la Federación. Eran la representación, en un solo cuerpo colegiado, de una Unión que hacía iguales a Tlaxcala o a Colima con, p. ej. Chihuahua. Después vinieron esos cuentos de la “representación proporcional” y se perdió su propósito original, aumentando obviamente, y como suele suceder, su número y el presupuesto destinado a mantenerlos. Ahora son 128 y la mitad de ellos no ganó la elección y, por supuesto, no representa a su estado. Uno de esos dos senadores “extras” representa a la “primera minoría” y el otro a los intereses de su partido, de la élite que lo nombró, y se llaman de “representación proporcional”.

Si sus partidos los incluyen en las listas, en los primeros lugares, van a llegar al Senado, con o sin electores, con o sin votos. Nos caigan bien o nos caigan mal; votemos por ellos o no. Sean “impresentables” o no. Como el hijito de Martha Sahagún o como Romero Deschamps, ese austero líder petrolero.

Pero volviendo al tema, el único que cabía en la categoría de “senecto”, por su edad y experiencia, era Manuel Bartlett.  Víctor Hugo, Javier Lozano, Blanca Alcalá, aún pueden presumir de que cuentan con algunos efluvios de juventud.

Pero ya una vez empezado el debate entré en un estado de angustia, de agitación, de desasosiego, que no me dejaba punto de reposo. Empecé a dudar. Sentí que ya no podía separar la realidad de la ficción. Que no sabía si quien padecía de esquizofrenia era yo o si este grave padecimiento mental aquejaba a los protagonistas del encuentro.

Todos, absolutamente todos, los cuatro, sin excepción, se mostraban convencidos y aseguraban que se comprometían a luchar sin descanso contra la corrupción. Ese mal de nuestro país, esa hidra de siete cabezas,  que nos mantiene en los primeros lugares  entre aquellos países que más lo padecen.

Y todos, los cuatro, sin excepción alguna,  han ocupado puestos destacados en el gobierno, en todos los niveles y en todos los poderes.

Y ahí empecé a poner más en duda mi equilibrio mental. ¿Si todos están tan convencidos de que se debe luchar en contra de la corrupción, por qué razón no mencionan el nombre de uno solo de esos temibles y terribles corruptos?; ¿o es que acaso puede existir la corrupción sin corruptos?   Bueno, tal vez, porque en México todo es posible.

¿Acaso Lozano Alarcón, ex secretario de Trabajo, nos mostró como logró nuevas Juntas Federales de Conciliación y Arbitraje, ya limpias de esa horrible plaga maligna de coyotes y funcionarios corruptos?  ¿Acaso nos mostró las listas de todos aquellos funcionarios a quienes ya ha enviado a la cárcel? Que yo recuerde, no.

Recordé mis clases de siquiatría: “la esquizofrenia esta caracterizada por un disturbio fundamental de la personalidad, una distorsión del pensamiento, ideas bizarras, percepciones alteradas, respuestas emocionales inapropiadas y un grado de autismo. Estos síntomas son experimentados en presencia de conciencia clara (y generalmente) capacidad intelectual conservada”.

Ah caray, acaso entonces será por eso que se acusan, y acusan a todos los demás de corruptos, pero no pueden  ver las vigas en el ojo propio. Acaso la realidad que observan es diferente de aquella que vemos todos los demás mexicanos.

¿Y entonces, cuando don Manuel Bartlett descubrió que Piña Olaya y socios habían vendido y privatizado toda la reserva Territorial Atlixcayotl, a pesar de la oposición del delegado de Sedesol, Villar Borja, por qué no presentó ninguna denuncia; por qué no los metió al bote? ¿Acaso había corrupción, pero sin corruptos? ¿O vivimos acaso una realidad esquizofrénica, tal y como la describe la Organización Mundial de la Salud?

¿Y cuando expropió, “por causa de utilidad pública”, la esquina del bulevar 5 de Mayo y 2 Oriente, para después  entregárselo a un empresario del periodismo, (que aún se empeña y persiste en quedarse con ella, en nombre de la libertad de expresión), acaso no incurrió en un acto de corrupción? ¿Quién es el corrupto?

 ¿Y cuando Blanca Alcalá Ruiz revisó las cuentas y las acciones de sus antecesores en el ayuntamiento no encontró ni la más mínima falta? ¿Nuevamente existía corrupción, pero sin corruptos? ¿Es absolutamente falsa la percepción ciudadana, mundial, las mediciones, de que estamos entre los países más corruptos del mundo? De no ser así, ¿cuál es la razón para que este tema haya ocupado tanto tiempo del debate? ¿Somos o no somos? 

Ninguno de los cuatro  ha castigado a algún corrupto. Bueno, sí. Bartlett metió a la cárcel al alcalde panista de Zacapoaxtla, o de Teziutlán, de apellido Macip.

¿Y que me dicen de Víctor Hugo Islas? Lleva 30 años, sí, 30 años en puestos de representación popular. ¿Alguna vez ha denunciado a un funcionario corrupto? ¿Podría hacer publica su declaración patrimonial? ¿Alguna vez denunció a los priistas corruptos, sus correligionarios, antes de pasarse al nuevo negocio familiar, o sea el Partido Nueva Alianza (Panal)? 

Y angustiado regreso al viejo texto: “...la esquizofrenia pertenece al grupo de la psicosis (definido como un grave deterioro de la evaluación de la realidad que interfiere en gran medida con la capacidad de responder a las demandas de la vida cotidiana); está caracterizada por distorsiones fundamentales y típicas de la percepción (a través de los sentidos) del pensamiento y de las emociones.

En general, después de la crisis,  se conservan tanto la claridad de la conciencia como la capacidad intelectual, aunque con el paso del tiempo pueden presentarse déficits cognoscitivos...”

Y una vez concluido el debate, intercambio mutuo de acusaciones, obra de teatro en varios actos, o como guste usted llamarle, me quedé, como ya lo he mencionado, hundido en la más absoluta confusión. ¿Quién es el que sufre de esquizofrenia? Será acaso este tundeteclas que ya no alcanza a entender nada, o serán los participantes, quienes juraron y perjuraron que, de llegar, ahora sí, de verdad, en serio,  van a hacer lo que nunca han hecho.

Alguien, uno, varios, muchos, todos, viven, vivimos,  en una realidad esquizofrénica, donde esa realidad que nos describen no se parece en nada a la que percibimos cotidianamente mediante nuestros sentidos.

Usted, amigo lector, tiene la palabra. Y su voto. Y su diagnóstico.

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