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¿Y qué sucedía hace 150 años? / Tercera parte

Por: Ramón Beltrán López

2012-03-27 05:06:23

Si bien el pretexto principal para la intervención de los ejércitos de España, Francia e Inglaterra en nuestro país había sido el Decreto del 17 de julio de 1861, que suspendía por dos años el pago de las deudas, incluidas las contraídas con las potencias extranjeras, en virtud del desastre financiero en que se encontraba inmerso nuestro país al término de la Guerra de Reforma, había también motivos ocultos y muy bien definidos de las monarquías española y francesa para imponer a un Borbón, a un Habsburgo,  como emperador de México.

No eran las deudas, no era el dinero, era el propósito claro de apoderarse del país lo que movía a la aristocracia europea.

En diciembre de 1861 la reina Isabel II se dirigía a las cortes de esta forma: “...España quiere hacer saber al pueblo de México, y por medio de las armas, la necesidad de que en México se establezca un gobierno que armonice los intereses del país y sea capaz de mantener el orden...”

Esto, a pesar de que anteriormente el conde de Reus, general Juan Prim, el 13 de diciembre de 1858, ya había respondido en el Senado español a la reina: “...El Senado entiende que el que el origen de estas desavenencias (con México) es poco decoroso para la nación española, y por lo mismo ve con sentimiento los aprestos de guerra que hace nuestro gobierno, pues la fuerza de las armas no nos dará la razón que no tenemos...”

La actitud digna de Prim, ya como representante del gobierno español en Veracruz, ante la insistencia de Dubois de Saligny por desatar la intervención militar sin mayores  preámbulos, llevó inclusive a provocar la irritación en Antonio López de Santa Anna quien, aunque exiliado en Saint Thomas escribe a José Ma. Gutierrez de Estrada, en un documento plagado de cinismo y de la más absoluta carencia de autocrítica y pudor. Escribe el 15 de enero de 1862:

“...Estoy enteramente de acuerdo con usted respecto del Gral. Prim, pues, según las últimas noticias que he recibido de nuestro país parece muy probable que todo esto resulte un pastel... el marasmo domina a “nuestra” gente y ya ve usted que no hay una base que sirva al fin deseado... Mandé a mi hijo Ángel a Veracruz para ver lo que podía hacer en vista de las circunstancias; más ha encontrado la más decidida oposición por parte del jefe español. Estos españoles han de ser siempre los mismos...”

Así, Santa Anna, aún vivo, pero exiliado y enfermo, todavía alienta la posibilidad de regresar y entregar a los europeos la otra mitad de nuestro país.

En la memoranda de la entrevista entre Maximiliano y José Ma. Almonte, celebrada en Miramar en enero 22 de 1862, entre otros puntos que se acuerdan y se firman por ambos participantes, están los siguientes:

“...para sostener el gobierno se necesitarán 10 mil hombres... es necesario que el ejército francés quede en el país...; a continuación mi ejército indígena de 6 a 7 mil hombres...; con un préstamo de 100 millones de dólares...; los títulos de nobleza serán reconocidos...; si se estableciese una Regencia durante la ausencia del soberano, será necesario que en cualquier decreto se mencione que lo hace en nombre del soberano... (y ésta estaría integrada) con tres personas, S. A. I. propone los nombres del Gral. Santa Anna, Gral. Almonte y Monseñor Labastida, obispo de Puebla...; La creación de una Nunciatura de primer orden...; es urgente el regreso de todos los obispos, al menos de tres de ellos...

Finalmente, y en gran medida gracias a la participación del Gral. Prim y del Gral. don Manuel Doblado, el 19 de febrero de 1862 se logró la firma de los preliminares de La Soledad. Estos acuerdos que supuestamente permitirían dirimir pacíficamente las diferencias entre nuestro país y las tres potencias europeas impedirían la invasión y la implantación del régimen monárquico.

Entre otros puntos se acuerda que “...protestando, como protestan, los representantes de las potencias aliadas que nada intentan contra la independencia, soberanía e integridad del territorio de la República, se abrirán las negociaciones en la ciudad de Orizaba... para que ni remotamente pueda creerse que los aliados han firmado estos preliminares para procurarse el paso de las posiciones fortificadas que guarnece el ejército mexicano, se estipula que, en el evento desgraciado de que se rompiesen las negociaciones, las fuerzas de los aliados desocuparán las poblaciones antedichas (Córdoba, Orizaba y Tehuacan) y volverán a colocarse en la línea...”

Mientras tanto, Matías Romero, embajador mexicano en Washington, intentaba obtener un nuevo préstamo para pagar las deudas, y cualquier otro tipo de ayuda, a fin de evitar la invasión de los aliados.

A pesar de la Guerra Civil en Estados Unidos y de la negativa del Senado de ese país para intervenir, así fuera diplomáticamente, el presidente Lincoln dirige una carta a sus embajadores en Londres, París Madrid y México, diciéndoles:

“...Este país (EE.UU.) está profundamente interesado en la Paz de las Naciones, y trata al mismo tiempo de ser leal en todas sus relaciones, así con los aliados como con México... El presidente, sin embargo, considera su deber expresar a los aliados con toda sinceridad y franqueza la opinión de que ningún gobierno monárquico que pudiera formarse en México en presencia de ejércitos y de armadas extranjeras... tendría ningunas probabilidades de seguridad o permanencia. En segundo lugar, la inestabilidad de tal Monarquía se agravaría si el trono se asignara a alguna persona que no fuera mexicana de nacimiento. Bajo tales circunstancias, el nuevo gobierno deberá caer precipitadamente a no ser que esté sostenido por alianzas europeas... sería de hecho el principio de una política permanente de intervención monárquica europea, armada e injuriosa, y prácticamente hostil al sistema más general de gobierno y esto sería el principio más bien que el fin de la revolución en México...”.

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