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¿Y que sucedía hace 150 años?

Por: Ramón Beltrán López

2012-05-08 04:00:00

Hace tres días culminaron los festejos por la Batalla de Puebla, fecha singular, paradigmática, que explica mucho de lo que somos y de como somos; inicio de una guerra que no concluyó aquí sino, cinco años después, con el final del II Imperio Mexicano en el Cerro de las Campanas. Épico episodio de la Historia Mexicana que podría denominarse de Loreto y Guadalupe a Las Campanas.

Conmemoración de una batalla que nos permitió medirnos ante un enemigo poderoso, después de la humillante derrota del 47 ante el ejército yanqui. Una inyección de optimismo y confianza en nosotros mismos; una potente dosis de orgullo nacional; inicio de lo que sería el final de una disputa entre aquellos que pensaban que éramos incapaces de gobernarnos a nosotros mismos y que requeríamos para ello,  de un monarca extranjero, en contra quienes confiaban  en que los mexicanos podían y debían darse un régimen democrático, republicano, laico, representativo, capaz de esculpir una nueva nación que, curiosamente, estuviera basado en aquellos principios de la Ilustración Francesa, tan cercanos y a la vez tan lejanos: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

Durante las celebraciones conmemorativas de esas luchas ha habido la pretensión de distorsionar, redimensionar e inclusive modificar la historia. Inútil intento.  Para lograr esto se han sacado frases de contexto, como ya lo hemos demostrado anteriormente: “tengo patria antes que partido”, es sólo parte de lo  expresado por el Gral. Miguel Negrete en contestación a la propuesta del traidor Antonio Taboada para unirse al ejército invasor, y demuestra que no todos los mexicanos luchaban en las filas republicanas contra el invasor. El padre Miranda, Haro y Tamariz, el obispo Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, y Leonardo Márquez, son algunos nombres de poblanos ilustres que luchaban e intrigaban en favor de las fuerzas de Napoleón “El Pequeño”, tal y como lo motejara Víctor Hugo. Esto sin contar a otros como Juan N. Almonte, hijo de José Ma. Morelos y Pavón, Zuloaga, Miramón, Tomás Mejía, etcétera.

Entre los documentos del Archivo Juárez, que en  parte fue clasificado, junto con el Fondo José María Lafragua, por Lucina Moreno Valle (a quien curiosamente no se ha recordado en esas fechas, a pesar del apellido), aunque en su mayoría se debe al trabajo acucioso de Jorge L. Tamayo, se encuentra una carta enviada al gobernador de Puebla por el presbitero Vicente Guevara, en la que le expresa: “...que dirigiéndome para el hospital me encontró el gobernador de la Mitra y, deteniéndome, me previno que me abstuviese de impartir auxilios a los soldados moribundos, porque ninguna de las confesiones que hiciera tendrían validez...

“...El que suscribe, siempre dispuesto a servir a su país y principalmente cuando lo amaga una guerra extranjera, desea remover esta dificultad que le imposibilita el ejercicio de su ministerio a favor de los soldados mexicanos y por ello viene en suplicar a usted  se sirva tomar la medida que le parezca conveniente...” Puebla,  mayo 10 de 1862.

Al utilizar aisladamente la frase:  “...las armas nacionales se han cubierto de gloria...”, fuera del contexto del parte militar que le dio origen y que continúa: “...al mismo tiempo de estar preparando la defensa del honor nacional, tuve la necesidad de mandar a las Brigadas O’Horan y Carbajal a batir a los facciosos quienes en número considerable se hallaban en Atlixco y Matamoros, cuya circunstancia libró al enemigo extranjero de una derrota completa y al pequeño cuerpo del Ejército de Oriente de una victoria que habría (sic) inmortalizado su nombre”...Utilizarla ahora incompleta y fuera de contexto e intentar hacer aparecer a las fuerzas nacionales como un todo parece un intento vano de  olvidar, intencionalmente, que Leonardo Márquez y algunos otros pretendían atacar Puebla por el sur, para favorecer la embestida francesa.

Igualmente parece haber un intento soterrado de ignorar que la voluntad férrea, el patriotismo y el tesón indomable de don Benito Juárez sostuvieron al país durante todo el tiempo que duró la invasión.

Como en las anteriores entregas, parece  pertinente reproducir el último párrafo de la carta enviada por Juárez a Armand Montluc, representante de nuestro país en Paris, el 28 de agosto de 1862:

“... Estas son las consecuencias inevitables de la guerra, pero puedo asegurar a usted, porque veo y palpo la decisión de mis compatriotas que, sean cuales los elementos que se empleen contra nosotros,  no logrará ese gobierno la sumisión de los mexicanos, ni tendrán sus ejércitos un solo día de paz...”

Y posiblemente la mejor forma de concluir estas notas, que se dejaron casi en su totalidad  en mano y letra de sus protagonistas,  sea  con partes  de la misiva dirigida por el benemérito a don Matías Romero,  el 26 de enero de 1865: “...La idea que tienen algunos, según me dice usted, de que ofrezcamos parte del territorio nacional para obtener el auxilio indicado, no solo es antinacional, sino perjudicial para nuestra causa...”

“...Que el enemigo nos venza o nos robe, si tal es nuestro destino; pero nosotros no debemos legalizar ese atentado, entregándole voluntariamente lo que nos exige por la fuerza. Si Francia, si Estados Unidos o cualquiera otra nación se apodera de algún punto de nuestro territorio y por nuestra debilidad no podemos arrojarlo de él, dejemos siquiera vivo nuestro derecho para que las generaciones que nos sucedan lo recobren. Malo sería dejarnos desarmar por una fuerza superior, pero sería pésimo desarmar a nuestros hijos privándolos de un derecho, que sin duda otros más valientes, más patriotas y más sufridos que nosotros, lo harían valer y sabrían reivindicarlo algún día...

“...Es tanto más perjudicial la idea de enajenar el territorio en estas circunstancias, cuanto que los estados de Sonora y Sinaloa, que son los más codiciados, hacen hoy esfuerzos heroicos en la defensa nacional, son los más celosos de la integridad de su territorio y prestan al gobierno un apoyo firme y decidido...

“...No me extiendo a más porque, bajo la impresión del profundo pesar que destroza mi corazón por la muerte del hijo a quien más amaba, apenas he podido trazar las líneas que anteceden...”

Para terminar esta serie y, dado que actualmente los gobiernos, tanto de Puebla como el nacional son de extracción panista, cerraremos con una frase del yucateco Carlos Castillo Peraza, distinguido miembro de ese partido: “se ha repetido hasta la obsesión que ignorar el pasado es condenarse a repetirlo, es decir, a renunciar al futuro. Conocer aquel, por el contrario, abre el camino al porvenir posible. Sólo en este sentido puede comprenderse hoy la definición de historia como “maestra de vida”.

No olvidemos, pues, ni el pasado ni la historia, no sea que pronto alguien llegue a tener la ocurrencia de proponer la intervención de un ejército extranjero para que, “rápido y furioso”, venga a controlar al crimen organizado que nos agobia.

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