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¿Y que hacer con el Centro Histórico de Puebla?

Por: Ramón Beltrán López

2013-01-15 04:00:00

Desde 1987 se inscribió al Centro Histórico de Puebla como parte del Patrimonio Cultural de la Humanidad. En la actualidad México cuenta con 27 sitios considerados e inscritos por la ONU (en realidad por la Unesco, la dependencia de las Naciones Unidas dedicada a la Educación, la Ciencia y la Cultura) como parte de este patrimonio, más otros cuatro que forman parte del Patrimonio Natural. Con 31 sitios registrados actualmente, nuestro país figura entre aquellos que más han aportado para enriquecer este patrimonio mundial, estas riquezas que nuestros ciudadanos y nuestros gobiernos han considerado dignas de ser preservadas y como consecuencia han solicitado que sean registradas e inscritas como parte de la riqueza “tangible” de todos los ciudadanos del mundo. Después de recibir las solicitudes respectivas la ONU ha procedido a inscribirlas y el gobierno mexicano se  comprometió a “cuidarlas y conservarlas” con estricto apego a este compromiso, y de conformidad con su Constitución y sus leyes.

¿Pero que es un patrimonio cultural? Una de sus definiciones establece que “se trata del conocimiento histórico que aporta su importancia en la configuración de la memoria histórica o identidad colectiva, su influencia en la construcción de las formas y modos de convivencia social y de la personalidad individual, la conformación en muchos casos del contexto físico vital o, finalmente, la utilidad o beneficio social y económico que puede constituir”.

El Centro Histórico de Puebla es, en pocas palabras, todo aquello que representa cómo nos hemos organizado desde 1531 para convivir de acuerdo a la personalidad individual y colectiva de sus habitantes, y como lo han plasmado estos en su arquitectura, su traza urbana, su organización social, sus manifestaciones culturales y artísticas, etcétera, desde su fundación hasta la fecha.

Esto es lo que se pretende conservar y lo que se pretende impedir es su destrucción, tal y como sucediera antes de 1987 y que permitió que surgieran edificios espantosos como el Alles, Sears, Almacenes Rodriguez, Sanborns, Gilfer, y muchos más, espantosos simplemente porque alteraban la traza, el paisaje urbano, la armonía de la ciudad, etcétera. Así se les considerara “modernos y funcionales”. 

Sin embargo y a pesar de la declaración de la Unesco, del decreto de José López Portillo, y de toda la buena voluntad de muchos poblanos, principalmente de varias administraciones de la Universidad Autónoma de Puebla que adquirieron y restauraron muchas joyas arquitectónicas que corrían el peligro de desaparecer, la realidad necia e inocultable nos muestra que cientos de estos monumentos se encuentran abandonados y a punto de colapsar. Inclusive algunos de ellos que son propiedad del gobierno del estado.

Y es que la declaración de que ya todos ellos son parte del Centro Histórico y de que este forma parte del Patrimonio de la Humanidad y que existe la descripción exacta de las zonas dentro de las cuales se encuentra comprendido este desde el decreto presidencial y de la ineludible obligación del Instituto Nacional de Antropología e Historia para conservarlos, este patrimonio se ha enfrentado a la corrupción, al burocratismo, la indolencia oficial, el interés económico de algunos particulares para destruirlos y así destinarlos a otros fines, pero sobre todo a que siguen siendo de propiedad privada y a  que los sucesivos gobiernos municipales y estatales han carecido de la voluntad política y de la capacidad para diseñar estrategias para ponerlos “en valor”, es decir para adquirirlos o para lograr que la sociedad y sus propietarios participen en su rescate y los hagan económicamente atractivos y rentables.

Simplemente porque si no son económicamente rentables corren el inevitable peligro de ser abandonados a su suerte, abandonados, dado que cualquier inversión en ellos será inviable.

Y de esta manera pueden ser adquiridos a un precio bajo, por grandes capitalistas,  inescrupulosos, que mediante prácticas corruptas conseguirán su destrucción, conservando –si acaso– únicamente las fachadas. Esto sucede actualmente en la 2 Oriente, exactamente a un lado de Vip’s, junto al edificio que fuera construido para los almacenes que se conocieron como “Las Fábricas de Francia”. Destrucción total, a una calle del zócalo, a pesar de los sellos de clausura del INAH. Destrucción total a una calle, a menos de 100 metros,  del Palacio Municipal. 

Así podemos llegar a convertirnos en un gran “set” o escenario cinematográfico en el cual únicamente se conserven fachadas cuyos interiores ya no tengan ninguna relación con la forma, con la cultura, con las formas  en que vivieron sus constructores o sus habitantes posteriores.

Y es que carecemos, absolutamente, de políticas públicas destinadas a preservar y de hacer viable este patrimonio.

En España, en Madrid, en Toledo, en Segovia, en muchas otras ciudades, el ayuntamiento local llevó a cabo una planeación integral de estas zonas. Planeación que es inseparable de la participación ciudadana y de la voluntad de los propietarios. Con la participación de las universidades, escuelas de arquitectura, entidades financieras oficiales, etcétera, se investiga quienes son los propietarios de los predio, se les invita a participar, se buscan las posibles vocaciones o destinos de los inmuebles, se les ofrecen gratuitamente los proyectos de restauración (como tesis o como participación social de las universidades), se les exenta del pago de licencias de construcción, se les ofrecen créditos blandos e inclusive a fondo perdido con fondos internacionales, etcétera. Y así se revive a los centros históricos, se les hace viables y económicamente rentables. Y se convierten en grandes atractivos turísticos y en generadores de riqueza, sin perder su carácter e identidad.

Tal vez todo esto sea una práctica común en otros países pero aquí, por estas latitudes, solamente representa un sueño guajiro. ¿Planeación integral? ¿Participación ciudadana? ¿Respeto a las leyes y a los compromisos adquiridos con entidades internacionales? ¿Voluntad política? Cámbieles de nombre y de partido, cambie de apellido a nuestros gobernantes, trienio tras trienio, sexenio tras sexenio, la policía imperante –una y otra vez con inexorable persistencia– será únicamente el capricho y la ocurrencia del mandatario en turno. Ciclopistas, estacionamientos subterráneos en los parques públicos, teleféricos, peatonización a tontas y a locas sin respetar la inversión privada, cambio de sentido a las calles, cualquier capricho, cualquier ocurrencia sin apego a planeación urbana alguna, será puesta (o se intentará ponerla en práctica) sin siquiera intentar la participación o la consulta a los ciudadanos.

Tal parece que siguiéramos viviendo en la época colonial bajo el lema de aquel virrey de triste memoria: acátese pero no se cumpla; o bien de aquel otro que también manifestó: estáis para callar y obedecer y no para discurrir.

Ni modo.  

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