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¿Y qué hacemos ahora con el EZLN y los indígenas?

Por: Ramón Beltrán López

2013-01-08 04:00:00

Este año, dentro de unos cuantos meses, se cumplirán dos siglos de que el denominado “Siervo de la Nación”, don José María Morelos y Pavón, hiciera públicos los “Sentimientos de la Nación”, documento que plasmaba todo aquello que el canónigo revolucionario y padre del conservador Juan Nepomuceno Almonte consideraba como los ejes sobre los cuales se construiría la nueva nación americana.

Varios de ellos, leídos a 200 años de distancia resultan absolutamente incorrectos, políticamente hablando, intolerantes, discriminatorios, y hasta abusivos. Muy lejanos de las ideas prevalecientes en la actualidad; y de aquellas que entonces alzaban nubes de tormenta por el mundo; que tenían como origen a la Revolución Francesa.  La Libertad, la igualdad y la fraternidad encontraban poco espacio entre las propuestas de Morelos.

Mucho hemos avanzado desde entonces en algunos campos. En muchos otros permanecemos estancados, como si esos dos siglos simplemente no hubieran transcurrido. Como si el mundo no se hubiera transformado dramáticamente. Como si no hubiera concluido la Independencia. Como si tampoco hubiera existido la Revolución.

Hace apenas tres semanas marcharon nuevamente las bases indígenas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Varias decenas de miles marcharon en silencio por las calles de varias poblaciones importantes de Chiapas y el único comunicado del SubcomandanteMarcos en ese 21 de diciembre fue, nuevamente, y una vez más, entre poético e ininteligible. Poético, pero no político.

Lo que quedó demostrado, sin necesidad de explicación alguna, es que a 19 años del alzamiento de 1994 existe una organización social en ese Estado, la que ha pasado desapercibida –o ignorada– para la mayoría de los mexicanos. 

Y mientras tanto, y a pesar de ello, los indígenas de nuestro país permanecen en  la marginación, discriminados en su propia tierra, explotados, sometidos, ajenos al desarrollo y sin posibilidad alguna de acceder al poder político verdadero.

Mientras que la mortalidad infantil a nivel nacional es de 140 niños menores de un año por cada 10 mil nacidos vivos cada año, para la población indígena es de 228, 63 por ciento mayor. Pero esta cifra se eleva aún más en Guerrero, Chiapas y Oaxaca, entidades en las cuales alcanza niveles de 311, 242 y 237 respectivamente. Es decir que puede llegar, inclusive, a  duplicarse.  

La ancestral marginación, pobreza, ignorancia, falta de acceso a los servicios de salud, al agua potable y al drenaje, explican rápidamente estas cifras.

¿Y esto a  dos siglos de la Independencia de España; a un siglo de la Revolución? 

¿Cuánto se tardaron en los Estados Unidos para cambiar las prácticas sociales, la realidad legal, la situación económica de la población afro–americana desde que Martin Luther King pronunciara aquel discurso memorable que se inició con aquellas palabras: “Yo tuve un sueño…”, hasta que un miembro de esa comunidad llegara a  ocupar la presidencia de ese país? Solamente 50 años. Y ese país, esa sociedad, esas costumbres, sus leyes y sus prejuicios, todo cambió. Aquellos que estaban marginados tuvieron la oportunidad de integrarse. Deseaban integrarse, ser parte de un todo, no seguir siendo “otros”.

Nosotros no hemos podido o simplemente no lo queremos.

¿Cuantos de nuestros indígenas se ven forzados a emigrar al país del norte para encontrar mejores condiciones de vida; para poder disfrutar de lo que en su patria se les niega? Millones.

Esto es parte de nuestra realidad. Aunque no nos enteremos o no queramos enterarnos. Y aquí está tan lejos como Chiapas, o tan cerca como nuestras juntas auxiliares, aquí en San Miguel Canoa, o en La Resurrección.

  Y simplemente no parece que seamos capaces de encontrar una respuesta para enfrentar y resolver esta realidad, tan dolorosa como inaceptable.

¿En un mundo cada vez más globalizado, donde las fronteras son cada día más frágiles y las culturas se entremezclan, diluyen, recomponen, será posible respetar y fortalecer su identidad, su lenguaje, sus usos y costumbres sin condenarlos por ello a la exclusión, a mayor marginación, a la falta de oportunidades, a una extinción progresiva? ¿Acaso los indígenas que han emigrado hacia el norte han podido conservar todo aquello o bien han sido digeridos, triturados, asimilados por el “american way of life”?

Las soluciones aplicables para terminar con toda esta larga serie de injusticias deben dirigirse a la preservación del pasado, de sus  tradiciones, o bien a la preparación de los integrantes de estas etnias para que puedan adaptarse y sobrevivir en el futuro. Para ese  futuro que ya nos alcanzó.

¿Cómo conciliar el debido respeto a sus decisiones; como tratarlos como mexicanos adultos, como ciudadanos en pleno ejercicio de sus derechos, con la obligación constitucional de integrarlos a una sociedad multiétnica, con un sistema educativo único, que debe enseñar a respetar la igualdad de géneros, la libertad de creencias, etcétera?

Desde aquel 21 de diciembre he podido escuchar y leer multitud de respuestas. Casi todas ellas de una simplicidad –o de un simplismo– absoluta. Radicales. De blanco y negro.      

En mi opinión la respuesta, o las respuestas, no resultan nada fáciles. Si lo fueran se hubieran aplicado desde hace un siglo; desde hace dos.

Espero que aquellos sabios que propusiera Morelos hace dos siglos (“Que para dictar una ley se haga junta de sabios en el número posible, para que proceda con más acierto…”)  existan actualmente y se encuentren en la oportunidad de ponerlas en práctica.   

Por el bien de todos.

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