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¿Nos dicen algo más las encuestas de opinión?

Por: Ramón Beltrán López

2012-01-31 04:00:00

Nos aseguran las encuestas –forma moderna de intentar medir esa cosa denominada anteriormente “vox populi”, ente que alguien sumamente audaz, atrevido o muy aventurado se atrevió a apellidar como “vox Dei”– que al candidato priista le disminuyeron cuatro o cinco puntos en la intención de voto sus “errores de diciembre” pero que, en cambio, el que tenga algunos hijos fuera de matrimonio no ha producido efecto alguno en las simpatías populares.

¿Es acaso más grave que un candidato no recuerde los nombres y los autores de algunos libros que lo hayan impresionado o que haya tenido sus deslices extramatrimoniales?

¿Cuál de estos defectillos es más grave en un país donde la mayoría de los ciudadanos confiesa no leer ni siquiera un libro al año?

¿O donde uno de cada tres hijos nace fuera de matrimonio?

¿Cuáles son las virtudes que juzga el elector como valiosas antes de decidir por quién va a emitir el sufragio? 

La verdad es que sabemos muy poco de las características personales, virtudes y defectos de los candidatos a puestos de elección popular. Por lo menos en nuestro país, porque sí estábamos enterados de la vida familiar, personal, etc. de Barack Obama antes de la elección de hace cuatro años en Estados Unidos.

¿Somos más respetuosos de la vida privada de nuestros políticos en los países latinos o le concedemos menos importancia a ciertos aspectos, como puede ser la fidelidad, un pacto de suma importancia  entre dos personas, que a otras virtudes que pueden ser más significativas para el bienestar de la República?

¿La honradez o la fidelidad?  ¿El conocimiento proveniente de lo abrevado en las aulas y en los libros o una trayectoria exitosa en la conducción de los asuntos públicos? ¿Por cuál nos inclinamos?

Hace unos meses se dolía Berlusconi de los escándalos que se tejían a su alrededor por su afición persistente a las mujeres, principalmente las guapas y jóvenes. En esa grabación, supuestamente grabada de forma clandestina, el premier italiano calificó al suyo como un “país de mierda”, además de hipócrita. Y afirmaba que en efecto le gustaba la compañía de esas damas, pero que todos los gastos derivados de ello los costeaba de su bolsillo. Y es, en efecto, uno de los hombres más ricos de Italia.

¿Dónde termina entonces la vida pública y donde empieza la vida privada de los hombres (y valga la expresión aunque adquiera en otras condiciones connotaciones muy diferentes) y las mujeres, públicos? 

¿Qué sabíamos de Adolfo Ruiz Cortines y de su señora esposa María Izaguirre? ¿Y de López Mateos y Doña Eva Sámano, profesora, directora de una escuela pública? ¿De Díaz Ordaz y doña Guadalupe Borja? ¿Y de los siguientes y sus deslices?

¿Hubiera mejorado en algo el gobierno de Fox de haber leído más libros anteriormente? Sin embargo, lo “que natura no da, Salamanca no lo presta”, dicen por ahí.   Ruiz Cortines siempre fue burócrata, funcionario público; Zedillo es un académico sólido, formado en el más estricto rigor de las aulas. Concluyeron sus periodos y se retiraron en medio del reconocimiento público, discretos y silenciosos.

Hasta antes de Echeverría era un requisito indispensable, aunque no escrito, el  que los candidatos a la presidencia hubieran ocupado anteriormente cargos de elección popular. Que se hubieran dado baños de pueblo, antes de llegar a la silla del águila. Que se hubieran fogueado.

A partir de entonces se pudo llegar a la presidencia sin haber pedido antes un solo voto, ni haber ocupado ningún cargo, ni haberse impregnado del “olor a pueblo”. 

De los devaneos sexuales de muchos de ellos se ha ocupado Francisco Martín Moreno en su saga acerca de los “arrebatos carnales” de varios de nuestros prohombres, pero difícilmente se puede trazar una relación de causa a efecto, retrospectivamente, entre su vida sexual o familiar y sus estilos personales de gobernar ni mucho menos en la forma que enfrentaron los problemas, las adversidades o cataclismos.

Tal vez lo que los votantes busquen y juzguen sea otra cosa. La claridad de propósitos, las propuestas de solución a los problemas, etc. No la belleza física, porque en ese caso Creel desplazaría Cordero y a Josefina; Beatriz Paredes estaría perdida y Ebrard ya sería candidato.

Sería bueno preguntar a los futuros votantes qué es, cuáles son, las características que esperan de su candidato en medio de esta guerra de acusaciones y denuestos.

O tal vez la respuesta la encontremos en las palabras de Ramón y Cajal, en La vida alrededor:

... La mera corrección moral es cosa que no tiene sentido jugar, porque significa el mínimo de lo exigible. Pero la perfección no nos la exige nadie; la ponemos o intentamos nosotros por libérrimo acto de albedrío y, sin duda, merced a que nos complace su ejercicio. De aquí que el hombre perfecto en algo sienta la fruición de faltar alguna vez a sus propias normas y caer, por decirlo así, en pecado. Otra cosa es idolatría de la norma, como si ésta tuviera por su materia misma un valor absoluto y fueses necesaria. Lo importante es correr hacia ella, y el que no la alcanza no queda por ello ni muerto ni deshonrado...”   

Posiblemente lo que decida el sentido de nuestro voto no sea el que el candidato sea un santo o un sabio, sino la percepción de la necesidad de un cambio o el deseo de mantener un estilo o un estado de cosas.

Así suele suceder en las democracias.

Aunque parezca sorprender a algunos “analistas políticos”.

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