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Telenovela rancia

Por: Horacio Reiba

2013-06-17 04:00:00

El argumento lo tendrían que conocer hasta los neófitos. Consiste en inflar aparatosamente un globito tricolor y llenarlo con gases pesados, voceados como si fuesen helio químicamente puro. Como es natural, sólo un milagro contrario a las leyes de la física le permitirá remontar el vuelo. Lo que sigue, todos a una, es ponerse a soplar muy fuerte –a la cabeza siempre los publicronistas televisivos– hasta crear la ilusión de que el defectuoso artefacto realmente contiene elementos para elevarse graciosamente en el aire y perderse en las alturas. Esto, naturalmente, nunca sucede. Y visto el fracaso de la alucinación colectiva, los mismos que a gritos la alentaron procederán a culpar de todo al conductor del pobre globo y, repentinamente críticos, pedirán su remoción. Lo que venga después será ganancia. Y olvido. Justo lo que hace falta para empezar a armar la tramoya encaminada a reproducir la misma trama y hacer, globito reconstruido mediante, que otro efímero, pero muy productivo negocio florezca.

Los periodos de repetición del engendro van de dos a cuatro años. Durante los cuales quizá no falten títulos menores para recargar de “razones” la nueva quimera.

Y así, hasta el infinito.

 

Recuerdos del porvenir

 

Cuando éramos felices e indocumentados, y las mujeres de la casa solían pasarse las horas muertas frente al televisor en horario de telenovelas –Simplemente María y cosas peores–, su modo de contrarrestar nuestras críticas consistía en señalar al futbol como causante del mismo tipo de hipnosis absurda entre el sector masculino. Normalmente, la tropa era numerosa y había una sola tele en casa, por lo que ambas partes terminaban por aceptar el empate y, como los buenos ajedrecistas,  negociaban unas tablas más o menos honorables.

Hoy, con los gustos cada vez más mezclados –damas futbolizadas, caballeros colonizados por las telenovelas– no debía extrañarnos el presenciar la revoltura de ambos géneros: reñidas competencias enreality shows de todo tipo y densos culebrones pseudodeportivos.

Por lo que a éstos últimos se refiere, ninguno representa mejor la vida simbólica del México actual que el famoso Tri, con sus reiterados altibajos y consabidas recaídas. Como neto producto televisivo que es, responde a la lógica de ese medio: machaconería mercantil para venderlo como lo nunca visto y mucha boruca de merolicos para mantenerlo en el aire, con profusión de comerciales alusivos y malabarismos verbales que, sin ese estado de excitación colectiva artificialmente creada, difícilmente se tragaría un bebé.

 

El burrito de la noria

 

Alguien podría argumentar que el fenómeno descrito se da a escala mundial y poco hay que oponerle: o cedes a su tremenda fuerza centrípeta o de plano te apartas, en busca de otras modalidades de evasión de la dura realidad. Pero a quienes esgrimen tal argumento habría que explicarles la clase de especialísimo maridaje que se ha dado en México entre futbol y televisión.

Detallarles cómo el poder de las televisoras –de una en particular– llegó a incautarse no sólo de las transmisiones en vivo sino del futbol en su totalidad, que en este país se maneja a la conveniencia y bajo las órdenes del oligopolio televisivo. Creador, entre otras lindezas, de los minitorneos, que han triturado la continuidad de los equipos y por tanto la calidad del juego, trivializando de paso triunfos, derrotas y títulos, pero multiplicando las ganancias vía venta de anuncios comerciales durante las liguillas.

La promoción, como gran novedad, de la Liga MX, no es sino un intento de contrarrestar los daños acumulados de tres lustros de liguillas, que incluyen una drástica disminución del interés popular, reflejada tanto en taquilla como en volumen de teleaudiencias. Por lo demás, su concepción y ejecución son de neto corte mercantilista, el único lenguaje que la gente de la televisión conoce, por lo que sus efectos prácticos serán mínimos. Otra patraña para vender humo y poco más.

La misma mentalidad mercantil está detrás del tianguis de piernas –huya usted, ahora que todavía está a tiempo, de palabrejas neocolonizadoras como llamar draft a esa involución de tintes esclavistas–, del despeñadero que es hoy el arbitraje –debe haber por lo menos media docena de ineptos con gafete de la FIFA, gran responsable, por complicidad, de un desaguisado que quedaría incompleto si no mencionamos la multipropiedad, excepción mexicana que tendría que darnos vergüenza, pero en cambio es tinte de orgullo en una Femexfut, cuyos puestos dirigentes ocupan, sin ningún pudor, obedientes empleados de Televisa.

 

Circo ambulante

 

Todo evoluciona en la vida y el paso de una centuria a la siguiente ha sido, históricamente, poderoso motor de cambios en las costumbres sociales y en la economía. Innovador, el futbol mexicano está aportando como novedad la masiva compra–venta de franquicias. Nada mejor, para redondear el negocio, que ofrecer a los gobiernos estatales –es decir, al gobernador de turno– la tutela de un equipo de futbol “profesional”, a cambio de publicitar generosamente su imagen y sus “logros” en las pantallas caseras. Y obteniendo, de paso, concesiones y privilegios para la televisora que parió tan genial idea.

He aquí el secreto de la profusión de cambios de sede a la que estamos asistiendo, mudos testigos de otra singularidad del balompié nativo, destinada a fomentar el desarraigo de los mal llamados “clubes” –claro que hay media docena a los que por nada del mundo se les permitirá entrar en ese rejuego, si no, adiós “clásicos”–, pero también a incrementar exponencialmente las ganancias de la tele. Una vez pulverizadas las posibilidades de un  negocio centrado en el futbol, y conseguida la tácita marginación de capital privado interesado en levantar la calidad del producto como base de una lícita ganancia –habrá excepciones, cada día más escasas–, las dirigencias han descubierto el acceso al dinero público de los estados, del que tan urgido está este país en rubros como educación, salud, promoción de servicios sociales, infraestructura vial y, desde luego, espacios para el deporte y el esparcimiento colectivos. Pero no del oprobioso culto a la personalidad de los señores gobernadores ni de la costosa promoción de negocios y showsde las televisoras, entre los cuales figura preponderantemente el futbol “profesional”.

 

El Tri del Chepo

 

De vuelta a la telenovela de cada cuatro años, nos encontramos con una Selección Mexicana en plena deriva. No la acompañan ni juego ni espíritu ni plan de equipo. Los mismos que gritaban como maravilla de maravillas el final de la liguilla –guardándose muy bien de silenciar la paupérrima calidad del futbol desplegado por ambos finalistas– ahora se dicen extrañados de que el Tri esté dedicado a ligar empates a cero en la eliminatoria de la Concacaf. Lo que tan alto y fuerte gritaban hace poco –las grandezas de los jugadores, la solidez del cuadro, su marcha invicta bajo la firme dirección de José Manuel de la Torre– de repente se evaporó. Y como no osan lanzarse contra el Chicharito y demás “estrellas” europeas, ni en contra de aquellos que acaban de ensalzar como campeones del siglo –más que de una liguilla más–, es de esperar que, si las cosas no se enderezan pronto, harán presa en el DT, su blanco favorito en estos casos.

Así que ya sabe el Chepo a qué atenerse. Ciertamente, su imaginación como estratega no da para mucho –es de una rigidez casi marcial–, pero también es verdad que los astros que se supone tiene a disposición no son tales. Jugadores del montón y nada más. Por algo Guardado no logra consolidarse como titular del Valencia, y Giovani se pasó los años buscando acomodo en algún equipo europeo –cuando lo encontró en el Mallorca, no ha podido evitar que descendiera–, y Salcido y el Maza están de regreso, y Héctor Moreno es un buen defensa como hay muchos, aquí y allá… Y, en definitiva, ni hay liderazgo ni cabeza pensante que sepa crear jugadas de gol ni ha dispuesto Javier Hernández de balones en condiciones para explotar su agudeza rematadora.

Menos mal que tenemos a Jesús Corona. Sin él como último reducto sí que estaría México al borde de la eliminación. Y eso en una zona geográfica bendecida por tres lugares y medio para el mundial, pese a que se juega aquí una clase de futbol catalogada entre las más bajas del mundo.

 

Copa Confederaciones

 

Torneo menor, concebido para ir calentando motores con vistas al mundial, un poco los equipos –Brasil, España y otros seis que poco o nada tienen que discutirles– y un mucho la organización general del monumental acto de 2014.  

Y, sin embargo, ahí tiene el Tri –escribo esto antes del debut– una buena ocasión para respirar aires menos viciados que los de la Concacaf. Para abrir boca, contendía ayer con una Italia en horas bajas –nada más hay que ver los graderíos vacíos del calcio en los últimos años o el excesivo protagonismo, futbolístico y extrafutbolístico, de Mario Balotelli, para deducir que la azurra actual carece del empaque, las figuras y la autoestima que tuvo en otros tiempos. Es decir, que se trataba de  un adversario a modo –historial frondoso combinado con un bajo estado de forma– para intentar salir del bache. Pero por favor, México, que no haya sido otro empate.    

En cuanto a Brasil, motivos tiene para preocuparse, pues tampoco con el experimentado Felipao al timón parece encontrar su juego ni su ritmo. Y un Brasil sin ritmo y corto de juego podrá ganarle a Japón, pero eso no va a alcanzarle para borrar los efectos, todavía vivos, del maracanazo.

Por lo pronto, entró al torneo con el pie derecho. Con el pie derecho de Neymar, que en el minuto tres del partido del sábado colgó en el ángulo fabulosa bolea, digna por lo menos de Romario, para encauzar el desigual partido hacia un 3–0 aplastante, que habla más de la fragilidad de los nipones que de las excelencias del equipo de Scolari. Goles todos, por cierto, de vestidor, pues el de Paulinho cayó a los dos del complementario, y el que cerró la cuenta –de Jo, a un servicio de cirujano de Oscar– se produjo a los 93, ya con el telón a medio bajarse.

Con ese Brasil va a contender México pasado mañana. Ya veremos con qué resultado y consecuencias.

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