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Reflexiones de Semana Santa

Por: Horacio Reiba

2013-04-01 04:00:00

Mal asunto cuando a un equipo de futbol se le olvida lo que es ganar. Que es, más o menos, lo que está ocurriéndole a la selección del Chepo de la Torre. Preocupante. Aunque, por otro lado, la tabla del hexagonal de la Concacaf, luego de tres partidos por piocha, es todo un poema: el líder (Panamá) no pasa de 5 puntos, el colero tiene 2 (Jamaica) y hay un triple empate a 4. México va penúltimo con 3, pero cualquiera entiende que ahí todo es provisional y que una sola jornada bastaría darle la vuelta al panorama. Mejor dicho, que allí, más que panorama, lo que hay es engrudo, apelmazamiento. 

En el futbol se marcan diferencias a partir de tres elementos clave: por calidad (figuras, vaya), por estilo o por juego de conjunto. No siendo este último el atributo más frecuente en una selección, a los equipos nacionales les queda recurrir a cualquiera de los otros dos. Pero históricamente, poseer un estilo propio no ha sido nuestro fuerte –salvo contadas ocasiones, encarnada la última por la escuadra de La Volpe–; y en cuanto a individualidades desequilibrantes, las que últimamente presumimos apenas rebasan el nivel medio de la Concacaf, de suerte que establecer diferencias por ese lado –el lado del Chicharito, digámoslo claramente– tampoco será sencillo. Dichas claves aparte, quedan ciertos extras, palancas de emergencia de las cuales echar mano para salvar tanto un partido como una eliminatoria: estarían, digamos, las astucias ligadas a la experiencia y, desde luego, la inteligencia y la inspiración personales. Que se fortalecen si quien las posee está bien acompañado dentro del campo: las famosas asociaciones y entendimientos entre jugadores particulares, que a la hora buena suelen pesar más que todas las horas de práctica acumuladas en acciones a balón parado. Mismas que, no es ocioso recordarlo, también resultan favorecidas por este tipo de acuerdos en corto, más que por la machaconería o complejidades impuestas por el entrenador.

Al margen, pero nunca afuera, quedan los aspectos ambientales: la cancha, el público, el clima, las lesiones o castigos, el arbitraje… Todo eso capaz de alterar el equilibrio de un cuadro o de un partido, que cobra mayor importancia en tanto más equilibrada se presente la contienda.

Como nuestro concacafkiano caso bien demuestra.

Golpe de autoridad. Certificando que vive su época de oro, España viajó a París seguida por el morbo, y regresó con la calificación mundialista casi asegurada. Lógico, porque siendo la única selección rica en los tres atributos arriba nombrados –figuras, conjunto, estilo propio– visitaba a una Francia a la que no le sobra ninguno.

Partido trabado y con poca acción en las áreas –enredada y confusa casi siempre–, quedó resuelto al minuto 58 gracias a la audacia desbordadora de un suplente –el lateral zurdo Monreal, gratísima revelación– y al caprichoso viaje de una pelota que el arquero Lloris no logró controlar pese al desesperado manotazo, tras medio remate de Pedro con Evra encima: la pelota al fin entró, así fuese haciendo reverencias a todo mundo en su angustioso viaje. Y España recobra la cabeza del Grupo I dejando a los galos con un punto abajo: 11 contra 10 y tres fechas por cubrirse.

Porque eso fue todo. Eso y dos enormes intervenciones de Víctor Valdés, otro suplente de lujo. La cancha del muy tecnologizado Stade de France, indigna hasta del más humilde potrero, les robó sendos goles a Xavi Hernández –voló remate a bocajarro– y Ribery –erró un control fácil en mano a mano con Valdés. El penal perdonado a Francia por el silbante húngaro fue otro factor ambiental sin reflejo en el marcador.

Panorama mundialista. En Europa casi aseguran boleto alemanes y holandeses, que golearon con comodidad (4–1 a Kazajistán y 4–0 a Rumania, respectivamente). Son los suyos los grupos más desnivelados, del mismo modo en que el más disputado es el A, con Bélgica y Croacia igualados en puntos y partidos jugados (16 y seis). Más llevadera es la situación de Italia –con 13 puntos y un partido menos que Bulgaria, que le sigue con 10 en el G–B–; todo lo contrario el panorama que avizoran Portugal e Inglaterra, que pese a sus esfuerzos no consiguen escalar más allá de puestos de repesca. Y eso que los ingleses  pareció que devorarían de un bocado a Montenegro, líder del G–H, al que visitaban: tres veces se amenazaron de muerte la meta local antes del gol de Rooney, apenas al minuto seis… para terminar pidiendo la hora luego de ceder el empate a uno definitivo (Damjanovic, ’76).

Pero anda Portugal, que ni siquiera el segundo lugar –con destino al repechaje– tiene garantizado, pues a su modesta victoria en Azerbaiyán correspondió Israel con otro 02 en Belfast, que, por diferencia de goles, lo sitúa por delante de los lusos, anclados ambos en 11 puntos y muy lejos del líder Rusia, que suma a 12 a la fecha pero con dos partidos menos.

En la Conmebol manda Argentina, que libró con empate a uno el temible viaje a las alturas de La Paz, despegándose de una Colombia incapaz de evitar la derrota en suelo venezolano (0–1), pero no de Ecuador, que confirmó estar en excelente forma arrollando a un Paraguay en horas bajas (4–1) y desplazó a los colombianos del subliderato.

Por contraste, no tiene fin la caída en picada de Uruguay –nada menos que el actual campeón de América y cuarto en Sudáfrica 2010–, que ya es sexto tras perder 2–0 en Santiago ante un Chile que, bajo la batuta del argentino Sampaoli, recién llegado al banquillo, parece recobrar la confianza y frescura perdidas. Y además ellos sí cuentan con algunas figuras de primer nivel, no de las infladas que por aquí se estilan.

Resumiendo, Argentina tiene 24 puntos por 20 de Ecuador, 19 de Colombia, 15 de Chile y Venezuela y 13 de Uruguay. Recordemos que allá califican cuatro directamente y el quinto lugar va al repechaje.          

Adiós a Soraya. Soraya Jiménez, fallecida el jueves a los 35 años, víctima al parecer de un infarto al miocardio, engrosa la lista de medallistas olímpicos mexicanos (Mariles, Capilla, el Sargento Pedraza, Noé Hernández…) cuya existencia posterior al triunfo discurrió entre el azar y el infortunio. De espíritu inquieto y genio difícil, Soraya vivió, en pocos años, muchas vidas, rodeada más de rumores que de certezas, y con mucho menos horas gratas que trances amargos.

En una de esas vidas, acaso la única realmente suya y feliz, sería la única mexicana que en la historia de nuestras participaciones olímpicas se ha colgado del cuello una medalla de oro: fue en Sidney 2000 y en una especialidad –halterofilia, categoría 58 kilos– escasamente mediática, lo que probablemente marcó el principio de su derrota existencial.

Esa victoria, pírrica y sin embargo enorme, no su drama personal y sus devaneos con la política, es por lo que de Soraya Jiménez Mendívil merece y merecerá recordarse, ahora y siempre.

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