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2012-01-30 04:00:00
Aunque estuvo lejos de desplegar la clase de futbol que uno quisiera, el Puebla se trajo una victoria harto valiosa de las inmediaciones del cañón del Sumidero, allá donde medran los Jaguares de Chiapas, el segundo equipo de Televisión Azteca dentro del reparto patrimonial del balompié “profesional” de México acordado por el duopolio televisivo.
Fue cosa de aferrarse al temprano gol de Damarcus Beasley (3’, a servicio de Luís García) y contar con una poca de suerte y otra cosita –la carencia de ideas ofensivas de los chiapanecos, por ejemplo– para salir con los tres puntos del Víctor Manuel Reyna. También entran en el recuento un par de remates a bocajarro que el caganchesco Mostro Álvarez resolvió con singular agilidad y el buen escalonamiento defensivo ordenado por Juan Carlos Osorio, que festejó el triunfo como si hubiera ganado el abierto de Australia.
La franja navega con relativa tranquilidad de cara a la temible tabla de cocientes, en cuya cola se afirmó más que nunca Estudiantes Tecos, vencido 2–1 en el Volcán, pues el Atlas sorprendió quebrando 1–0 al invicto Toluca para desmarcarse momentáneamente de sus desastrosos paisanos. Con los que, por cierto, chocará en Zapopan la próxima jornada.
Buenos hermanos
Y hablando del duopolio y su amor por la multipropiedad, resulta que el América se volvió potencia de repente e hizo lo que nadie: marcar tres veces en casa del San Luís (1–3), que ya encontrará más tarde ocasión de reponerse.
Ante adversarios menos carnales, se entiende.
Y malos arbitrajes
Al interminable rosario de pifias arbitrales, habitual ya en nuestro futbol, se incorporó esta semana por méritos propios Fernando Guerrero, uno de los nuevos adalides con silbato concienzudamente preparados para la Primera División por la agencia de la Femexfut que, milloncito de dólares de por medio, tiene a su cargo la capacitación, promoción y evaluación de la savia nueva en materia de arbitraje. Ignorar la escandalosa mano del Tito Villa en la acción del empate cruzazulino en Cancún fue, una de dos, o palmaria evidencia de una miopía avanzada o ataque de amor puro y duro al cemento.
Si éstos son los buenos, cómo estarán los malos.
La rebelión de Mourinho y los suyos. Es indiscutible que el entrenador ha pasado de ser una figura secundaria a prácticamente gobernar los partidos. La cosa tiene pros y contras, y está claro que mientras el DT no se calce los botines, los partidos los seguirán ganando o perdiendo los jugadores. El caso es que la tiránica influencia de José Mourinho sobre el actual devenir del Real Madrid había llegado a un punto de irritación tal que, tras el último fracaso merengue ante el Barça en el Bernabéu, la discusión sobre la conveniencia o no de mantener al portugués al frente del equipo alcanzó más intensidad que nunca en los casi dos años de Mou en el banquillo madridista. Se comprende. Por mucho que el Madrid sea hoy líder de la liga, su impotencia ante el rival más encarnizado había alcanzado niveles de pesadilla: desde que el ogro de Setúbal llegó, una sola victoria en 13 clásicos; y en el Bernabéu puras derrotas (en liga, copa, supercopa y Champions), a cambio de aquel solitario 1–0 para alzar la Copa del Rey 2011, y tres empates cuando el planteamiento azulgrana se hizo más conservador, dada la ventaja adquirida en encuentros de ida.
Total, un fracaso de los que marcan la trayectoria de un entrenador. Con mayor razón tratándose del áspero, egocéntrico y protagónico Mourinho.
Quemar las naves
Si la semana anterior el ridículo madridista empezó desde la alineación, esta vez, con casi todo perdido, el portugués decidió quemar sus naves y empezar desde cero (es decir, desde el 1–2 de la ida). Cierto es que el Barcelona perdió a Iniesta por lesión a la media hora, y a Alexis Sánchez, con la clavícula rota, a falta de veinte minutos de juego. Pero la verdadera noticia es que, antes de que la desgracia lo mermara, había perdido hasta su acostumbrada abrumadora posesión de balón, propiedad de la visita desde el comienzo, como confirmación de una superioridad futbolística que no estaba en ningún libreto y que el Madrid no dejaría ya de ejercer a lo largo del encuentro. Hasta ese punto su esquema, su coraje y su futbol desbordaron a los catalanes, nunca tan exigidos ni tan superados en tiempos de Guardiola por su clásico oponente.
Tampoco tan afortunados ni con un arbitraje tan parcial a su favor.
Buen consuelo
Eliminados así de la Copa del Rey, en la liga Mou y sus merengues son más líderes que nunca. Pues el sábado, su claro 3–1 sobre el Zaragoza –que no sale del cuadro preagónico en que lo dejó postrado el Vasco Aguirre– se combinó con ese 0–0 que un Barça deprimido y deprimente fue incapaz de romper en Villarreal. Los siete puntos de ventaja resultantes prácticamente le garantizan la corona al equipo blanco, dicho sea no como alarde premonitorio sino en simple apego a las evidencias: Real Madrid es un equipo al alza, en tanto Barcelona da cada vez más señales de decaimiento.
Por otra parte, no es difícil que se vuelvan a encontrar en la Champions, que está a punto de reanudarse.
ManU, de capa muy caída.
Últimamente se sabe poco del Chicharito, como no sean discretas alusiones a las ya previstas complicaciones del segundo año en alta mar de un grumete con buena estrella. Pero en realidad, la crisis es de todo el equipo, empezando por Alex Ferguson, que abrió la temporada –y la boca– diciendo que su siguiente reto sería emular al interplanetario Barcelona, pero una vez en la brecha se ha encontrado con un desmoronamiento espectacular de sus red devils, asolados por las lesiones, eliminados de la Champions en primera ronda y desalojados el sábado de la Copa de la Liga inglesa en campo del Liverpool, su rival más tradicional y encarnizado.
En este partido, para el cual sir Alex tuvo que recurrir a la base más veterana de su plantel –Scholes, Giggs, Rio–, en mezcla con jovenzuelos recién salidos del cascarón, ni los unos ni los otros fueron capaces de evitar la nueva debacle. La presencia de Javier Hernández durante el último cuarto de hora fue meramente testimonial, pues precisamente en ese lapso los locales se volcaban sobre el arco de un inseguro De Gea –cuyos titubeos ya habían propiciado el primer gol–, y pudo Bellami conseguir el tanto de la victoria (2–1), que volvió loca a la fiel hinchada de Anfield y supuso un nuevo revés al orgullo manchesteriano.