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Osorio, Messi, Mourinho, Morelia y Checo Pérez

Por: Horacio Reiba

2012-03-26 04:00:00

El martes pasado, temprano, recibí la llamada de un buen amigo –aunque lo vea poco–, que sin mucho preámbulo me espetó: “Esta vez te equivocaste; acaban de confirmar que, a pesar de la mala racha, Juan Carlos Osorio seguirá entrenando al Puebla”. Como conocía ya esta noticia solo atiné a responderle que me alegraba haber errado el pronóstico adelantado (bajo el subtítulo “Punto final” en el Semanálisis del lunes 19)… pero no me lo creía.

Esa misma mañana, Hugo Fernández había retado claramente al “confirmado” timonel separando del equipo a cuatro jugadores –entre ellos el “Loquito” García, el del famoso contrato por 5 mil pesos mensuales, que la directiva del Puebla se da el lujo de adeudarle hace meses. Y por la tarde, el esperado truene se produjo, seguramente sin que el club respetara las condiciones de un extraño acuerdo de indemnización si el colombiano alcanzaba esos 25.5 puntos que suponen la mitad de los que se disputan en cada minitorneo.

Y llegó así, tal como afirmara esta columna, el punto final para una relación sin futuro.

 

Demasiado bueno para ser verdad

 

Para las mafias que asuelan al futbol mexicano, los clubes son cotos de poder y las directivas sus víctimas–cómplices cautivos. Que de repente caiga en medio de semejante tinglado un señor con capacidad y ganas de trabajar seria y honestamente supone un contratiempo intolerable del que hay que librarse cuanto antes, accionando de inmediato todos los resortes de la grilla. Ya sonaba demasiado sospechoso que, a las pocas semanas de asumir, el equipo de Osorio –ése Puebla formado a retazos y con prisas, la mejor manera de reducir al mínimo cualquier posibilidad de éxito– alcanzara estimables cotas de juego y hasta ganara en buena lid dos partidos como visitante. Había que apresurarse a fabricar turbulencias, crear divisionismo, impedir que los triunfos se encadenaran. Y los efectos de esa labor de zapa se notaron enseguida, en la cancha y fuera de ella. En cinco derrotas al hilo y en manejos turbios y declaraciones equívocas, que terminarían por dar al traste con el interesante proyecto futbolístico que Juan Carlos Osorio, el dimitido DT de la franja, amenazaba con hacer crecer si acaso le daban tiempo.

Resultados: Osorio está fuera y el Puebla sigue siendo juguete de mafias depredadoras y directivos nefastos. Una síntesis, extrema si se quiere, de los males de nuestro futbol.

 

De aquí a la eternidad

 

Lionel Messi sigue y seguirá maravillando porque, sencillamente, su futbol no reconoce frontera. Verlo poner un pie en la cancha predispone ya a su audiencia fija –el mundo entero– a seguir muy atentamente la consecución del milagro del día, que por supuesto será distinto al anterior, aunque al final todo venga impregnado de la misma magia. Esta vez fueron tres goles en la cabaña del Granada, equipo menor que, sin embargo, se animó a aventurar algunas respuestas en el mismo lenguaje azulgrana –el gusto por el toque, la alegría compartida, la asociación de ideas–, y colaboró para un partido de lo más atractivo, como refleja el marcador de cinco a tres.

En la conferencia de prensa, Guardiola se animó a comparar a Lío con Michael Jordan, pero sólo los muy fanáticos del longilíneo ex monarca de la NBA le siguieron el juego. Para el resto de los mortales, la duda ofende.

 

Mourinho los enloquece

 

Mientras Messi goza y hace gozar y Pep Guardiola insiste en que la ventaja del Real Madrid es ya inalcanzable ––y quizá por eso mismo– el  Madrid se metía en un hoyo inesperado en el que encontró y salpicó fango a dios dar. Puntero cómodo de la liga diez puntos por delante del Barcelona, en cuatro días se las arregló para perder cuatro y hundirse en una espiral que sacudiría hasta sus cimientos el pequeño Madrigal, sede de un Villarreal seriamente amenazado de descenso. Toda la truculencia del caso se concentró en los últimos nueve minutos del partido del miércoles, durante los cuales Senna empató a uno por el submarino amarillo mediante un tiro libre magistral; a continuación, y ya con el banquillo merengue en ebullición, Ramos se hacía expulsar por una de sus habituales entradas de rompe y rasga y Özil lo acompañaba por aplaudir en son de mofa al árbitro Paradas Romero, cuya tarjeta roja siguió funcionando en detrimento de un alebrestado Mourinho y su auxiliar más inmediato. En ese clima terminó el encuentro, con el pasillo de acceso a vestidores convertido en polvorín por la furia blanca, los portugueses a la cabeza y Pepe diciéndole de todo al silbante, que por cierto había dejado pasar dos claros agarrones de Arbeloa que debió sancionar como penaltis en contra del visitante.

La cosa traía cola, pues el domingo anterior, ante el Málaga y en el Bernabéu, le había ocurrido al Madrid exactamente lo mismo: un solitario gol de Cristiano neutralizado al batir Cazorla a Casillas mediante lanzamiento por falta muy similar al de Senna, también hacia el final del partido. Si entonces Mourinho se contuvo, la reproducción de estos hechos a media semana fue demasiado para su muy limitado autocontrol, que terminaría sirviendo de acicate a su levantisca tropa, provocando el abominable rifirrafe de Villarreal.

Guardiola, visto el éxito de sus predicciones, sigue cultivándolas con esmero, y ya señaló que, aun sin Ramos ni Pepe, el Madrid arrasaría a la Real Sociedad, como efectivamente sucedió (5–1), con el Barça a seis unidades tras despacharse 2–0 al Mallorca.

 

Simples aguiluchos

 

Cubetazo helado, en Morelia, sobre las calenturientas testas americanistas, cuyos seguidores se declararon prematuramente conversos a la religión del Piojo Herrera, que les venía entregando interesantes resultados antes de topar con pared en la ciudad de los ates, de donde retorna a Coapa bajo el peso de un 3–1 que incluso le salió barato. Así de nítida fue la superioridad de los pupilos de Tomás Boy.

No en balde es el Morelia –con los Rayados del Monterrey– el otro equipo mexicano a la altura de una Primera División. Sus logros son fruto de un trabajo con objetivos claros, diseñado y ejecutado por un DT con sentido del espectáculo, sostenido por su directiva contra viento y marea y que a su vez ha sabido sostener, durante ya de seis torneos, a un plantel base con mínimos retoques, gracias a lo cual pudo madurar y dar de sí.

Gran secreto, éste de una maduración basada en la continuidad, que se les volvió ciencia a las atolondradas dirigencias del futbol mexicano, presa inerme de la ansiedad utilitarista de los dueños del balón y los buitres que los explotan y marean sin descanso.

 

De Pedro al Checo

 

El 14 de junio de 1970, Pedro Rodríguez (DF, 1940–Nuremberg 1971) impuso en el viejo Spa–Francorchamps una marca para el GP de Bélgica que aún persiste. Desde esa tarde, ningún mexicano había subido al podio en Fórmula 1. Lo consiguió ayer Sergio Pérez (Guadalajara, 1990), al entrar segundo en el GP de Malasia. Una carrera envuelta en chubascos y contratiempos que Checo pudo ganar, pues en las últimas vueltas su modesto Sauber le estaba comiendo terreno dramáticamente al Ferrari de Fernando Alonso, vencedor gracias a un leve despiste del tapatío a falta de seis giros. Tercero entró Lewis Hamilton (McLaren), otro de los seis campeones mundiales que habían tomado la salida, más que en ningún otro año de la competencia reina del automovilismo mundial.

La hazaña de Pérez exige una confirmación que, en condiciones normales, es difícil que se dé con un auto como el Sauber. Pero por ahora, los seguro es que Carlos Slim no se equivoco con su patrocinio, y que contamos ya con un piloto capaz de hacer honor al mote de “El Gato” con que se conocía a Pedro Rodríguez por su pericia para sortear, con ojo certero y manos sabias, las dificultades inherentes a pistas encharcadas y con pésima visibilidad.

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