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Messi, Muller y Pelé, cada quien en su sitio

Por: Horacio Reiba

2012-12-03 04:00:00

Hace unas semanas, el objetivo era Pelé y su récord de goles de 1959. Hoy, la marca que Messi se apresta a derribar la firmó Gerhard Müller en 1972: 85 anotaciones, nada menos, contando toda clase de partidos (nacionales, internacionales, amistosos: en club y en selección nacional). Y es que el sábado, en el Camp Nou, la Pulga le marcó dos al Athlétic de Bilbao, contribuyendo al contundente 5–1 impuesto por los culés al hoy marchito y contrito cuadro de Bielsa: Leones Vascos sin colmillos, melena ni cubil, ni leona que los apapache y consuele.

Es notable la importancia que actualmente se da a la cifras en todos los ámbitos del quehacer humano. Efecto, qué duda cabe, de la escalada imparable del materialismo, ese predominio avasallante de lo que se ve, se toca y puede medirse que en el mundo de la ciencia se llama positivismo y en la vida corriente consiste en contarlo todo una y otra vez –como en la fábula del avaro– para convencernos de que en verdad existe, de que en verdad existimos. De que sólo con los números en la mano es cierta la genialidad del chico que llegó de Rosario y se formó en la Masía. Lionel Andrés Messi por su nombre de pila.

No era tanta la urgencia aritmética en los apacibles tiempos de Edson Pelé y el Bombardero del Bayern. ¿Apacibles? Que le pregunten a O’Rei y sus contemporáneos, a Müller y los suyos. Que los jóvenes de hoy, tan duchos para el manejo de la tecnología informática, busquen en internet evidencias de la dureza que tuvieron que soportar ellos dos y los futbolistas de un tiempo anterior a las famosas tarjetas arbitrales, cuando la ley del ablande era consigna sagrada de todo defensor que se respetara. Aunque, eso sí, ni el represor más feroz soñaba aún con alcanzar las capacidades de acoso y derribo que ha puesto en boga el stajanovismo industrial de nuestros días.

Puestos a derribar mitos… Si los contables que salen hoy de debajo de cualquier Ipod parece ser que aciertan en lo de los 85 goles del viejo Gerd en el 72 –el año cumbre de la Selección germana, con Netzer, Müller y Beckenbauer en pleno apogeo–, sus cuentas sobre Pelé no coinciden con las mías. Mejor dicho, con las de una edición especial dedicada al mayor mito en la historia del futbol mundial por la revista Placar (No. 1149, Sao Paulo, marzo de 1999) que ha llegado a mis manos y refiere lo siguiente: 1958: 89 goles de Pelé en 68 partidos; 1959: 127 en 103 juegos; 1961: 111 en 75. Con la ventaja de que aparecen ahí las fechas de cada tanto, junto con el adversario y el marcador final del encuentro. Se trata, como quien dice, de un desmentido categórico de las cuentas alegres que hace ya varias semanas daban por sentado el rebase numérico de Pelé por el sin duda extraordinario, fenomenal delantero del Barça.

Por cierto que, hablando de los mensajes que inundaron las redes sociales a propósito del falso rebase de Pelé por Messi, no todos los estómagos más o menos sanos pasarían la prueba de la impune estulticia de quienes viven pegados al twitter y los blogs, donde pudieron leerse estulticias tales como que en tiempos de Pelé no existía la ley del fuera de juego, o que la mayoría de sus goles eran por penales inventados, o que el Santos jugaba puros partidos contra equipos amateurs…

En fin, que la grandeza de Messi –que por supuesto tiene también sus malquerientes, generalmente partidarios del Madrid que lo tachan de enano teatrero y consentido de los árbitros–, es una realidad venturosa, por encima de cifras amañadas y exabruptos teñidos de ignorancia, mala fe o simple compulsión a perder el tiempo con tabletas informáticas cuya gracia consiste en reducir las dimensiones del ancho mundo a las de la superficie de una pantallita.

Copa Confederaciones. Precedida por el anuncio de la destitución del tal Manu Meneses –ya se habían tardado– y su reemplazo por Luiz Felipe Scolari como DT de la destanteada selección de Brasil, se efectuó en Río el sorteo de la Copa Confederaciones, versión 2013. México va a participar en su calidad de campeón de la Concacaf, y quiso la suerte que cayéramos en el grupo que encabeza Brasil, con Japón –el representante asiático– e Italia –actual subcampeón de Europa–. Buen grupo, a fe. Y excelente ocasión para comprobar si el arrasamiento premundialista por parte de los chicos del Chepo de la Torre es un espejismo más en nuestro camino o realmente corresponde a una superación neta del futbol mexicano.

De acuerdo con el sorteo, el Tri se estrenará contra Italia el 16 de junio en Maracaná, contenderá con Brasil el 19 en Fortaleza, y cerrará enfrentándose a Japón el domingo 22 en el estadio Mineirao de Belo Horizonte.

El otro grupo está como mandado a hacer para el actual campeón del mundo, dada la escasa resistencia que, a priori, podrán oponerle a España el hoy alicaído campeón de América Uruguay; Tahití, muy conocido y celebrado en Oceanía, donde acaba de coronarse, y el futuro ganador de la Copa África, cuyo nombre se conocerá por ahí de finales de enero. Lo que se perfila es, pues, una final entre rojos y verdeamarillos, con serias posibilidades de reedición del maracanazo.   

El joven Schumi. Sobre el tricampeonato de Sebastian Vettel sobrevolaron durante la semana nubes bajas, cargadas de dudas y desconcierto. Pues resulta que una filmación un tanto furtiva, subida You Tube por redistas sociales, muestra un momento del GP de Brasil en que el Red Bull del teutón rebasar al Toro Rosso de JeanEric Vergne con banderas amarillas a la vista, cosa que el reglamento prohíbe. Y que, de haber sido advertida a tiempo, hubiera supuesto para el campeón una penalización de 20 segundos, suficientes para enviarlo al noveno lugar y consagrar a Fernando Alonso campeón del mundo.

Pendientes estuvieron los medios internacionales de las secuelas del asunto, resultaba que para que la FIA abriera juicio sobre el asunto –ya fuese o no válida la aparente revelación– debía existir una denuncia formal de Ferrari, en este caso el mayor perjudicado por la omisión. Y Ferrari decidió no mover el tema, limitándose a solicitar una aclaración sobre el mismo, inmediatamente contestada por los jerarcas de la F–1 aduciendo que la infracción nunca se produjo y por tanto “no había caso”, en palabras de Bernie Eclesstone, que para eso de custodiar intereses gordos y ponerles sordina a irregularidades incómodas hace décadas que se pinta solo. 

Lo que no quita que pese ya sobre el Niño Maravilla la sospecha de que lo liga con su paisano Schumacher no sólo el exuberante talento profesional, sino también rasgos menos geniales.

Finales autóctonas. Pendiente la revancha toluqueña del 2–1 del jueves en Tijuana, queda en pie como noticia el triunfo de La Piedad en la final de Primera A, igual de ensuciado por el arbitraje que la victoria de los Xoloscuintles fronterizos sobre los Diablos Rojos en el estadio caliente. Lo que confirma que no nada más la calidad del juego anda por los suelos en este sufrido país, sino que los arbitrajes –lo mismo da electorales que futbolísticos– continúan contribuyendo a la siembra de dudas y sospechas con creciente fervor y entusiasmo.

Lo de la calidad del juego es tan evidente como esto: simplemente no cabe comparación entre el Toluca de Cardozo, Cristante, Estay y Da Silva con el actual, cuya única figura, que habría sido Sinha, ya no está para cosas serias. Incluso Enrique Meza parece haber perdido el brillo de entonces –finales de los 90, que alumbraron, al cobijo de la Bombonera, al único campeón realmente memorable que a partir de 1996 ha arrojado una treintena larga de minitorneos.

Y hablando de viejas glorias, puede ser que el esguince de rodilla sufrido por Cuauhtémoc Blanco la noche del sábado en La Piedad suponga el adiós definitivo del último mito en activo del balompié nacional, habida cuenta que el Chicharito debe sus glorias, todavía incipientes, a su periplo internacional con la camiseta del Manchester United. 

A Cuauhtémoc, que acaso no habría desmerecido si emigra a Europa a tiempo, los manejos internos del América le impidieron hacerlo en su mejor momento. Y cuando dio el paso, fue para cumplir con una breve campaña sin reflectores, enfundado en los colores del modesto Valladolid.

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