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Londres 2012: noticias del imperio o McCartney sin Lennon

Por: Horacio Reiba

2012-07-30 04:00:00

Llegó la fecha más esperada del año. ¿Esperada por quienes, aparte de las televisoras y los patrocinadores? Por más de 9 mil atletas de las 100 disciplinas olímpicas, por supuesto. Y una suma incalculable de telespectadores, entre afición ansiosa y simples curiosos. En cuanto a los habitantes de Londres, mejor no preguntar: las redes sociales llevaban meses acumulando sus protestas e inconformidades, proporcionales al enorme gasto suntuario y las desviaciones y prohibiciones urbanas, al grado que los taxistas dieron su bienvenida a los visitantes –nunca tantos como el optimismo organizativo siempre calcula– con una huelga que paralizó la ciudad, a cuenta de su expulsión del perímetro olímpico por razones que, según las autoridades, oscilan entre la logística del evento y la ecología. Total, una buena aproximación al caos. 

Mal haríamos, sin embargo, en desperdiciar la suntuosa inauguración –realmente memorable– para estacionarnos en la queja. Si bien los Juegos tienen una cara comercial innegable, no es menos cierto que algo en ellos responde a cierto ideal humanista que conviene rescatar. Sobre todo en tiempos de penurias social, económica y ética más que agudas.

 

Luz, color y música

 

Del impresionante montaje inaugural –menos caro, según dicen, que el de Pekín–, hay que destacar el manejo de la luz y el color que alumbraron la noche londinense. Y del espléndido marco musical. Con toques de un humor muy inglés. Epicentro del suceso fue el pletórico estadio olímpico, en cuyo campo fue desgranándose apretada y colorida síntesis no ya de la historia británica, vista desde sus avatares pre y post industriales, sino de todo lo que la corona y sus súbditos han aportado al progreso de la humanidad, al menos desde su muy particular punto de vista. Sólo hizo falta que una reina Victoria postiza acompañara el salto al vacío de la doble de Isabel II –casi empujada por James Bond– para acabarnos de convencer de los alcances de tan magna obra. Quizá porque un mediano compromiso con el rigor histórico la hubiera puesto en entredicho, la organización decidió echar mano de nutridos contingentes infantiles, de desempeño por lo demás impecable.

 

Genio e ingenio,

Ciencia y tecnología

 

Un acierto innegable de quienes, bajo la dirección del cineasta Danny Boyle, diseñaron el espectáculo, fue el empleo sutil –es decir, no muy evidente– de las ventajas tecnológicas de la época. Lo mismo presente en la fundición simulada de uno de los aros olímpicos –enseguida entrelazados e izados sobre el estadio–, en mitad de una campiña prestamente transformada en acería por la revolución industrial; en los invisibles impulsores de las camas simuladas del Gosh –el sistema hospitalario gratuito para niños– que se deslizaban hacia arriba y hacia abajo con su carga de pequeños pacientes, amenazados por potencias fantasmales –brujas y otros espantos, secundados por villanos tan abominables como Cruella de Vil, el capitán Garfio o la reina de Corazones– diligentemente disipadas por amables enfermeras y enfermeros; y por supuesto en el encendido, por seis jóvenes atletas, de una flama olímpica de proporciones gigantescas, suma de 204 pequeñas llamaradas que representaban a los 204 países competidores, las cuales, una vez prendidas, fueron ascendiendo desde el piso hasta hacerse una sola sobre el centro geométrico de la cancha, desde donde se presume presidirán las justas que durante las próximas tres semanas habrán de sucederse.

 

Coros y coreografías

 

Bajo la premisa de rendir tributo a la cotidianidad, en vez de recurrir a grupos profesionales, la organización echó mano de coros infantiles ––tributarios de la justa fama británica en el terreno de la educación musical– y voluntarios perfectamente entrenados para la realización de coreografías originales y vistosas, pero esencialmente simples; bailarines que, en las escenificaciones del hospital, por ejemplo, procedían del propio personal del Gosh.

Y ni qué decir de las bandadas de enigmáticas palomas blancas que, bajo los principios del teatro negro de Praga, surcaron la pista justo antes de que Paul McCartney cerrara musicalmente el evento: eran ciclistas invisibilizados por la penumbra ambiental, llevando a cuestas un disfraz fluorescente que reproducía las alas y el cuerpo del ave que simboliza la concordia universal.

 

Celebridades

 

El actor y director Kenneth Branagh, famoso por sus adaptaciones shakespeareanas, recitó magistralmente unos parlamentos de La Tempestad, aunque lo hiciera caracterizado como padre de la Revolución Industrial, superposición harto discutible. Rowan Atkinson –el genial Mr. Beens– tuvo una intervención, tan corta como brillante, en el papel de ejecutante apurado de una sola tecla para la Sinfónica de Londres. La reina, escoltada desde Buckinham por Bond, se lanzó fingidamente en paracaídas. Se recreó teatralmente el nacimiento, en la Inglaterra victoriana, de la mayor parte de los deportes modernos. Y también la transición del campo a la fábrica de los jornaleros agrícolas devenidos obreros industriales, así como una narración breve, escenificada a través del Londres actual, de una hija de familia mestiza que va a divertirse al antro y pierde su celular en el metro, pero consigue recobrarlo gracias al chico de color que lo encontró tirado y la busca afanosamente utilizando las redes sociales –¿otra aportación británica al progreso? Eso es discutible–; claro está que, al producirse el encuentro entre ambos y el correspondiente flechazo, serán pareja de baile y probablemente algo más. 

Aunque el acto –incluido el desfile de delegaciones– duró más de cuatro horas, éstas volaron ligeras en el ánimo de asistentes y telespectadores, sumado al devenir histórico y al variado y permanente fondo musical un juego de luces, sombras y fuegos de artificio: afortunada y muy disfrutable combinación de tecnología de punta, solera y cotidianidad.

Y la música, de

principio a fin

 

En un ceremonial donde todo evocaba a la cultura británica y sus logros a través del tiempo, la música se deslizó a sus anchas, lo mismo en su vertiente más tradicional (predominantemente coral) que  contemporánea (rock: Queen, Sex Pistols, Artic Monkies; acústica: Mike Oldfield; pop: McCartney, con Hey Jude y Al final de Abbey Road).

Eso sí, si John Lennon viviera, es seguro que habría puesto serios reparos a la edulcorada visión de su país, reflejada en el relato global compuesto para esta inauguración olímpica.

 

A tiro de flecha

 

A eso estuvo México, el sábado, de colgarse una inesperada primera medalla. Fue en tiro de arco por equipos, sólo que los nuestros, menos fuertes mentalmente, perdieron sendas ventajas iniciales lo mismo en la semifinal –apretadamente ganada por Italia (217–215)– que en la batalla por el bronce, donde Corea del Sur, con Donh Hyun Im, el mejor del mundo, nos venció tras las cuatro rondas de rigor por 224–219. Factor de la doble derrota fue el desempeño a menos del experimentado Juan René Serrano, que empezó con dieces y en ambos duelos fue decayendo, al contrario de Eduardo Vélez, que apretó hacia el final, aunque no lo suficiente; el sostén del equipo azteca sin duda lo fue el tijuanense LuIs “Abuelo” Álvarez por acierto, frialdad y constancia. Pero él no podía hacerlo todo.

Por desdicha, el buen desempeño de nuestros arqueros no pudo ser secundado ayer por las chicas, que estaban mucho mejor consideradas en los pronósticos. Pesó de nuevo esa ancestral inmadurez psicológica, que no encontró mejor excusa para el fracaso en cuartos de final, ante Japón, que la tupida lluvia que bañaba Londres y que, según algún telelocutor, les aguó el ánimo y la puntería a las mexicanas Mariana Avitia, Aída Román y Alejandra Valencia. 

Irónicamente, en varones el oro fue para Italia, que se impuso a EU y a punto había estado de perder la semifinal con México, dramáticamente vencido por un mísero par de puntos.

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