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Lapuente y el Puebla

Por: Horacio Reiba

2012-12-10 04:00:00

Manuel Lapuente llegó por primera vez a esta ciudad una fría mañana de enero de 1971 en calidad de libre, presto a incorporarse al recién ascendido equipo de la franja, que buscaba reforzar con toda urgencia su plantel de Segunda División. Tanto él como Rafael Borja procedían del Necaxa, y si no me equivoco, Manolo llevaba ya varios meses separado del futbol y dedicado a la venta de seguros, luego de un par de temporadas con muy pocos partidos y ningún gol en su haber, siendo que su fulgurante ascenso de 1966–67 se debió precisamente a lo certero de sus estocadas (quedó subcampeón goleador, con uno menos que el toluqueño Amaury Epaminondas: 20 vs. 21).

Sus inicios en el Cuauhtémoc no fueron muy prometedores: alineaba poco y ese año sólo marcó un gol. Mejor estuvo en el ejercicio siguiente, con siete tantos en la Liga y uno más en Copa. Pero en la campaña de 1972–73 asistiríamos al surgimiento de un nuevo Lapuente, colocado por Nacho Trelles, que acababa de asumir la dirección técnica, como patrón de la media cancha, lo que lo transformó en un jugador eminentemente técnico y cerebral: lejos de las prisas y apremios del área hacía alarde de pasmosa serenidad pasmosa, visión periférica del campo y gran facilidad para elegir la acción más adecuada, que podía ser un pase letal o un arribo por sorpresa para ocuparse personalmente del lance definitivo, como cuando le clavó tres goles al América –soberbios los tres– en aquel memorable choque que los federativos anularon para darle en la cabeza a Trelles, con Arturo Yamasaki y su arbitraje por encargo como instrumento de represión. Pero aún privado de ese terceto por decreto oficial, Lapuente se metió en el corazón del hincha. Y el impulso lo llevó hasta la Selección Nacional, siendo de los pocos que se salvaron de la quema en el triste episodio de Puerto Príncipe que dejó al Tri fuera del mundial Alemania 74.

Mucho irritó en Puebla su posterior venta al Atlas, su último equipo de club (1974–76).

 

Campeón en 1982–83. Esa temporada, luego de varios años en que el Puebla apuntaba como equipo importante sin llegar a mayores, Lapuente recibió su primera oportunidad como director técnico. Contrastaba la relativa baratura del plantel con el magnífico elenco de jugadores que lo formaban. A pura lógica, el debutante consiguió integrarlos como un todo sólido y elástico, que se defendía con orden y atacaba de variada y vistosa manera. En la liguilla, ese cuadro barrió en fila con la representación tapatía integrada por Tecos (0–1 y 5–1), U de G (0–1 y 4–2) y Guadalajara (1–2 y 1–0), en la muy recordada final que decidió desde los 11 pasos Luis Enrique Fernández.

El siguiente torneo, con un plantel mediano en calidad y conjunción –los inevitables “refuerzos” fueron todo un fiasco–, el Puebla ni siquiera calificaría y Lapuente tuvo que emigrar, dejando un saldo, para los de 82 partidos oficiales de esa etapa, de 30 ganados, 25 empatados y 27 perdidos.

 

Campeonísimo en 1989–90. Luego de transitar con fortuna varia por los banquillos de Tigres, Atlante, Cruz Azul e inclusive Ángeles de Puebla (1986–87: 9 jg, 7 je, 9 jp), Manuel retornó al equipo de sus amores –así lo llamó entonces–, lejos aún sus devaneos del brazo del América, odiado rival de Manuel y de la franja en los años 70. Disponía de un plantel de campanillas, superlíder de la temporada anterior bajo el mando del chileno Pedro García, cuya batuta se derritió dramáticamente en la liguilla. No sucedería igual con Lapuente. Primero ganó la Copa México (0–2 y 4–1 sobre Tigres), y enseguida el segundo título de Liga en la historia del Puebla. Había calificado tercero, detrás de América y Pumas, por culpa de una irregular segunda vuelta, y estuvo en un tris de caer en cuartos de final ante Correcaminos (1–3 y 3–1, pasando por su mejor puntaje en la campaña regular); pero a partir de ahí, superioridad abrumadora: contra Pumas, en semifinales, partidazo en el Cuauhtémoc (¡4–4!) y triunfo a domicilio en CU (4–2), y como cereza en el pastel la doble victoria en la final contra U de G (2–1 allá y 4–3 aquí). Todo el plantel, Lapuente y la gente estábamos exultantes aquella noche del 26 de mayo de 1990.

Una temporada más estuvo Manolo al frente del equipo, misma que concluyó en semifinales de la liguilla 91–92, al caer el Puebla dos veces ante los Pumas (0–2 y 1–0), eliminación que marcó el desmantelamiento de un gran equipo: Chepo pasó al Cruz Azul, Marcelino Bernal al Toluca y el Chícharo padre al Atlas, mientras el cañonero Aravena y Guillermo Cosío optaban por el retiro, como el emblemático Mango Orozco el año anterior. El Mango, junto con su tocayo Álvarez, son los dos únicos que aparecen en ambas formaciones campeonas.

Los números de Lapuente en esa segunda etapa suya al mando de la franja quedaron en 42–30–30. Para un total, en 184 partidos oficiales con el Puebla, de 72 ganados, 55 empatados y 57 perdidos.

 

Dos alineaciones históricas. No está de más recordar los dos cuadros base que hicieron al Puebla campeón de liga, ambas bajo el mando de Lapuente. El de 1989–90 fue campeonísimo.

1982–83: Pedro Soto; Arturo Álvarez, Nelson Sanhueza, Luís Enrique Fernández, Arturo Orozco; Antonio de la Torre, Raúl Arias, Muricy Ramalho; Ángel Ramos (René Paul Moreno), Ítalo Estupiñán y José Luís Ceballos. Otros miembros de la plantilla fueron Moi Camacho, Héctor Rosete, Francisco Thompson, Juan Alvarado, Gustavo Beltrán, Eusebio Martínez, Carlos Sánchez de Ita y Silvio Fogel. Como digo, un plantel modesto, pero integrado por gente valiosa y comprometida.

1989–90: Pablo Larios (Ricardo Martínez); Arturo Álvarez, Roberto Ruiz Esparza, Edgardo Fuentes (Gerardo González), Arturo Orozco; Marcelino Bernal, José Manuel de la Torre (Ángel Torres), Jorge Aravena; Javier Hernández (Alberto Morales), Carlos Poblete (Sergio Almaguer) y Edivaldo Martins (Arturo Cañas). Una escuadra llena de pesos completos, la más cara de la Primera División en su momento, al grado que a media temporada hubo que dar de baja al internacional paraguayo Julio César Romero, pues su rendimiento no estaba acorde con sus crecidos emolumentos.

 

El retorno del hijo pródigo. Como en el Puebla, Lapuente sería bicampeón y campeonísimo con el Necaxa (1993–94 y 95–96) antes de convertirse en líder de la aplaudida Selección que fue a Francia 98. Luego probaría fortuna con Atlante, América, Tigres y otra vez América, sin que el talante crecientemente conservador de sus planteamientos le permitiera volver a volar alto, pese a lo cual se le atribuye el último título logrado por las Águilas (Clausura 2006), al alimón con Mario Carrillo.

Como es sabido, la oficina del caótico Puebla de la franja –luego de romper pláticas con el Chelís, al comprobar éste que el equipo seguía dependiendo indirecta pero inequívocamente de Ricardo Henaine– ha hecho pública la contratación Manuel Lapuente como DT. Visto lo que hay detrás, habrá que desearle muchísima suerte.

 

¡Arriba el norte! De la anodina liguilla que acaba de finalizar debe rescatarse la gesta de los Xolos de Antonio Mohamed, que supieron exprimir a fondo las carencias ajenas para coronarse. Con ello han confirmado la supremacía en Primera División de equipos del norte del país, pues no sólo heredaron del Santos el cetro del Clausura 2012, sino mantienen en estados fronterizos los que anteriormente ostentaron Tigres (Apertura 2011) y Monterrey (Clausura 2011, Apertura 2010 y Apertura 2009).

La hegemonía de las escuadras norteñas –los dos clubes regiomontanos, el Santos de Torreón y el flamante campeón tijuanense– es por ahora indiscutible. Tanto como los reiterados fracasos de los equipos de la capital, el centro y el occidente del país, simbolizados de maravilla por la frustrada aventura holandesa de Jorge Vergara quien, tras el ridículo que supuso su estrepitoso portazo a Cruyff, ha cerrado las puertas a cualquier refuerzo que amenace la estabilidad a la baja de su nómina de jornaleros del balón, una de las más castigadas de México.

Aunque no más que la del Puebla, claro está.

 

Alegrías sabatinas. Si Juan Manuel Márquez, en Las Vegas, le aplicó al filipino Manny Pacquiao el nocáut más aparatoso de su carrera –un final, en el sexto episodio, a tono con el zafarrancho de callejón barriobajero que fue ese combate–, Monterrey se estrenó en el mundialito de clubes apaleando sin piedad a un equipo sudcoreano llamado Ulsan, partido en el que Jesús Corona abrió temprano el marcador (9’), y hasta el Chelito Delgado se acordó de anotar –lo hizo dos veces: 77’ y 84’–, alargando a 3–0 la ventaja de Rayados, que ya muy al final, por cortesía de confianza de Jonathan Orozco, concedieron un único gol al campeón asiático.

Ojalá que los de Vucetich hayan reservado alguna sorpresa para el Chelsea, su próximo adversario en la estrafalaria justa inventada por la avidez de la FIFA para darse a sí misma y a sus voluminosas arcas el aguinaldo correspondiente.

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