Logo de La Jornada de Oriente
Cargando...

El Puebla a salvo... por ahora

Por: Horacio Reiba

2013-04-29 04:00:00

Pues ya lo ven, el derby PueblaLobos tendrá que esperar. Entre que el Licantropo se derrumbó en cuartos de final de la liguilla de Primera A, y la franja rescató ayer el puntito que le hacía falta para asegurar la permanencia, el momento en que los dos equipos de esta capital se traten como iguales no va a ocurrir en el futuro cercano.

La verdad es que los dos encuentros del fin de semana, el de CU y el del Cuauhtémoc sirvieron para ilustrar tanto las escasas posibilidades de Lobos para pelear seriamente el ascenso como las razones por las que el Puebla nos ha hecho pasar sobresaltos sin cuento. Ninguno de los dos asumió actitud de equipo local, dedicados los universitarios a la milonga y encerrado el Puebla en su propio gallinero, mientras el Atlas –que, recordemos, empezó el torneo con el peor cociente de la liga– aportaba el único juego ofensivo que tuvo la dominical contienda.

Así, mansamente resignados los de la BUAP y celebrando como un histórico logro su precario empate los camoteros se cerró un fin de semana agridulce, que tendría que ponernos a cavilar sobre lo que han hecho con una de las mejores plazas futboleras del país las sucesivas y nefastas directivas que por aquí han desfilado. 

 

¿Continuidad?

El regreso de Manolo Lapuente, saludado con júbilo por los memoriosos de lejanas gestas, no ha sido, finalmente, para echar al vuelo ningún tipo de campanas. Se dice, sin embargo, que la renovación de su contrato es un hecho. Por otra parte, esta columna apuntó siempre la necesidad de continuidad, tanto de proyectos (¿qué es eso?) como de planteles y cuerpo técnico, justo lo que ha pulverizado sin piedad el peculiar sistema de los minitorneos.

Creo, no obstante, que antes de aceptar la renovación, Lapuente debe meditar a solas. Acostumbrado a dirigir equipos campeonables y por tanto a lidiar con egos inflamados, tendría que decidir si se siente con ánimos de volverse un líder capaz de hacer una piña con jugadores medianos e insuflarles el fervor y la fuerza anímica necesarias para dejar atrás las angustias del descenso, que sin duda seguirán acechando. Ese carisma que trajo a la franja el Chelís, y que fue lo que momentáneamente sacó al equipo de la órbita macabra y nos puso a todos a soñar con cosas grandes, a partir de plantillas modestísimas.

Si Manolo se responde a sí mismo que sí, que acepta ese reto, tan distinto de todo lo que vivió anteriormente en los banquillos, entonces no habrá problema. Difícilmente volverá a hacer al Puebla campeón del futbol mexicano, pero por supuesto que cuenta con capacidad y recursos  de sobra para evitar que la zozobra de estas últimas semanas se repita el año que viene.   

 

Secuelas de la debacle

 

Además de atónitos, los españoles –futbolistas, comentaristas, entrenadores y sabios de banqueta– no acaban de explicarse las razones del rotundo 8–1 que la flor y nata de la bundesliga les aplicó a lo que ellos consideraban, sin discusión, los dos mejores equipos del mundo (representantes, por descontado, del mejor futbol del orbe). Pero las razones existen y no son tan enigmáticas como por allá se plantean.

 

Superiores en actitud

 

Eso no se discute: Bayern y Borussia estuvieron infinitamente más comprometidos con el partido que sus adversarios ibéricos. Desde el minuto uno. Hasta el silbatazo final. Y todos a una, no cada quien por su cuenta. Se notaba en esa hambre para llegar al balón, en el enjambre de hombres que surgían en apoyo del que lo conquistaba, en la decisión de buscar más y más goles en vez de limitarse a conservar la ventaja lograda. Y esto: superioridad mental, disposición al triunfo, fe ciega en la validez de sus argumentos y congruencia activa en pos de la victoria son y han sido siempre los rasgos más destacados del futbol alemán.

Quien no lo supiera, esta semana tuvo dos inmejorables oportunidades para enterarse.

 

Superiores en físico

 

Se quejaba Xavi Hernández de que en los córners (así cayeron los dos primeros goles en Münich), el Barcelona no tenía manera de defenderse. Haberlo pensado antes. Porque en el duelo estrictamente físico, los alemanes están en su elemento, y doblegarlos en ese terreno es casi un imposible.

A mayor abundamiento, los futbolistas del Real Madrid, acostumbrados a intimidar físicamente al rival –Ramos, Pepe, el mismo Cristiano–, resultaron pan comido para los teutones cuando de imponer velocidad o corpulencia o pierna fuerte se trataba. Más parecían endebles juveniles entrenando a sus mayores que piezas fundamentales del club más caro del mundo.

Y en el caso del Barcelona, ni hablar: hace mucho decidieron que lo suyo sería buscar imponer a sus adversarios la fuerza de su futbol, no la de su exigua talla y musculatura. Y resulta que tampoco.

 

Superiores en planteamiento

 

Si uno vuelve la vista al banquillo, encuentra que a la certeza de los planteamientos de Jupp Heinckes y Jurgen Klopp, Vilanova y Mourinho ofrecieron la  parálisis mental y el mutismo más absoluto por respuesta. Como si no llevaran reemplazantes ni ningún plan B en la maleta. Si equivocada fue la alineación de un Messi quebrado física y mentalmente –se marcaba solo, la ferocidad canina de Schweinsteiger fue puramente escenográfica–, peor decisión fue sostenerlo durante 90 minutos de suplicio. En realidad, el imperturbable Tito Vilanova no movió pieza mientras a unos metros el desastre crecía. Y su único cambio –la entrada de Villa a los 83– tuvo más de burla a sí mismo y al jugador.

Pero Mou no estuvo menos errátil. También desde la alineación, con Ramos a la derecha –nunca encontró su ubicación y el Borussia circuló a placer por esa zona– y una dupla de centrales que la lentitud y baja forma de Pepe condenó al fracaso. Pero además, el portugués relegó al zurdo Özil  a la banda derecha –desde ahí empezó a fraguarse el calvario merengue– delegando las responsabilidades organizativas en Modric, a quien le vino grande una encomienda que el turcoalemán habría cumplido con toda naturalidad. Este yerro estratégico tan evidente, más la permanente presión de los hombres del fondo alemán sobre Higuaín y Cristiano, terminó por ahogar cualquier posibilidad real de la ofensiva madridista (el único gol blanco fue más bien un regalo de Hummels).

Nada que oponer a la astucia de Klopp, que repitió la faena de la ronda clasificatoria aislando a Xabi Alonso para que el manejo de la salida del Madrid recayera en Pepe, cuya torpeza con el balón al pie es notoria. Lo volvió a plantear así y Mourinho siguió sin enterarse. 

 

Superiores en futbol

 

A todas las razones señaladas añada usted que los hispanos, henchidos de narcisismo, tampoco parecieron enterarse de que enfrente tendrían hombres de indiscutible talento futbolístico, perfectamente capaces de competir con sus estrellas e incluso de eclipsarlas, como a la hora buena sucedió. Al silencio de Messi, Cristiano y demás ases del Barça y el Madrid, el Bayern opuso la consistencia y calidad de Lahm, Alaba, Javi Martínez (gran partido del vasco), Robben, Müller, Ribery y Mario Gómez, cuyo exuberante rendimiento hizo contraste con la flagrante inhibición madridista.

Y qué decir del Borussia, desde su segurísimo aunque poco exigido arquero hasta un Lewandowski que se encaramó sin más al carro de la historia con sus cuatro dianas en el portal de Diego López –sin discusión el único merengue que se salvó de la quema, librando a su equipo de por lo menos otras tres caídas–, pero pasando además por Schmetzer, Reus, Blaszczikowski, Götze (en menor medida, pues algo acusó el golpe mediático de la víspera sobre su traspaso al Bayern) y, sobre todo, un gran Ilkay Gündogan, que se comió la cancha y brindó una cátedra memorable de ubicación, maestría y entrega, compendio de certeza estratégica y técnica depurada.

Es decir, que España entera se sentía ya en Wembley, luego de eliminar sin muchos problemas a unos troncos germanos. “Hombre por hombre somos mejores”, se repetía en los ambientes hispanos antes de los partidos de Münich y Dortmund, y resulta que Bayern y Borussia estaban cuajados de futbolistas que, sin cobrar ni la mitad de sus pares catalanes y madridistas, les pasaron por encima, uniendo a su consabida superioridad atlética y mental argumentos de calidad futbolística no menos incuestionables.

Queden, como muestra, los cuatro goles del polaco Robert Lewandowski, que nadie había hecho en un partido de semifinales de la Champions ni de su antecesora, la Copa de Campeones.

 

Los arbitrajes

 

Mucho mejor el del holandés Kuipers (Borussia–Madrid) que el del húngaro Kassai (Bayern–Barça). Al primero si acaso reprocharle la falta de Varane sobre Reus –para muchos era penal– segundos antes del gol de Cristiano. Impecable en lo demás, incluida la jugada del segundo tanto de Lewandowski, que está en posición legal –lo habilita Pepe–, y también en el penal, clarísimo, de Alonso al cargar sobre la espalda de Reus para que el polaco completara su cuarteta.

En cambio, los gruesos errores de Kassai pudieron alterar sustancialmente el resultado del Bayer–Barcelona. O no, pues si dos de las anotaciones bávaras no debieron subir al marcador –fuera de juego de Gómez en el segundo gol y evidente faul de Müller sobre Jordi Alba manchando la gran maniobra de Robben en el tercero–, tales yerros los compensó el desatinado juez al ignorar  sendos penales por manos clarísimas dentro de su área de Piqué y Alexis en el primer tiempo.

 

¿Revancha o confirmación?

 

Muy honda huella dejó la paliza en los catalanes, que recibirán al Bayern el miércoles en el Camp Nou con ánimo abatido y Messi muy a medias. Pero el madridismo sí ve posible la remontada y está todo preparado para que el Bernabeu sea mañana un infierno, o algo peor, para su prusiano visitante. Que no por eso deja de tener de rodillas y al borde de la eliminación al orgulloso escuadrón merengue.

Share
La Jornada
Nacional Michoacan
Aguascalientes Guerrero
San Luis Veracruz
Jalisco Morelos
Zacatecas  
Tematicas
Defraudados Izquierda
AMLO Precandidatos 2012
Servicios Generales
Publicidad
Contacto
© Derechos Reservados, 2013. Sierra Nevada Comunicaciones S.A. de C.V.