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El futbol enloquece

Por: Horacio Reiba

2013-04-15 04:00:00

Se ha vuelto un fenómeno de tal magnitud que los eruditos –y también los no tanto– se siguen preguntando qué tiene el futbol que dondequiera que va suscita terremotos emocionales fuera de toda proporción. Las versiones abundan, la explicación sigue siendo un enigma. Los hay que han invocado la simplicidad de sus reglas –que avala canónicamente la condición de lo clásico–, la figura del árbitro como pararrayos de todas las iras, el “truco” del ascenso–descenso –desconocido en otros deportes–, la irrefrenable pasión local que desatan los derbis… Y la gloriosa incertidumbre, claro. Pero nada de eso explica por sí solo la capacidad crecientemente enloquecedora de un hecho en apariencia inocuo al que la globalización –vía satélite– ha potenciado y universalizado como a ningún otro.

La semana que se cerró ayer ofrece un rico muestrario de incongruencias que, si no resuelven el misterio, al menos lo reafirman como tal, contribuyendo a que la vorágine siga y la futbolmanía se mantenga y nos mantenga en vilo. Ciertamente, el futbol enloquece. Como ente con vida propia, pero sin ley que lo gobierne. Y como casa de orates donde todos andamos más juntos y revueltos cada día. 

 

Amor al ridículo

 

Cruz Azul, que como multicampeón captaba hace 30 años legiones de partidarios entre prófugos decepcionados del Guadalajara y enemigos acérrimos del América, lleva más o menos ese tiempo dándoles calabazas a sus seguidores, como si los problemas internos –con claros signos de cainismo y corrupción en los últimos tiempos– contribuyeran a torcer el destino de la llamada máquina azul, que ya ni a maquila tercermundista llega.

Los medios, a falta de material para la crítica seria, se habían dedicado a contarle los años que llevaba sin obtener un título –el último databa del segundo minitorneo de 1997, agua pasada, siglo anterior, una generación de por medio. Y por fin, el miércoles, encontraron ocasión de celebrar la obtención de la Copa MX, esa competencia entre incompetentes que el año anterior se había llevado Dorados de Sinaloa sin suscitar mayor alboroto fuera de Culiacán. El otro finalista, Atlante, es con todo merecimiento colero absoluto de una liga que tampoco es liga, como sí lo eran las cinco que ganó la célebre máquina azul de los 70, con Cárdenas primero y Trelles empuñando con firmeza su timón. Y los Marín, Quintano, Guzmán, Bustos y Horacio en la cancha.

 

Duelo de mataduras

 

Sobre un torneo caricaturizado de antemano –dónde se ha visto que de las eliminatorias a la final se disputen a partido único en casa de uno de los contendientes–, un cierre sin goles y una tanda de lanzamientos de desempate en la que el local apenas es capaz de meter un balón entre los tres palos. Como noticia, no daría para más de cuatro líneas, oscilantes entre la pena y la flojera. Pues no, señor. A convertir esa pantomima en la gran narrativa de la semana, la victoria tantos años esperada, el “de aquí en más” pronunciado por el cruzazulismo oficial, sacando pecho y gritando fuerte. Puro humo mediático. Pura farsa.

Como para acreditar, una vez más, que el futbol no se rige por categorías medianamente lógicas, sino por espasmos ajenos a la cordura más elemental.

 

El duelo

hispano–germano

 

Se esperaba y sucedió: en semifinales de la Champions van Real Madrid–Borussia Dortmund y Barcelona–Bayern. Lo bueno fue el preámbulo. Con la importancia de Messi–Cristiano a pleno, el Bayern Munich en plan trepidante… y en mitad del foro, el arbitraje.

 

Burla sangrienta

en Dortmund

 

César Luis Menotti cobra fama a partir de su conducción, en 1973, de un Huracán magno y atípico. Equipo pequeño donde los haya –con más años en Segunda que en Primera División—, aquel globo era una caravana de tipos desechados de otros clubes a la que El Flaco  –primerizo en el cargo—convirtió en un equipo de fantasía. La semana antes de arrancar el Metropolitano de ese año nadie creía en ellos. Para la quinta fecha del Metropolitano, disputaba con el River y el San Lorenzo de los años cuarenta en la memoria histórica de los aficionados de pro. Brindisi, Babington y un pibe del barrio de Caballito apellidado Houseman eran tapa segura de El Gráfico y fascinación de hinchas de todos los colores.

Un milagro semejante ha conseguido con el Málaga Manuel Pellegrini. Sobreponiéndose a la quiebra del propietario –un exótico jeque qatarí–, a la consecuente venta de sus mejores hombres y hasta al inusual veto para participar el año entrante en Europa mandado por la dictatorial UEFA, el ingeniero Pellegrini hizo de tripas corazón y puso sobre la grama alemana a más de media docena de treintañeros bastante pasaditos –desde el arquero Willy Caballero, que venía de Segunda, hasta el gitano Joaquín, sensación en el Betis hace tres lustros, pasando por las canas del portugués Duda –que puso cátedra a media cancha–, el francés Toulalan, el brasileño Julio Baptista –la famosa Bestia, a quien suponíamos ha mucho retirado– y el argentino Demichelis, que emigró del River a Europa hace 12 años y lleva al menos la mitad rodando de club en club. Enfrente, un escuadrón germano con mucho futbol y sobrado de musculatura.

A ese Borussia, favorito unánime, opusieron los andaluces de Pellegrini e Isco –la única joya local que sobrevivió a la quiebra– un tejido paciente y sutil, basado en la experiencia, la buena ubicación  y un tiquitaca incesante que confundió a los locales, obligándolos a correr tras la pelota y provocándoles no pocos dolores de cintura. El 0–1 lo tejieron en corto Baptista e Isco y lo remató Joaquín poniendo un zurdazo en el rincón tras quebrar al grandulón que quiso taparle. Todavía era el primer tiempo cuando empató en gran jugada Lewandovski, pero a los 81 la ponía dentro Eliseu, otro vetusto rescatado de la jubilación. Entonces sí, el Borussia tocó a rebato e hizo llover balonazos sobre el área malacitana. Y mediante esa fórmula, cumplidos ya 92 de los 94 decretados por el juez, ocurrió el primer milagro. Lo propició un salto a destiempo de Sergio Sánchez –único novato de la zaga visitante– y Reus fusiló impunemente a Caballero, héroe hasta entonces con dos increíbles desviadas. Pero luego del 0–0 de la ida, ese empate no le servía al local. Y con el último suspiro llegó la remontada, remachada por Santana sobre la línea de gol. En doble fuera de juego, sí. En medio de jalones y empujones, también. En todo caso, muy a la alemana.

¿Y el árbitro? Craig Thompson salió dispuesto a acrecentar la mala fama que pesa sobre los escoceses. Lo logró plenamente: dos goles se produjeron en flagrante fuera de juego (de Eliseu, Reus y Santana). A Bender le perdonó una mano intencional que hubiera significado la segunda amarilla y dejar al Borussia con 10 hombres. Y en los minutos finales, se “ausentó” del partido, permitiendo toda clase de desmanes a los desesperados teutones.

Como remate, el dueño del Málaga tuiteó diciendo que ese arbitraje probaba que la UEFA es un nido de corruptos, y llamó al robo que denunciaba un caso de racismo, sin más. Probablemente, hasta el mesurado Pellegrini lo compartiría.

 

Bayern, Cristiano y Messi

 

El monarca alemán –coronado con 20 puntos de ventaja y seis semanas de anticipación– convirtió a la Juve, jugando en Turín, en una especie de falderillo al que se le presta una pelota para que retoce un rato antes de encerrarlo para irnos a cenar. Y lo que a priori se juzgaba como la eliminatoria de más dudoso destino se resolvió en un 4–0 inapelable: 2–0 y 0–2, cambio y fuera. Este Bayern asusta. Y sale de los cuartos de final como favorito absoluto.

Al Madrid, en Estambul, el descanso tras un primer tiempo sin más historia que el infaltable gol de Cristiano le hizo efecto de somnífero: salieron sonámbulos del vestidor y cuando quisieron darse cuenta Galatasaray ganaba 3–1 –incluido fantástico taconazo de Drogbá, otro viejo que se resiste a la jubilación. Cuando más amenazaban los turcos, otro remate a red de Cristiano y santo remedio (5–3 global). En todo caso, pobre imagen de los de Mourinho, que jugaron sin Ramos ni Alonso, quienes purgaban la suspensión debida a las amarillas que se hicieron mostrar en la ida.

 

Peor todavía el Barça

 

Todo mundo está de acuerdo en que eliminó al PSG –sin siquiera vencerlo,  gracias a los dos goles como visitante–  porque Messi entró al rescate cuando perdían 0–1. Aunque Messi jugara sobre una sola pierna esa media hora final, arriesgando empeorar la lesión que arrastra con tal de evitar el descarte del inminente campeón de España, actualmente en horas bajas, si no por agotamiento del modelo de juego que abandera, por desfonde físico de sus principales figuras. Salvo Valdés e Iniesta, que sin embargo no se ve cómo puedan, ellos solos, más la incógnita de Messi, evitar que el Bayern los elimine.

 

Querétaro RIP

 

También tiene eso el futbol: lo de ciertas ciudades y estadios malditos. En nuestro país, sería Querétaro el ejemplo más nítido. En su bella capital abundan dinero, afición, deseos de descollar nacionalmente. Nunca se consolidó como plaza de Primera, y los equipos que han armado se les desmoronan misteriosamente entre las manos. Por lo pronto, los actuales Gallos Blancos tienen ya asegurado el pasaporte a Primera A, que en el país de los eufemismos equivale a cualquier Segunda División del ancho mundo. La derrota de Morelia, el viernes (1–0), los hunde. No son peores ni mejores que la mayoría de sus competidores en Primera –por ejemplo Xolos, el campeón vigente goleado el sábado en el Azul–, pero el mañoso truco de los cocientes –cortesía del “pacto de caballeros”– los condena, a razón de 0.9898. Lo cual significa que tienen menos puntos que partidos en los tres últimos años.

 

A ponerse las pilas

 

Que sea México país de un solo descenso no exime a los sobrevivientes de la necesidad de poner barbas en remojo. Si a cocientes vamos, la carrera de tortugas del próximo ejercicio se anuncia verdaderamente apretada. Sólo hace falta un vistazo a la cola de la ominosa tablita, donde el pelotón de los torpes se ha mezclado sin orden ni concierto este fin de torneo. Para el próximo, los amenazados van de Jaguares a Atlante, pasando por Atlas, San Luis y Puebla.

Salvará el pellejo quien sostenga entrenador, proyecto y plantel, que fue lo que esta vez hicieron los rojinegros.

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