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Dos clases de agarrones

Por: Horacio Reiba

2012-04-09 04:00:00

En México, país amante de juegos retóricos hasta lo laberíntico o lo caricaturesco, un agarrón refiere la pugna entre dos oponentes dispuestos a tomar de la solapa y zarandear al adeversario. Con justificada naturalidad, la tal palabra se aplica a las rivalidades deportivas, sobre todo si, en futbol, se tratase de los llamados clásicos, como los que este fin de semana alborotaron a las masas partidarias de Chivas o Águilas, por un lado, y Tigres y Rayados, por otro. Uno nacional y otro local, pero clásicos ambos al fin y al cabo.

Para un clásico poco valen estadísticas, el estado de forma de los equipos o sus situaciones en la tabla. Importa ganar. Un clásico resuelto triunfalmente redime la campaña más gris y desparrama torrentes de acíbar sobre el vencido. Y aunque a veces se presientan –y se confirmen– unas deslucidas tablas por resultado, las discusiones partidarias antes y después serán tan interminables como si se tratara de una final. Eso son los clásicos: duelos que venden más por lo que suscitan que por lo que eventualmente puedan dar.

Los dialectos del futbol. Si el español de América consagró hace mucho el vocablo –clásicos hay en todo el continente, del Río de la Plata al río Bravo–, el futbol europeo prefiere denominarlos a la inglesa: allí, un clásico es un derby. Y como en Buenos Aires o en Sao Paulo, el historial más ilustre y los apasionamientos más feroces acompañan a los desafíos entre equipos de una misma ciudad (Inter–Milán, Arsenal–Tottenham, Madrid–Atlético, Roma–Lazio, Fenerbahçe–Galatasaray… o Boca–River, Fla–Flu, Corinthians–Palmeiras, Racing–Independiente, Central–Newells); con dos grandes excepciones: Real Madrid–Barcelona y Manchester United–Liverpool.

En nuestro país, el más antiguo era un clásico local –Atlante–Necaxa, perdido hace mucho sin boleto de vuelta–, como lo fue para los tapatíos el Atlas–Guadalajara mucho antes de que hubiera un campeonato nacional. El de la capital, a partir de la década del 70, fue ese Cruz Azul–América hoy algo venido a menos, y últimamente saltó el Pumas–Águilas que los chilangos se empeñan en reputar como su nuevo clásico, a favor de cierta tendencia a los disturbios entre bandas más que a una real legitimación en la cancha.

El clásico de clásicos. Si bien el impulso de la televisión fue decisivo, sería erróneo pensar en el América–Guadalajara como un producto neto de Televisa, pues la rivalidad entre azulcremas y rojiblancos data de mediados de los 50, cuando se enfrentaron en una épica final de Copa, resuelta por penales en favor de los capitalinos. Luego, en 1960, hubo en CU un épico duelo nocturno en el que las Chivas desplazaron al América de la punta de la clasificación gracias, entre otras cosas, a que el recién fallecido Arpad Fekete le mezcló astutamente la partitura a Fernando Marcos, el DT americanista. La encendida polémica que ya entonces suscitaba la pugna chilango–tapatía fue, posiblemente, lo que indujo al primer Emilio Azcárraga a adquirir en propiedad el club América, reforzarlo con extranjeros de buen nivel y publicitar cada encuentro entre ambos como el choque entre el campeonísimo y su millonario retador.

El resto lo hicieron los jugadores, con un “Tigre” Sepúlveda arrojando su rayada camiseta contra la banca azulcrema al ser expulsado (aún con 10, Guadalajara fue campeón de campeones ese mediodía de 1964) o Roquita retando al muy disminuido Guadalajara de los 70 con la frase “los enanos nunca crecen”, que bien podría haberse aplicado a sí mismo.

Los otros agarrones. Son los que se suceden habitualmente entre defensores y atacantes antes y durante el cobro de tiros de esquina y faltas cercanas al área. Desde siempre, son infracción sancionable y como tales debieran castigarse, pero de unos 10 años a la fecha se volvieron tan comunes que los árbitros prefieren obviarlas, provocando un todo vale no solo antirreglamentario, sino fundamentalmente antifutbolístico.

Barça en el remolino. Si yo fuera un árbitro de la Champions, también preferiría silbarle al Barcelona más que a cualquier otro. Y también vigilaría con lupa a sus contrarios, como lo hizo el martes el Bjorn Kuipers, lo que le permitió captar el evidente jaloneo de Nesta a Busquets que señaló como penalti en contra del Milán, segundo que les marcaba a los lombardos y segundo que Messi clavó en la puerta de Abbiati, allanándole la calificación al once azulgrana, de futbol no tan fascinante esta vez pero claramente superior en su doble partido con los rossoneri. Lo que no hubiera hecho, de ser árbitro la misma noche del Camp Nou, sería interrumpir por mano –que nunca existió– un robo de balón de Robinho a las puertas del área que, tras un primer rechazo de Valdés, terminó con la bola dentro del arco. Con todo, el 3–1 final fue claro y el Barcelona justo vencedor.

Eso sí, entre unas y otras, la calificación del once catalán ha suscitado toda clase de discusiones, oportunidad que Mourinho no podía dejar pasar sin enviar uno de sus mensajes envenenados: el Madrid–Bayern, afirmó, es un partido sin pronóstico; ya veremos cuál de los dos juega la final contra el Barcelona, que es superfavorito para llevarse la Champions.

Como se esperaba, mientras el Madrid, sin pisar el acelerador a fondo, disponía del Apoel en el Bernabéu por 5–2, Bayern repetía en Munich el 2–0 que ya le había recetado en Marsella al Olympique, con goles de Olic y con Franck Ribery volando como un cohete por la izquierda. El otro semifinalista será el Chelsea (2–1 en Londres para 3–1 global sobre el Benfica), cuyos duelos contra el Barça forman parte de la historia grande de la Champions.

Imponente Monterrey. Hace tiempo que no veía a un equipo mexicano tan compenetrado y armonioso, tan dueño de su propio guion como este Monterrey que Víctor Manuel Vucetich ha venido amasando con esmero durante ya cuatro años. Con muy pocos retoques a su plantel, un discurso cada día más afinado y una lectura de los partidos sin parangón en nuestro medio, el Vuce confirma lo sabido: que jugar bien al futbol es casi un milagro si no hay un modelo de juego claro, un prolongado ejercicio de asociaciones individuales y un liderazgo asertivo, en comunión total con los jugadores.

El clásico norteño del sábado fue una demostración palmaria de superioridad de un Monterrey cuyo poderío circula a lo largo y ancho de la cancha como corriente eléctrica. Tigres, muy bien conjuntado también, fue incapaz de reaccionar a partir de un planteamiento más conservador. El jugador clave de la noche tal vez haya sido César Delgado, aunque al afirmarlo se corre el riesgo de ser injusto con el resto de un equipo que funciona como un ensamblaje perfectamente afinado. Pero ese centro pasado del primer gol –mentira que haya fallado el arquero, crucificado por la precisión de un envío con comba que nunca tuvo a su alcance– retrata el desempeño de un jugador total, fundamental para el corte, la salida y el armado de su equipo. Y están, desde luego, los goles de De Nigris, sin los cuales el Monterrey no habría ganado.

Ojalá que el clásico de ayer tarde en el Omnilife haya respondido a las expectativas de sus fanáticos y a la gruesa publicidad de los medios.

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