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Clavados, flechazos y maleficios

Por: Horacio Reiba

2012-08-06 04:00:00

La olimpiada, ese tiranosaurio rex indomesticable, juega con nosotros, nuestro tiempo y nuestras emociones a ritmo trepidante de videoclip. Acostumbrados a que, cada cuatro años, nuestros atletas más publicitados vayan desgranando ante la pantalla su catálogo de decepciones –las excepciones suelen ser contadas y tardías, lastradas por la inevitable felicitación presidencial–, esta vez nos ha llenado de sorpresa y gozo el fulgurante arranque de sendas parejas de estupendos clavadistas, un par de templadas y atractivas jóvenes, extraordinariamente diestras en el ancestral manejo del arco y la flecha; e inclusive los herederos de los antiguos ratones verdes –Manuel Seyde díxit–, que lograron colarse a la semifinal futbolera en un partido cuyo libreto alternó sonrisas y pucheros, golpeó al hígado y final feliz.

 

Sendero plateado

 

Dicen que México ha retomado en el mundo su puesto de primer productor de plata del mundo. Si así fuera, no es remoto que la materia prima de las medallas a los segundos lugares de las diversas disciplinas haya tenido su origen en socavones y minas de Durango o San Luis Potosí. Y nada más justo que algo del argentífero metal retorne al país, en las maletas de los clavadistas Iván García y Germán Sánchez, y en las de la campeona Paola Espinosa y su aventajada pupila quinceañera Alejandra Orozco, tapatía como los dos varones galardonados.

Compitiendo sincronizadamente en plataforma de 10 metros, ambas parejas supieron sustraerse de la presión ambiental y, desplegando con precisión y estilo sus respectivas destrezas, confirmaron las excelencias de la escuela mexicana en el arte de lanzarse al vacío y alcanzar el espejo líquido de las albercas con las exactas dosis de fortaleza espiritual y física que se requieren para encantar al público presente y convencer a los jueces de que, salvo chinas y chinos, que se cuecen aparte, no hay en el mundo quien los mejore. Ni en México una disciplina olímpica mejor consolidada.

Flechadoras al acecho

 

Si la fama de Cupido descansa en lo aleatorio de sus venablos, la de Aída Román y Mariana Avitia lo hace en una precisión casi infalible. Ésta las había abandonado en la competencia por equipos, pero ambas encontraron desquite en sus lances individuales, que irónicamente iba a enfrentarlas en la semifinal. Y allí Aída se impuso 6–2 a Mariana, desasistida por su entrenador coreano, Lee Wong, quien prefirió asesorar a la pumita.

 

Victoriosos trayectos

 

Hasta entonces, tanto la capitalina como la regiomontana habían estado intratables. Aída Román despachó sucesivamente a la japonesa Kanie (7–3) y a la italiana Leonetti (6–2), antes de eliminar a Mariana y disputarle el oro a la sembrada como primera, la coreana Ki Bo Bae. Y ambas ofrecieron un duelo portentoso, cargado de adrenalina hasta la última flecha, que favoreció a la asiática para permitirle arañar la medalla de oro con un dramático 6–5.

El bronce ganado por Avitia a la  estadounidense Kathunda Lorig (6–2) estuvo precedido por sendas victorias sobre la danesa Carina Christiansen (6–2) y la sudcoreana Sung Jin Lee (6–2). Y por primera vez desde 1984, un podio olímpico pudo contar con doble presencia mexicana.

 

La larga sombra de Wembley

 

Hasta la tarde del sábado anterior, la historia de nuestro futbol en Wembley había estado marcada invariablemente por las frustraciones. La primera de ellas precisamente los Juegos de 1948 y ante un adversario que entonces se llamaba simplemente Corea. Aun con Antonio Carbajal y Raúl Cárdenas sobre el catedralicio césped, México perdió 3–5 y quedó fuera del torneo. Vendría después un amistoso de triste memoria en el que la selección mayor de Inglaterra cobró sañuda venganza (¡8–0!) del 1–2 del año anterior en CU, paliza doblemente memorable, pues coincidió con el día de la madre de 1961. Y cuando el sorteo de la World Cup 66 nos destinó de nuevo a Wembley fue para caer nuevamente ante los ingleses (20) y cosechar par de empates que no evitaron la eliminación del Tri (1–1 con Francia, gol de Borja, y 0–0 con Uruguay en la despedida de la Tota Carbajal). Luego, en amistoso previo a Sudáfrica 2010, nuevo revés ante Inglaterra (3–1, con el Guille Franco marcando para el Tri).

Total, que la catedral del futbol parecía reservar para México puro olor a cera.

 

Hechizo conjurado

 

Desde que comenzó a trabajar, hace más de un año, la Sub 23 de Luis Fernando Tena fue una montaña rusa por sus altibajos de juego y rendimiento. Así también su marcha olímpica: un debut que a nadie satisfizo contra Corea del Sur (0–0), una hora de martirio antes de encontrar el marco del muy flojo equipo de Gabón (2–0, ambos de Giovani), y otro partido dicotómico contra la inocua Suiza, que dominó el primer tiempo antes de ser claramente superada y vencida en el segundo (1–0, con gol del Cepillo Peralta). Todo ello lejos de Wermbley, donde tocaba jugar la semifinal del sábado, contra Senegal.

El maleficio empezó a romperlo un gol madrugador de Jorge Enríquez, mediocampista de marca en franca progresión: una falta desde la derecha, cobrada por Giovani, fue peinada en el tumulto del área por el tapatío con eficacia letal. Después, el equipo tuvo buenos y malos ratos; los buenos, cuando afloraban la buena coordinada y el toque, no comportaron mayor riesgo para la meta  africana; y en los malos, México se encomendó a un JJ Corona alerta y ágil. Y apenas iniciado el complementario, otro gol, fabricado por una penetración de Fabián por izquierda y culminado a bocajarro por Aquino a favor de un doble yerro defensivo. Iban 55 minutos y aquello parecía resuelto.

No fue así porque México cayó de nuevo en la ingenuidad de retroceder en espera de que el reloj corriera. Mortal equivocación, castigada por sendos frentazos por Konate (68’) y Balde (74’); se demostró, de paso, que nuestra defensa, con todo y sus 338 minutos sin gol, no es tan invulnerable como presumían los telemerolicos: ambos rematadores arribaron plenos, sin encontrar la menor oposición en Corona y sus pasmados zagueros.

 

Saber ganar

 

Una lección que los Juegos nos reiteran cada cuatro años es que la estrategia idónea para competencias de fondo consiste en dar con un adecuado ritmo de crucero y reservar energías para el momento del cierre. Olvidados de tan elemental providencia, los senegaleses terminaron pagando caro el esfuerzo hecho para empatar, de modo que a los tiempos suplementarios llegaron con el tanque casi vacío. Agréguese a esto que se trata de un equipo individualista y anárquico –exacto reflejo de un DT con la visceralidad a flor de piel–, y se tendrán los porqué de la clara victoria mexicana, concretada precisamente en esos minutos del alargue que rivales parejamente agotados suelen encarar con exceso de precauciones: si mal se vio la zaga africana en las dos primeras anotaciones verdes, peores fueron los yerros que permitirían a Gio y Herrera cerrar la cuenta en 4–2. La mejor noticia, además del pase a semifinales, que ni al hábil zurdito ni al todo terreno tijuanense les tembló la mira en el momento de rematar.

Gracias a eso estamos al borde del medallero. Y si en México 68 Japón nos ganó el bronce en el Azteca (2–0; goles de Kamamoto bajo tupida cojiniza), la cita del martes en Old Trafford invita a cobrar justa  revancha.

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