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¿Vuelve al buen camino el Tri?

Por: Horacio Reiba

2013-06-24 04:00:00

Cualquiera lo sabe. Lo único que, de momento, puede decirse es que en el segundo tiempo contra Japón, en el Mineirao, la escuadra del Chepo ha ofrecido su versión más visible y plausible de este año. No es poca cosa, para lo que se le hubiera venido encima de haber perdido.

En ese lapso –olvide usted la primera media hora, de neto color oriental y marcado contraste entre la ambiciosa resolución de los nipones y el desconcierto azteca–, México olvidó todas las trabas mentales que lo ataban y se dedicó a jugar como equipo. Lo primero que consiguió, ya insinuado en los minutos finales del lapso inicial, fue someter a su ritmo a los japoneses en vez de correr tras ellos, como al principio. Para ello contó con un eje rector en el despliegue de Guardado, recuperado de súbito su papel de jugador fundamental para el equilibrio y la dinámica del equipo.

Si en los últimos encuentros a Andrés Guardado se le había visto acelerado e impreciso, volcado inocuamente a la izquierda, en los últimos 45 de la participación mexicana en la Copa Confederaciones asumió funciones cercanas a las de un interior ofensivo –el clásico 10–, capaz de dar aire y curso a su oncena a lo largo y ancho de 30 o 40 metros fundamentales, los más cercanos al área de Kawashima, arquero de pocas garantías en todo lo que no sea atajar. Y la mejor prueba de que ése debe ser su sitio fueron el remate de palomita que estrello en el poste (42’) al tomar un preciso centro de Torres Nilo –que fue quien esta vez se movió en la zona por la que con tan escasos resultados transitara antes Andrés–, y la clara pérdida de tensión dinámica que experimentó el juego del Tri al abandonar el tapatío la cancha para ser reemplazado por Salcido; fueron apenas veinte minutos, pero suficientes para que Japón se echara encima, anotara su único tanto y amenazara incluso con igualar un encuentro que claramente tenía perdido.  

 

Chicharito, más cal que arena

 

Pero la neta superioridad mexicana del complementario tal vez habría sido estéril de no contarse con la astucia y la rapidez ardillesca de Javier Hernández para moverse dentro del área. De nuevo, el hombre del ManU se les escabulló inadvertidamente a los zagueros –lo más flojo del equipo del Sol Naciente– para acceder, desmarcado y exacto, primero a un centro delicioso de Guardado que cabeceó anticipándose al arquero (53’), y después en la resolución de un córner desde la izquierda que lanzó Gío a primer palo y peinó Mier hacia atrás, donde el Chícharo apareció libre ante el arco para volver a aplicar concluyente frentazo (66’). Dos goles de su marca y la interrogante de siempre: ¿Si no es el Chicharito, qué otro mexicano será de anotar?

La contra estuvo en el penal, mal colocado y ayuno de fuerza, que Kawashima rechazó lanzándose a su derecha, y que, al contrarrematar desde muy cerca, Javier estrelló increíblemente en el larguero. Un yerro grande, sí, pero que no opaca lo fundamental de su aportación.

Por algo fue, con Guardado, la pieza maestra del Tri en este intento de reconstrucción –futbolística y anímica– que De la Torre y los suyos parecen haber emprendido. Y cuyo primer capítulo escribieron con buena letra en ese segundo tiempo del sábado, en Belo Horizonte. Nada para alborotarse, sí para abrigar esperanzas de que una real mejoría es factible.

 

Retoques prometedores

 

Paralizado y terco hasta entonces, José Manuel de la Torre cedió finalmente a la evidencia y accedió al relevo de veteranos, cuyos mejores momentos pertenecen al pasado. Afortunado resultó el truque del Maza –un desastre frente a Italia y Brasil—por Diego Reyes, que tras algún desajuste inicial –cuando tocó a Ochoa resolver un par de situaciones complejas en el área– cumplió su función con sobriedad, colocación y clase. En cuanto la boquete persistentemente advertido por la banda derecha del Tri, poner ahí a Mier y Zavala, la dupla regiomontana, resultó un negocio francamente plausible.

Aunque Gío no fue tan punzante como ante Italia ni bulló como contra Brasil, al menos se reafirmó como el acompañante idóneo de unChicharito que, por fin, encontró red por dos veces. Y tuvo la puerta abierta para consumar el triplete, puerta que él mismo se cerró.

 

Japón

 

Flojo el día del debut, mucho se ponderó el desempeño de los de Zaccheroni en  su partido contra Italia –la televisión mexicana, tan cuidadosa de fijar nuestra consumista atención siempre, prefirió no transmitir ése y otros partidos de la Copa– y era, por agravio comparativo, favorita de muchos contra México. Tuvo un arranque huracanado pero no tardaría en diluirse, atrapada su velocidad por el ritmo mexicano, más mesurado.

El sábado supimos que sus principales valores –Honda, Kahawa– no están por encima del nivel de nuestros europeos más conspicuos –Chicharito, Guardado, Giovani, Moreno–. Y que su defensa es claramente inferior a la que presentó México. Para poner las cosas en su sitio.

 

España

 

Cada vez más favorita, incluso para los medios brasileños. Es emocionante ver cómo persiste y se prolonga en el tiempo su superioridad sin rival como equipo, misma que viene ejerciendo desde 2008. Y lo es por una razón fundamental: cuando parecía que el futbol industrial y físico iba a ser la condena inapelable de este siglo XXI, supo mostrar al mundo que otro tipo de juego es posible. Un juego que lo siga siendo, sin resignar ni el gusto por el balón, ni la alegría de un planteamiento claro y ofensivo ni el recurso a jugadores pequeños de una gran habilidad (los locos bajitos del Barcelona).

En el fondo, ha demostrado que su propuesta es la más racional –una feliz unión entre razón e intuición, entre orden colectivo y liberación del genio individual–, y que el futuro del futbol puede ser tan brillante como el rojo de su uniforme.

 

Brasil

 

Menuda tarea tiene entre manos Scolari. Porque Brasil, comparado con España, es todo lo contrario. La ausencia de juego colectivo, la falta de ritmo (un pecado contra natura, tratándose de Brasil), la intermitencia de sus figuras. Porque desde luego que las tiene, pero, salvo esa soberbia dupla de centrales –Thiago Silva y David Luiz– desconectados entre sí y nada amigos del esfuerzo sostenido. Por eso, un equipo capaz de fogonazos de futbol mágico, permanece hundido en la más gris monotonía durante grandes lapsos. Bien dice Valdano que, sin Neymar, ni se hubieran acercado a la portería mexicana. Y eso es preocupante y hasta absurdo resulta, dado el abismo de diferencia en materia de clase y dominio del cuerpo y del balón.

Así las cosas, y aunque su triunfo sobre Uruguay es más que probable en la semifinal del miércoles, a nadie extrañaría que, en la final, sobreviniera un pequeñomaracanazo.

 

Neymar Jr.

 

Surge de repente, como un personaje escapado de los años sesenta del siglo pasado, el de los Pelé, Garricha, Didí, Rivelino... felinos que sabían escapar por artes insondbales y mágicas, a puros estallidos de imaginación funambulesca, de la miseria de las favelas y del ablande inmisericorde de los rudos zagueros de entonces, cuando no existían las tarjetas ni estaban convalidados los cambios de jugadores.

Así es Neymar, un bicho de otras épocas, incomparable a ningún futbolista del presente. Y así han sido sus hermosísimos goles –bolea de derecha contra Japón, de zurda contra México, y de nuevo izquierdazo el que incrustó, de tiro libre, en el ángulo lejano de la meta de Buffon. Aunque si me dan a elegir, me quedo con la acción preparatoria del tanto de Jo, la lápida del 2–0 en la meta de Jesús Corona. Por la naturalidad con que trasteó el balón a dos piernas ante Mier y el maza Rodríguez, por el originalísimo túnel que colocó entre las piernas del regiomontano, por la exactitud de la pausa que, con engaño de cintura incluido, hizo en el área mexicana –el lugar más improbable y difícil para semejante lujo coreográfico–, en espera de que Salcido le abriera unm pequeño espacio por donde colar el centro letal, un cheque al portador en la ventanilla del área chica que el 9 del Atlético Mineiro no tuvo inconveniente en cobrar.

Pero con la misma naturalidad, este genio volver a la botella, dedicado a ver el partido durante lapsos más o menos prolongados. Mal del futbol brasileño que seguramente el Barça le curará.

 

Indignados

 

Las calles de Brasil arden, seguramente con mayor intensidad que los estadios. La Copa Confederaciones le ha prestado un marco ideal a la protesta social, desquiciado el comercio, desbordado a la Policía y a los políticos, de Dilma Rouselff para abajo. ¿Es bueno o es malo? Pelé, el exastro del balón más políticamente correcto sobre la Tierra, reprobó a los manifestantes –miles, tal vez millones de ellos si se suman las marchas que sacuden el país de norte a sur y de la costa a la selva y la montaña–, y casi les ordena que se olviden de protestar y se concentren en el futbol y la Selección. En cambio Neymar –y con él figuras como Romario y Ronaldo se apresuraron a respaldar a los manifestantes y su repudio al ingente gasto en infraestructuras de todo tipo –estadios, tecnología, vialidades y comunicaciones en general– erogados por el gobierno a pedido de la FIFA, el COI y los organizadores de esta Copa, del Mundial del 14 y de la Olimpiada de 2016. Con la carga de corrupción y enriquecimiento ilícito que tamaña inversión inevitablemente acarrea a los bolsillos de políticos y concesionarios involucrados en tan pingüe negocio. “No marchamos contra la Selección, marchamos contra la corrupción”, entre otras muchas leyendas afines, es lo que dicen las pancartas y sus portadores, muchos de ellos desde las gradas de los estadios (por más que a la entrada una revisión rigurosa intenta evitarlo).

Un gobierno superado y una opinión pública mundial sorprendida son el resultado de esa que es, ni más ni menos, la cara del Brasil real, tan distinta de la imagen maquillada que en este siglo se venía mostrando al mundo. De país modelo, nada. De país poblado por gente solidaria, consciente y valiente, todo lo que quieran.

Qué bueno que el deporte, presunto opio del pueblo en casi cualquier confín del mundo, la pieza distractiva por excelencia del ajedrez político contemporáneo, también pueda suscitar sacudidas en la conciencia colectiva.

Que bueno, sí. Y lo que nos faltará por ver…

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