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¿Final de ciclo?

Por: Horacio Reiba

2012-04-23 04:00:00

El sábado, bajo la lluvia, el Real Madrid resolvió por fin en su favor la pugna con el Barcelona por la liga de España. No fue un partido más, ni siquiera un partido decisivo como hay tantos en el mundo. Se trató de la primera victoria en liga del equipo de José Mourinho sobre el enemigo tradicional desde que está al frente del Madrid. Y la primera de los merengues en Camp Nou desde 2007, último torneo ganado por ellos. Además, el resultado (1–2) no admite discusión: hizo justicia al desarrollo del trámite y sirvió para exhibir la superioridad táctica y estratégica del vencedor sobre un rival que lo había humillado y avasallado con su futbol en los últimos 15 encuentros que sostuvieron. La pesadilla de Mou había concluido. Y en el escenario y las circunstancias ideales: al mismo tiempo que se sacudía el dominio del rival más enconado, aseguraba un título que éste amenazaba seriamente con frustrar.

Un triunfo que va mucho más allá de los siete puntos que ahora, con sólo cuatro jornadas por delante, separan en lo alto de la tabla a blancos de azulgranas.

 

Reloj averiado

 

La maquinaria de precisión de Pep Guardiola, responsable en los últimos tiempos de todo un rosario de frustraciones y furias en el entorno madridista, dejó súbitamente de funcionar. Enjaulado Messi en una prisión en la que Xabi Alonso ejercía de carcelero mayor, el Barcelona se quedó sin quien encabezara el asalto de una fortaleza diseñada para desbaratar cualquier intento de llegada al área de Casillas. Cumplida la prioridad esencial, la que tenía como objetivo la neutralización física y anímica del rosarino, todo lo demás discurrió para los blancos a pedir de boca. Incluso los goles cayeron en los momentos indicados: justo cuando el Barça parecía más cerca de encontrarse a sí mismo, el primero a los 16 minutos, en un córner que Valdés midió dos veces mal, balón suelto que Puyol tuvo a su alcance pero Kedhira punteó a sus espaldas antes de que se produjera el presentido rechace; el otro, a 120 segundos de la igualada conseguida por Alexis de doble remate ante un gran Casillas, muy poco requerido en general pero puntual a la cita para resolver un decisivo mano a mano ante Xavi Hernández al final del primer tiempo. Para mayor simbolismo, el gol lo hizo Cristiano, anticipándose a Mascherano parar en velocidad el delicado servicio de Özil, sacar a Valdés de su meta y violar con tiro al sesgo la puerta vacía. Para mayor gloria de Mourinho su paisano más cuestionado, Coentrao, tuvo un desempeño monumental: Alves no logró colar por su banda un solo centro medianamente aprovechable.

Ambas anotaciones y el momento sicológico en que se produjeron le permitirían al Madrid dedicarse muy aplicadamente a segar las vías de acceso a su área, objetivo que pasaba por anular a Messi. Lo cumplieron tan a conciencia que el argentino nunca se encontró cómodo con el balón, su pícaro cómplice de toda la vida. De paso, pudo comprobarse que, cuando la voz del tenor no se escucha, a los barítonos –Xavi, Iniesta– les cuesta una barbaridad llevar la melodía y evitar que el coro desentone.

 

La duda

 

Guardiola compareció tristón pero amable ante los medios, felicitó sin reparos al Madrid “que hoy ha sentenciado la liga” y prometió renovar esfuerzos en la siguiente campaña. Mourinho mantuvo su fea costumbre de enviar a la sala de prensa un personero –Aitor Karanka–, pero en su fuero interno debe sentirse el mortal más feliz sobre la Tierra: al fin, como ya se insinuara en el partido de vuelta por la Copa del Rey (2–2), ha dado con la combinación que abre la burlona caja fuerte catalana. Y al hacerlo, puede que su receta vayan a aplicarla concienzudamente en lo sucesivo cuantos madrides sucedáneos toque enfrentar al once azulgrana.

La pregunta es si, con ello, los endiablados bajitos del hasta el sábado mejor equipo del mundo, con su fe ciega en la asociación y el toque a campo abierto, sufrirán cierta merma sicológica, en la que tendrían sus eventuales contrarios un valiosísimo aliado.

 

Semifinales

europeas

 

Para empezar a despejar esa incógnita, el mismo Barça recibirá mañana al Chelsea, cuya ventaja de 1–0 estuvo basada precisamente en una defensa a ultranza, bien secundada por la indispensable dosis de buena suerte (dos tiros al palo, varias oportunidades perdidas por el campeón y el letal acierto de Drogba en el único remate del Chelsea al arco de Valdés); sigue siendo favorito, pero un gol inglés los obligaría a marcarle tres a Peter Cech.

También en desventaja, el Madrid recibirá al Bayern sabiendo que el 1–0 le bastaría para calificarse finalista de la Champions. Y tal vez para retar ahí al Barcelona, ya sin las ataduras mentales de la retahíla de frustraciones que los madridistas intentarían hacer girar ahora en sentido inverso. Como el sábado.

Por su parte, la Europa League, impregnada también de españolismo, verá dirimir sus semifinales entre Atlético de Madrid y Valencia –ventaja colchonera de 4–2 en la ida– y Athlétic de Bilbao contra Sporting de Lisboa –al amparo los lusos del tenue 2–1 de su primer choque. Quienquiera que venza, la final será totalmente ibérica.

Valiente propuesta

 

Convencidos los dueños del balón del desastre de sus minitorneos, la Femexfut ha anunciado, en tono de profecía apocalíptica, que solicitará a la FIFA autorización para experimentar con una ideota a la altura de tan jabonosa entidad: que los empates a cero no valgan un solo punto, y los que vayan del 2–2 en adelante se premien con dos para cada equipo. Más allá de eso, nada dicen. Ni sobre eliminar los dobles contratos y contabilidades tramposas, el tianguis de piernas y la perniciosa hiperactividad de agentes sin credencial, ni de estimular la competitividad con más de un ascenso–descenso automático por año, ni de obligar a los clubes –que no lo son la mayoría– a pagar a tiempo a sus empleados, ni mucho menos de apoyar la creación de una asociación independiente de jugadores que evite resoluciones sesgadas como la que acaba de afectar –y amenaza con silenciar– al Kikín Fonseca. 

Y una revolución sin cambios de fondo es gatopardismo puro.

 

Juego perfecto

 

Phil Humber, lanzador de las Medias Blancas de Chicago con apenas dos años de profesional y en su segunda salida del año como abridor, acometió el sábado una de las proezas más difíciles y meritorias: lanzar las nueve entradas sin permitir hit ni carrera; lo que en el beisbol se llama un juego perfecto. Retiró en fila a los 27 bateadores de los Marineros de Seattle y elevó por segunda vez el nombre de su equipo, los Medias Blancas de Chicago, al olimpo estadístico donde refulgen los nombres de los 21 serpentineros que, desde que el 12 d ejunio de 1880 un tal John Richmond, del desaparecido Worcester, acometió hazaña tan singular.

Ha sido, además, la segunda vez que Medias Blancas gana un juego perfecto. Hace tres años, la gesta la protagonizó Mark Buerhle en perjuicio de Tampa Bay, partido que concluyó con victoria de Chicago por 5–0. Una carrera menos que el 4–0 del sábado.

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