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Nunca más

Por: Anamaría Ashwell

2012-06-04 04:00:00

El lunes 28 de mayo concluía un diálogo de más de seis horas entre integrantes del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad y la clase política que gobierna nuestro país. En sus reclamos y dolor estaban todos los padres de los niños quemados de la Guardería ABC en Hermosillo; estaban los padres y hermanos de los que murieron en Atenco; la familia del vendedor de pan asesinado a balazos en Acapulco apenas el pasado 31 de mayo; las familias de las 49 personas asesinadas en Cadereyta el 14 de mayo; las viudas y madres de 26 indígenas zapotecos de Santiago Xochiltepec asesinados en 2002; los familiares de los muertos en Cherán; estaban las madres de las mujeres de Juárez arrojadas como basura al desierto; estaban los eternos desaparecidos de una guerra sucia que solo recordamos cuándo inició (porque sus madres nunca se cansaron de pedir justicia) y que no sabemos cuándo se va a acabar. El país entero atestiguó ese diálogo compartiendo el dolor del padre que busca a su hijo, de la madre, impotente, suplicante, exigiendo le devuelvan a su esposo, sus hijos e hijas. ¡Qué locura perversa la de un presidente cuando se lanza a sacrificar a sus conciudadanos mediante guerras represivas, mediante guerras que ellos desde el poder  justifican que es por el bien de la nación, mediante guerras que nadie “gana”! Como lo ha hecho ahora Felipe Calderón,  presidente descrito de “cuerpo entero” por Julio Scherer García, que puede dormir tranquilo, brindar y pasarse de tragos entre amigos, convencido que el sacrificio que impuso a los otros –más de 65 mil muertos y miles más de desaparecidos– estuvo y está justificado desde su autoridad personal, impermeable, incorregible como presidente de la nación.

Por eso fue importante que cada uno de los candidatos a la presidencia –los que pretenden sustituir a Felipe Calderón en el poder– fueran ese lunes confrontados con las violaciones a los derechos humanos que los atañe personalmente o a sus partidos; fueran confrontados con la impunidad que permitieron crecer durante el ejercicio personal o de sus partidos en el poder; y se les haya recordado los nombres y apellidos de los muertos y desaparecidos que olvidaron o no vieron o no quieren ver. Se exigió a todos autocrítica, humildad y el reconocimiento del sufrimiento de las familias sacrificadas por la guerra absurda que inició el presidente Calderón, pero también por causa de la impunidad que hace demasiado tiempo reina en el país. El mensaje no pudo ser más claro: si algunos de ellos llega mediante el voto a gobernar México en las próximas elecciones habemos ciudadanos que ya no soportamos más la impunidad, la ausencia de un estado de derecho con toda la transparencia y las instituciones formales que eso implica, pero sobre todo no soportamos más el ejercicio autocrático del poder político, la inconciencia e insensibilidad de gobernantes en todos los niveles –federal, estatal y municipal– que se sirven del erario público, se sirven de México, despachando sufrimiento, impotencia, indefensión y pobreza a la gran mayoría de los ciudadanos de nuestra nación.

Le tocaba también a Andrés Manuel López Obrador –sin lugar a dudas el más limpio y honesto de todos los candidatos a la presidencia de la República en esa mesa de diálogos con el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad– responder como político (sin sentirse aludido personalmente) sobre las omisiones, complicidad o impunidad ante acciones contra derechos humanos en estados donde gobiernan solos o en coalición los partidos (PRD, PT y Movimiento Ciudadano) que impulsan hoy su candidatura a la presidencia de la República. Pero quizás sintiéndose acosado o vilipendiado por una guerra de desprestigio agresiva en los medios (y el recuerdo del fraude electoral en 2006) y a pocos meses de una votación decisiva en la cual AMLO nos ofrece un giro sustancial en la política nacional, vimos como él no pudo afrontar con humildad y autocrítica el cuestionamiento de las víctimas de la violencia en México. No fue al individuo, sin embargo, a quien se dirigieron las víctimas del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, sino al estadista, al ex priIsta, al perredista, al político que hoy pide el voto acompañado (también) de rancios y autoritarios políticos del viejo régimen, algunos viejos colaboradores del gobernador Mario Marín, violador de los derechos humanos de una periodista y además –o sobre todo– protector de intereses y personas ligadas a redes de pedofilia en el país. Las víctimas le pidieron autocrítica al candidato a la presidencia de la República, cuya coalición partidista postula también a personajes siniestros como Oaxaca Carreón, aquí en mi barrio cholulteca: un ex alcalde municipal mediocre, autoritario, destructor del patrimonio histórico y natural cholulteca, y que pensábamos que como político había pasado a mejor vida hasta que de pronto revivió como candidato a diputado, impulsado por su fidelidad no a Cholula, sino a Manuel Bartlett, en la lista de uno de los partidos dentro de la coalición que promueve también a Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de la República.

Cuando aparecieron en escena los #Yo soy 132, Javier Sicilia exclamó con alegría: “¡Se tardaron!”, expresando la bienvenida a estos nuevos sujetos sociales, jóvenes, que se lanzaron a reclamar demandas ya enarboladas por otros actores sociales, incluyendo el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, incluyendo el movimiento Morena que promovió AMLO. Y los #Yo soy 132 no se tardaron en señalar a los representantes de ese viejo régimen que nos heredó los 65 mil muertos (y contando): Calderón, Peña Nieto y Elba Esther Gordillo, preeminentes representantes, dijeron, de una clase política que ha destruido y desgarrado a México y que no quieren (no quiero con ellos) que regresen al poder, ni camuflados de izquierda, nunca más. Pero en este México con un pasado y presente autoritario, ante la inminente contienda electoral, los jóvenes enojados en esta primavera mexicana, mayormente de la clase media y de universidades privadas, empoderados por la libre trasmisión de información en redes sociales (negada al grueso del pueblo de México que recibe su información del duopolio televisivo) no tienen posibilidad de convertirse en los jugadores decisivos en esta elecciones presidenciales. Serán jugadores, con otros movimientos sociales, en la reconstrucción del tejido social de México a futuro, y la decisión de su voto en contra de Peña Nieto o en blanco –hoy– es en todo sentido esperanzador. Pero la política mexicana post Calderón que México necesita para iniciar el camino hacia un estado de derecho, acortando las desigualdades sociales y económicas con respeto irrestricto a los derechos humanos, creo yo, tiene que comenzar este 1 de julio si Andrés Manuel López Obrador–en el espíritu del movimiento ciudadano que fundó con Morena– triunfa electoralmente. Pero México nunca será una sociedad democrática si nuestro voto es interpretado como incondicional al líder o las coaliciones partidistas que lo postulan. Y algunos estamos conscientes que con el voto por AMLO el 1 de julio llegarán también al poder muchos de rancio pasado ético y político. Por eso mismo AMLO –y todos los que vamos a votar por él–  debemos respetar el voto en blanco de ciudadanos como Javier Sicilia y de muchos jóvenes que no confían en los partidos de su coalición. Simplemente no pudimos convencerlos que él es hoy nuestra mejor opción electoral. Por eso también yo hubiera querido atestiguar un Andrés Manuel López Obrador enfrentando el cuestionamiento del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, en este momento cuando en México “todos han muerto”, como dice César Vallejo, mirándole a los ojos a las víctimas y solamente pronunciando “nunca más”.

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