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Notas sobre los Grimaldi de Gatti*

Por: Gabriel Wolfson

2012-06-04 05:08:42

1. Se trata claramente de un libro, ya pensado así por el autor y no sólo convertido en tal por editores e impresores. Dos modos de argumentarlo: a) hay varios motivos –lugar común: musicales– que articulan los textos. El primero de ellos, la venganza: el libro como un manual de aprendizaje en el camino de esa venganza total, avasalladora, hecha una con la vida; también, las genealogías, los catálogos de objetos –objetos mágicos a menudo–, etcétera. En muchos sentidos, el último texto, “La larga guerra”, es una recapitulación, un compendio, la cima de esa ola revanchista que reduce el mundo a dos grupos antagónicos. 

b) El libro es un tejido: la historia familiar, la pintura de las costumbres, mitologías, ritos, fetiches y espejismos de esa familia, y al mismo tiempo las historias y episodios singulares. Ocurre un desfase: como si tuviéramos esas dos series, familia e individuo, y en vez de dedicarnos a una sola, o a una primero y luego la otra, o a presentar muy convenientemente una como escenografía de la otra, o incluso a intercalarlas de buena manera, se tramaran ambas series de manera asincrónica: se promete una cosa y aparece otra; se narra en ‘nosotros’ y en ‘yo’ pero no siempre está claro qué contemplan esos pronombres, cuándo suceden, cuándo o por qué se dan sus sospechosas tomas de palabra.

2. ¿Qué lugar es este que se construye en el libro, Aldea? Más bien habría que preguntarse qué lugar de enunciación hay aquí. Oscila, da pasos muy raros: entre la desterritorialización de las hipérboles fantasiosas y el anclaje de nociones, alusiones, términos locales; entre las múltiples y, se supone, excluyentes localidades y la continuidad de un mundo cerrado. Más que remitirme a pasajes geográficos me remite a estilos de observación, tendencias y manías prosísticas, algunas que no me gustan (García Márquez) y muchas que sí, desde una tradición argentina muy curiosa –como si hicieran excursiones exóticas a su propio territorio: Mancilla, Sarmiento, y luego Saer y Libertad Demitrópulos– hasta la locura de Valle–Inclán en Tirano Banderas, ya de por sí un clímax de la anomalía, o al maravilloso relato de viaje En la Patagonia, de Chatwin. 

3. ¿Son cuentos? En parte. Algunos, claramente no. Son, o podría decirse que son, otra cosa: viñetas, ficción ensayística. En otros siento quizá demasiado buscado el ‘efecto cuento’ con algunos párrafos o frases finales que acaso los textos no necesitaban: merecían no ser cuentos. En todo caso, como ya lo anuncia el primer texto, al libro le va la lógica de la digresión, del desvarío. Así, hay temporalidades raras, no explicadas: de alguien que está muy adentro de las historias, como quería Cortázar, pero no sólo: de alguien que, muy afuera de las historias, no quiere contarlas, o no quiere contarlas del todo –aquí un puente al librito de Damián Tabarovski: la literatura de izquierda no es la que flirtea con uno u otro socialismo o altermundismo, sino la que no se entrega, la más o menos ilegible–. Me gusta cuando las estructuras o las no estructuras de los no–siempre–cuentos de Gatti rompen lo candoroso y defraudan lo armónico del realismo mágico. Ejemplarmente, en mi texto favorito, “La hiedra”.  O en “Mucha magia”, donde podría decirse que el pensamiento mágico de Matías le provoca una crisis de fe. En “Mucha magia” hay elementos –la repetición de algunas frases o motivos, como el que los gritos de ciertos personajes se escuchen en todo el pueblo– que pueden ser leídos de dos maneras: como rasgos de la narración tradicional (repetición, exageración, etcétera), o, según prefiero, como rasgos de extrañamiento de esa narración tradicional, como si ahí apareciera la mano del escritor para hacer visible su trabajo (en vez de lo tradicional: velar ese trabajo), sugiriendo una posible lógica de collage, de ensamblado, disonante con la lógica de la ‘narración tradicional alrededor del fuego’. 

4. Un último punto: la posibilidad de que el libro (no conjunto de textos: libro) cuente en el fondo otra historia. Veamos: están ahí ese Padre guerrero y esa Madre vengadora, personajes omnipresentes, ambos a la vez ingeniosos, amorosos y brutales; pero están también esos “él”, “yo”, “nosotros”, esos quién–sabe–quiénes sumidos bajo el peso de los Padres, convertidos en una vocecita derrotada, limitada a consignar aquellas viejas glorias. Es decir: está ahí esa casa aislada donde Padre y Madre inventan el mundo completo (como en ese cuento, “Tener niños en casa”, donde el oscuro y terrible ámbito de las guerrillas latinoamericanas aparece iluminado por la fascinación de encerrarlo en un espacio estéticamente clausurado por la magia infantil), para solaz de los hijos, para que no se aburran ni se pierdan nada de la vida; pero eso acarrea también, claro, la perpetuación del aislamiento, la reducción de esos hijos a eternos glosadores de la Voz. Al final, digamos, Onetti vence a García Márquez. Perfecto. 

*Sobre la nueva edición de Recuerdos de Lucinda y otros Grimaldi de Este Lado, de Juan Sebastián Gatti, publicado por el IMACP.

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