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Nakanvanej

Por: Israel León O’farrill

2012-06-28 04:00:00

Hace unas semanas, durante mi visita a San Andrés Larráinzar, Chiapas, tuve la oportunidad de compartir una experiencia sumamente interesante con otros compañeros de mi posgrado: una ceremonia de audiencia y consejo con un nakanvanej del lugar. Dicho personaje, el más importante dentro de la jerarquía de los cargos tradicionales, es lo que Lucas Ruiz –especialista en lenguaje culto y ritualidad tsotsil–, denomina un “coordinador ritual” en su libro El Jchi’iltik Y La Dominación Jkaxlan En Larráinzar, Chiapas. Afirma que “es una persona experta en los diferentes rezos ceremoniales (…) (y cuya función es) organizar y coordinar las fiestas tradicionales, por ende, él habla con los expertos en la tradición.…” Comenta que nakan significa entronizar y nakanvanej significaría “el que entroniza a alguien”, el que “toma cargo”, “quien asienta a alguien en un cargo”. Como tal, se trata de aquél que determina si los capitanes, alférez, mayordomos, son merecedores de tales obligaciones tradicionales. Sin embargo, su labor no termina ahí, sino que también puede dirimir disputas y fallar en casos de conflicto entre participantes de una fiesta, para designar encargados, juzgar la pertinencia de la organización de una festividad, realizar ceremonias diversas donde se recitan rezos y se habla el lenguaje culto del que habla Ruiz y que, de acuerdo a su investigación doctoral, ya no es hablado por los jóvenes en la comunidad.

El nakanvanej es el que organiza todo en las ocho festividades diversas que hay en Larráinzar al año, el que dirige la “orquesta” y sus órdenes son indiscutibles; generalmente son hombres ancianos, sabios, aunque no siempre con la vejez se lleva la sabiduría, que es un elemento fundamental, ese sí, para ser nakanvanej. Él soñó cuando tenía 20 años que un hombre con la indumentaria tradicional lo vistió para que asumiera su cargo y lo hizo muy joven, apenas pasando esa edad. Vale mencionar en este punto que, como lo comenté en otro artículo (La Jornada, 040811), los cargos no se buscan, pero tampoco se pueden descartar; es decir, que se asumen a petición y designación de la comunidad y por tanto, el compromiso es con ella y nada más. Es importante mencionar que no se heredan. 

Todo se lleva con un profundo sentido del respeto y de la tradición. Baste mencionar que nuestra presencia en la ceremonia, dependió de la manera en que llegamos, asumiendo que estábamos ante una autoridad del pueblo y que como tal, había que respetarla. Tuvimos que cumplir con variadas y complejas fórmulas, protocolos que la “modernidad” ha pulverizado en aras de la velocidad y lo “funcional”. El saludo, teoyot Tatá para él y teoyot Ya para ella, –“aquí estoy, venerable anciano o anciana”–, se enuncia agachando la cabeza en espera de que ellos coloquen la mano en ella para darnos autorización de parlar con ellos, como si a la par transmitieran en nosotros parte de su sabiduría.

Estos rituales y formas que se imbrican de manera sustancial en la sociedad son explicables a partir de lo que Horacio Gómez Lara, investigador del CESMECA en la Universidad de las Ciencias y Artes de Chiapas, denomina Educación Tradicional Indígena (ETI) que “puede considerarse como el proceso mediante el cual las generaciones adultas enseñan a los niños y niñas el modelo socialmente aceptado de ser indígena y miembro de la comunidad, para llegar a ser bats’i viniketik, hombres verdaderos, y antsetik, mujeres verdaderas, y alcanzar la virtud de los totil–meil, los padres–madres, ancestros”. Este tipo de educación, que es enteramente social y comunitario, se sustenta en cuatro preceptos fundamentales: El concepto de reciprocidad: recibir y dar consejos; la formación de la conciencia ch’ulel ; la capacitación física y mental y la formación de la conducta: enderezar el corazón. Todos y cada uno van a la par en la preparación del individuo para insertarse en su entorno. Llama la atención el segundo apartado, el del ch’ulel –alma– que se divide en tres: vayjel –animal compañero–, kushlejal –principio vital que nos vincula a la naturaleza toda– y el sentido de la conciencia o responsabilidad de los seres humanos, “pues –siguiendo con Gómez– el moldeamiento del ch’ulel es el que hará a una persona responsable de sus actos, que acatará las normatividades impuestas y aceptadas por todos los miembros de la comunidad, sólo así será una persona a la que le ha llegado su sch’ulel, su alma: conciencia”. Lo anterior comporta una condición fundamental para el entendimiento del ser humano inserto en un entramado social al que se debe y del que deriva necesariamente y al que difícilmente se puede traicionar sin que existan consecuencias importantes. Como lo comenté en aquella ocasión, mucho hay que aprender de estas comunidades, especialmente cuando en unos cuantos días habremos de tomar decisiones que afectarán al país y que no se trata de un tema menor… Reflexionemos: nuestros/as representantes o aspirantes a ¿merecen acaso el epíteto de “sabios”?; ¿podríamos nombrar a alguno nakanvanej?; ¿les ha llegado su sch’ulel siquiera? He de decir que todas estas cuestiones han rondado mi cabeza desde el momento en que estuve en la presencia de semejantes personajes que te llevan a la reflexión y al escrutinio de tu propia conciencia. Decisiones difíciles sin duda y que hay que tomar con seriedad. Bien haríamos en consultar con nuestro propio sch’ulel, si es que ya lo encontramos.

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