Logo de La Jornada de Oriente
Cargando...

Muertos

Por: Israel León O’farrill

2012-11-01 04:00:00

 

Una de las consecuencias directas de la inmersión de nuestro país a esa mal entendida “modernidad” –que hoy ve en la globalización y en el neoliberalismo salvaje unos de sus productos más agresivos y destructivos– es que se van cimentando verdades absolutas y generalizaciones absurdas del folklore y su expresión. La fiesta de muertos es uno de los ejemplos más claros de esta afirmación, no sólo porque se ve constantemente modificada por las influencias actuales, sino porque desde la construcción ideológica de nuestro nacionalismo después de la Revolución, se ha visto inmersa en esas mismas generalizaciones con independencia de las influencias exógenas. La fiesta de muertos se sustenta en ciertos presupuestos que le restan independencia e individualidad y que la paralizan en una fotografía cómoda para el discurso generalizador que es explotado por el mercantilismo y el desarrollo mediático.

Uno de esos presupuestos es que el mexicano se burla de la muerte, vive la fiesta como un auténtico carnaval. El color de flores y papeles picados, la elaboración de calaveras de azúcar y su personificación, de panes de diversa índole con colores y la explosión simbólica y de color que implica la ofrenda, todo eso se suma para dar la idea falsa de que convivimos con la muerte y nos reímos, que mostramos una actitud burlesca frente a lo inevitable. Los hay incluso que, sustentados en una mala lectura de Paz en su Laberinto… dicen que para el mexicano todo es jolgorio y la muerte sólo es una fiesta más; sin embargo, Paz nos dice que “Todo está lejos del mexicano, todo le es extraño y, en primer término, la muerte, la extraña por excelencia. El mexicano no se entrega a la muerte, porque la entrega entraña sacrificio. Y el sacrificio, a su vez, exige que alguien dé y alguien reciba. Esto es, que alguien se abra y se encare a una realidad que lo trasciende. En un mundo intrascendente, cerrado sobre sí mismo, la muerte mexicana no da ni recibe; se consume en sí misma y a sí misma se satisface. Así pues, nuestras relaciones con la muerte son íntimas –más íntimas, acaso, que las de cualquier otro pueblo– pero desnudas de significación y desprovistas de erotismo. La muerte mexicana es estéril, no engendra como la de aztecas y cristianos”. Dicha esterilidad, sin embargo, es una lectura superficial de Paz. La muerte existe entre muchas comunidades como una presencias perenne y parte del orden de las cosas; íntima, sí, pero indudablemente integrada al quehacer cotidiano.

El otro presupuesto es que la fiesta de muertos es una, monolítica y estática, esto es que es idéntica en toda la República; de ahí que si en el centro del país –que es de donde surgen todas las supuestas “tendencias”– la fiesta cambia, es lo mismo en todo el resto del territorio nacional. La realidad, empero, es que esta fiesta en sumamente diversa, lo mismo que su expresión. De acuerdo a Catherine Good en su monografía sobre los Nahuas del Alto Balsas, en Guerrero, ellos “mantienen una relación muy estrecha con sus difuntos, que se expresa ritualmente en diferentes momentos del año. Ponen ofrendas para ellos en el aniversario de su muerte, cuando se casa algún miembro de su familia, cuando se construye una casa y cuando hay enfermedades o sueños extraños; (…) un difunto no deja de pertenecer a su familia ni a su comunidad; simplemente deja su cuerpo físico y se convierte en ‘almita’”. En Campeche y Yucatán las fiestas de muertos duran un mes completo en que los muertos permanecen entre los vivos… una fiesta, que por cierto, comporta múltiples expresiones y tradiciones que pueden parecernos sórdidas, como aquella que se desarrolla en el poblado de Pomuch, en Campech, y que implica que los familiares del difunto limpien sus huesos una vez transcurridos tres años del entierro, y colocarlos en cajas adornadas con telas bordadas o estampadas de colores que serán su vestimenta, y que son colocadas al aire libre en nichos accesibles a cualquiera. En estos días de muertos, los familiares vuelven a limpiar los huesos y les platican a sus familiares difuntos sobre las andanzas de los vivos, es decir, los hacen partícipes de un ámbito en el que no están materialmente, pero que de esa manera jamás abandonan. Por otro lado, tanto en Campeche como en Yucatán se cuece y se come un tamal especial denominado “Pibi Pollo”, que tradicionalmente se prepara bajo tierra a las brazas –como se hace con la barbacoa–, reminiscencia acaso de un pasado prehispánico en alusión al inframundo. En Nunkiní, Campeche, se consume el último día de noviembre para despedir a los difuntos. Se coloca el tamal junto con otros elementos en un altar –con velas blancas para los muertos grandes y de colores para los niños– y se les reza en lengua maya con el objeto de recordarlos y despedirlos. Acá mismo en Puebla las festividades son diversas también. Baste ver lo que se hace en Huaquechula y poblados aledaños con la construcción de altares a los difuntos recientes, que son verdaderos portentos de diseño, arte y contenido simbólico que bien pueden representar la complejidad absoluta de la celebración de muertos. Por tanto, reducir su desaparición a la introducción de calabazas y murciélagos a las ofrendas es subestimar el poder de la relación vida–muerte que existe en muchísimas regiones de nuestro país y que trasciende por mucho la fotografía de la que hablamos; más bien se ubica en la vena misma de la cultura, en su plasticidad y movilidad con fuerza inusitada.

Share
La Jornada
Nacional Michoacan
Aguascalientes Guerrero
San Luis Veracruz
Jalisco Morelos
Zacatecas  
Tematicas
Defraudados Izquierda
AMLO Precandidatos 2012
Servicios Generales
Publicidad
Contacto
© Derechos Reservados, 2013. Sierra Nevada Comunicaciones S.A. de C.V.