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Los enchilados

Por: Juvenal González González

2013-05-23 04:00:00

La política es un acto de equilibrio entre la gente que quiere entrar y

aquellos que no quieren salir.

Jacques Benigne Bossuet

 

Una gran amiga me escribió, refiriéndose a mi artículo anterior (Contra los saqueadores: Cruzada nacional abstencionista), “Creo que te estás enchilando”. A lo que contesté que, efectivamente, estoy muy “enchilado” con lo que está pasando en nuestro país. Al mismo tiempo otro amigo lector me dice: “Soy un mexicano más, como tú, que yaestoy hasta la madre de tanta pinche transa de los políticos en este país (de todos los colores)”.

Y basta con entrar a cualquiera de las “redes sociales” o leer los comentarios que envían los lectores a cualquier página abierta a la vox populi, para constatar que hay demasiada gente “enchilada”. Incluso creo que mi amiga hizo un gran aporte al mexicanizar el término “indignados” que se ha generalizado en el mundo de habla castellana. Acá podríamos hablar del movimiento de “los enchilados” a poco no.

Y este hipotético movimiento de “los enchilados” podría ser el núcleo promotor de la hipotética Cruzada nacional abstencionista. Cierto que cada vez que se llama a la abstención, con o sin adjetivos, la invariable objeción es que se renuncia a participar y, con ello, se dejan las decisiones a “otros” y se pierde el derecho a criticar.

Esos son los ejes de la nutrida propaganda electoral; participa, vota, decide. Lo cual es, en efecto, propaganda, no más que eso. Porque, en los hechos, el llamado proceso democrático se convierte en el mecanismo legitimador que permite a las élites del poder justificar sus arbitrariedades.

Toda la parafernalia electorera, eufemísticamente llamada fiesta democrática, se reduce a votar. Contados los votos, “haiga sido como haiga sido”, se acabó la fiesta. Luego viene la cruda; para los electores, claro; comienza con las protestas y denuncias poselectorales que, salvo las excepciones de la regla, terminan en las grises gavetas del olvido; y continúa con el arbitrario ejercicio del encargo público “obtenido en las urnas” que suele durar tres o seis años, según el cargo.

Lo cierto es que en ningún caso los ingenuos y sufridos electores vuelven a ser tomados en cuenta. El ungido puede resultar un vulgar ratero (raramente, jeje); incumplir sus promesas e incluso hacer lo contrario a lo prometido; abandonar el encargo en pos de un hueso mejor; cambiarse de partido; en fin, hacer lo que le pegue la gana sin rendir cuentas y sin que nadie se las pida y seguir tan campante su exitosa carrera política.

Por eso la cruda suele ser terrible, acarrear severos dolores de cabeza, náuseas, escalofríos y temblores incontrolables. Porque los abnegados patriotas durante las campañas electorales salen a las calles, recorren pueblos y colonias, y tocan a la puerta de las casas; siempre sonrientes, comunicativos, amigables y hasta simpáticos. Pero luego de la elección vuelven a su estado natural; auténticas bestias peludas, intratables, ignorantes, ineptos, corruptos y sangrones.

Y una vez que pronuncian el mágico conjuro: “Sí protesto”, se jodió Francia. Porque ya no hay manera de exigirles maldita cosa. Adquieren un fuero que los hace intocables y no hay poder legal, humano o divino que pueda quitarlos. Salvo la santa muerte.

Es entonces que les llega la hora de tirar cuetes, de recuperar los costos de sus millonarias campañas y pagar deudas (económicas y políticas). Para ello tienen que recurrir a las viejas medidas –dolorosas pero necesarias– de sangrar al erario, vender sus votos en los congresos, traficar sus influencias, negociar contratos y obras, ofertar permisos y concesiones, exprimir los bolsillos de los ciudadanos y todas esas linduras que tan bien se les conocen.

Y mientras presumen las suntuosas obras, que tan buena lana les dejan, los servicios de salud carecen de lo indispensable, las escuelas están ruinas, las calles destrozadas, las viviendas sin agua, los campos abandonados, las fábricas cerradas, las oficinas públicas atestadas, los servicios caros y malos, y así hasta el infinito y más allá.

Claro que la cosa no es pareja, no podría serlo, en este capitalismo de compadres los empresarios vinculados a la élite política se la pasan de poca. No en balde nuestros millonetas ocupan honrosos sitios en las listas de Forbes y la alta burocracia disfruta de cabal salud económica, sin que nadie les ande hurgando el origen de sus fortunas, ni a unos ni a otros.

Nada nuevo bajo el sol. Los poderosos (y los aspirantes) andan en lo suyo, a saber: acumular más riqueza y más poder. Para ellos la democracia no es sino una coartada y no tienen mayor interés en modificar las reglas del juego. Frente al búnker que se han construido y del cual solo ellos tienen llave, los ciudadanos no pintan, aunque se le hace creer que al votar son parte del juego.

Mientras no cuenten con organizaciones propias y fuertes, capaces de disputar en serio espacios de poder, los ciudadanos tienen que inventarse formas de expresión y protesta que, al menos, debiliten al “sistema” que les cierra el paso.

La abstención puede ser un buen instrumento de lucha para abrir el ostión. Ya ronda el 50 por ciento ¿Qué tal si llegara a un 70 u 80? Piénsele mi amigo. Enchilados pero no pasivos.

Cheiser: La zacapela en turno corresponde a las tribus del PAN. Los hijos del calderonismo, responsables directos de la derrota que les costó la presidencia, se resisten a soltar el hueso y están enfrentados contra la actual dirección de su partido. Pero no hay cuestiones ideológicas ni programáticas en pugna, es el poder lo que se disputa, es decir la lana. 

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