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Letras indígenas

Por: Israel León O’farrill

2012-06-07 04:00:00

Durante una reciente visita a Chiapas, tuve la oportunidad de participar en un encuentro con miembros de la Unidad de Escritores Mayas Zoques A.C. en la ciudad de San Cristóbal, Armando Sánchez Gómez, tseltal y Mariano Reynaldo Vázquez López, tsotsil. Ambos, como se ve, son indígenas que han dedicado sus vidas a escribir tanto poesía como cuento; ambos géneros alimentados, según ellos mismos comentan, con la riqueza oral de sus propias comunidades. Este hecho, de por sí es sumamente interesante, aunque el asunto dista de ser entendible al reducirlo a la expresión del “folclore” indígena traducido a un lenguaje fácil de entender para todo el resto de los mortales que compartimos el “mundo occidental”. Detrás de este fenómeno hay muchísimos otros elementos a analizar, algunos que incluso escapan el dominio de estos mismos escritores. Primero que nada, el inusitado impulso que recibió todo aquello relacionado a lo indígena en Chiapas producto del alzamiento zapatista en 1994, desde el gobierno federal, el estatal y por parte de organismos internacionales. Es difícil de comprender y asimilar lo mucho que habrá cambiado el estado del sur a partir de este acontecimiento. 

No obstante lo anterior, se han dado iniciativas sumamente interesantes y productivas, y una de ellas sin duda es la producción que ha surgido del trabajo de estos escritores indígenas. Después de muchos años de existencia, tienen en su haber varias revistas, libros personales y antologías, y varios talleres de creación literaria dirigidos a niños. La creación de un grupo de escritores indígenas se remonta a 1992 en que se publicaba su trabajo en revistas literarias, y a 1993 en que tomaron talleres literarios con el escritor Carlos Montemayor. De hecho, Montemayor le publicó a Sánchez tres libros y le decía constantemente que le mandara material pues había recursos para publicarlo. Más adelante, posterior al movimiento zapatista, recibieron la casa que es hoy la sede de la Unidad. Dicen ellos que han vivido momentos difíciles a lo largo de los años con otras organizaciones indígenas pues “nuestros compañeros indígenas están enfermos del alma y nos han querido quitar la casa…”, como dice Sánchez.  En todo caso, hoy viven una vida compartida entre la literatura y la enseñanza pues ambos son profesores. En el ámbito literario, hay que decir que gozan de un reconocimiento considerable, sobre todo en espacios no indígenas; la cosa cambia cuando consideramos su presencia en sus propias comunidades. De acuerdo a lo que ellos nos comentan, hay muy poco interés por parte de sus comunidades por el trabajo que hacen. Será quizá porque el sustento de sus historias y de la poesía es su misma oralidad que se ve registrada en letras latinas y que se encapsula en las páginas. Acaso el formato mismo del libro produce una barrera natural con comunidades que han vivido siglos de exclusión representados por el color de la piel, sus tradiciones y a través del conocimiento y la intelectualidad.

Todos estos son cuestionamientos que se nos escurren de la mente mientras estos escritores hablan y comparten su historia, triunfos y frustraciones –una de ellas, que hay ya pocas becas, seguramente por el decremento del interés en un zapatismo cada vez más diluido a los ojos internacionales–; hay preguntas que quedan en la mente y que no son formuladas, pues cuesta trabajo digerir todo aquello que está siendo dicho. Con independencia de lo anterior, sus propias letras, colmadas del sentir, conocimiento y cultura de sus propios pueblos tienen la palabra. Como diría Vázquez en su poemario Nichim vayichetik (Orquídea de sueños) al componer una poesía a su lengua, el tsotsil: “Cráter que bulle: voz, idea, color del pensamiento, pensamiento de hombres de maíz, de mujeres tejedoras de sueños. Por ti laboro la tierra, por ti contemplo el cielo”. Snopbenal yu’un vinik iximetik (pensamiento de hombres de maíz)… visión poética de una realidad en esas tierras: el hombre es de maíz y se debe a él, no sólo en una relación alimenticia, sino de vida, de existencia y, por tanto, de poiesis, de creación. Más adelante, al hablar de Zinacantán, Vázquez lo canta como “Lugar de los antiguos murciélagos, plaza de los señores  rayos, señores del día y de la noche; tus pobladores labran historia, siembran flor en tu cuerpo…”. Hay profundas raíces que se extienden a un pasado remoto que está vivo en la cotidianidad, en el rezo, en el canto. En tseltal, Sánchez le canta a la Siembra (Ts’unbajel) “Señora madre–tierra (Ch’ul jme’lum k’inal), desde hace seis meses te quité los ropajes arbolados para depositar en tu cuerpo tres a cinco granos de maíz…” o a la sabiduría dejada ir… “Vi caer un árbol viejo de K’antulante’ lleno de flores pequeñas sobre sus ramas –era mi abuelo– se fue con su sabiduría, poco aprendí…” También Elvira de Imelda Gómez Díaz, de habla zoque, le canta a la tierra en Yik’ Lum: “Tu cuerpo pintado con olor a tierra se envuelve entre el viento fresco [de la tarde. Tu piel barnizada de polvo habla de tu existencia durante el día. Tus huesos agotados por la fatiga destilan cansancio durante la noche… mientras… la lluvia… baña… los surcos de la siembra”. Hay vida y tradición en sus letras a tal grado que apenas alcanzamos a tener un atisbo de su cultura en estos ejemplos domesticados por el papel, de la oralidad que se ve canalizada por la mano del artista. Nos invitan a seguir leyendo y reflexionando junto con ellos sobre el sentir de todo lo que nos rodea.

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