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Lengua y cultura

Por: Israel León O’farrill

2012-09-06 04:00:00

 

El asunto de las lenguas es un tema en extremo interesante y sumamente complejo, en especial cuando reconocemos que existen diversidad de lenguas y que cada una se encuentra vinculada a una cultura. En efecto, sea porque es expresión de la misma y sirve como herramienta fundamental para la autodescripción de la comunidad de la que se trate; sea porque gracias a ella y a su estructura podemos adentrarnos a la construcción cognitiva de esa comunidad. Lévi–Strauss en uno de sus ensayos de Antropología Estructural afirma que “el lenguaje aparece también como condición de la cultura en la medida en que ésta posee una arquitectura similar a la del lenguaje”. Se trata de un entramado en el que descansa la cultura y que la puede explicar. Por su parte, Clifford Geertz –que critica acremente la anterior postura– en su libro La Interpretación de las Culturas, comenta que “el mundo cotidiano en el que se mueven los miembros de una comunidad (…) no está poblado por seres humanos sin rostro, sin cualidades, sino que lo está por clases concretas de determinadas personas (…) Y los sistemas de símbolos que definen a esas clases no están dados en la naturaleza de las cosas, sino que están construidos históricamente, son socialmente mantenidos e individualmente aplicados”. Es decir, que dependen de los ritmos y necesidades de contextos específicos y no son discernibles a través de las estructuras meramente –como una gramática universal sino a través de las relaciones que se dan entre estructuras culturales, lo mismo que entre individuos. La lengua se supedita a la cultura y no viceversa.

Como vemos, la lengua puede ser un elemento identitario fundamental, pero también puede ser moneda de cambio –como el inglés– o presa de políticas turísticas absurdas. Tim Trench comenta, citando a MacCannell, que “la mejor indicación de la victoria final de la modernidad sobre otros arreglos socio–culturales no es la desaparición del mundo no moderno, sino su preservación y reconstrucción artificial en la sociedad moderna”. Lo anterior está citado en un estudio que hace el primero sobre las representaciones y sus impactos (Liminar, 2005, año III, número 2), en el que comenta que los lacandones han sido aprovechados como fuente de recursos turísticos y se han reforzado de manera simulada especialmente su imagen. Algo similar podría estar pasando en San José, en Petén Guatemala con la población Itzá.

Como parte de mi investigación,entrevisté a algunos habitantes y autoridades diversas del pueblo de San José que está en un esfuerzo por recuperar su propia identidad; ahí se encuentra la Academia de las Lenguas Mayas que intenta rescatar el idioma itzá, en franca extinción. De hecho, es una subsede de la principal que está en la capital y que se dedica al rescate de las lenguas guatemaltecas. También hay una iniciativa denominada Bio–Itzá, cuyo interés es la preservación del saber popular en relación con la medicina tradicional y la convivencia con la naturaleza; además, se dedican a la enseñanza del idioma español a extranjeros, lo que les genera buena parte de sus recursos. Sin embargo, pese a que los esfuerzos llevan muchos años, al parecer las iniciativas se encuentran en un atasco producto del tiempo. Ya en su libro Adivinos del Agua (UNAM, 2010), el antropólogo José Alejos García dio cuenta de las problemáticas identitarias de los itzaes de San José, en un trabajo etnográfico interesante; ahí encontramos desmenuzadas las dificultades de la población que, a la par de estar motivadas por siglos de dominación blanca y ladina, también han sido propiciadas por gobiernos corruptos, dictatoriales y por políticas anti indígenas que han ido mermando de manera continua –sea explosivamente o gradual– muchas culturas y sus lenguas. En este sentido, Meregildo David Chayax Huex, presidente de la Academia en San José me comentó que, por políticas estatales, los ancianos, que son los que hablan la lengua itzá, no pueden enseñar pues  “exige (el Estado) que quien enseñe tenga un título… hay jóvenes hoy que en el proceso van aprendiendo y enseñando”, pero no es suficiente. Para él, el asunto es tajante: “Si nosotros perdemos nuestra lengua, perdemos parte de nuestra cultura (…) 100 personas hablan itzá en la región –básicamente ancianos; los que entendemos somos unas 200 personas. Rescatar algo es difícil, perderlo es lo fácil”. Como se ve, la situación es grave, pero no sólo porque se trate de un código que está por desaparecer, sino porque se trata de comunidades completas que están cifrando en su lengua la permanencia de la cultura. Para Reginaldo Chayax Huex, otrora director de la Academia y ahora director de Bio Itzá, tanto el egoísmo como los intereses personales han tirado los esfuerzos. Los jóvenes que enseñan ahora la lengua, no conocen la cultura y por eso, su enseñanza es parcial. Los itzaes de la región corren el riesgo de ser “folclorizados” y puestos en vitrinas para ser exhibidos como animales raros, como quizá está sucediendo con los lacandones; de igual manera, se correo el riesgo de que la reconstrucción de su lengua se manifieste por todas las razones incorrectas y, por ese afán se pierdan muchos otros elementos culturales que todavía permanecen. La lengua es caprichosa, pero en manos incorrectas puede ser más un panfleto que un instrumento de refuerzo identitario. 

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