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La música no sirve para nada

Por: Jesús Echevarría

2012-05-24 04:00:00

La música no sirve para nada, dijo Margarita de Leonardo, una querida amiga, durante una asamblea de maestros voluntarios. La frase irrumpió en medio de un debate donde se cuestionaba la utilidad de abrir un taller de música en una pequeña comunidad rural de escasos recursos. El grupo de maestros voluntarios tampoco contaba con muchos recursos, razón por la cual, se había puesto en duda que la enseñanza de la música fuera lo más urgente, útil o pertinente para la gente de la comunidad en cuestión. En opinión de muchos era más provechoso impartir un taller de carpintería, o de costura, o de técnicas de mejoramiento agrícola, o de recuperación de agua de lluvia. En medio de estas opiniones, la frase de Margarita: la música no sirve para nada, produjo desconcierto y silenció por unos momentos a nuestra pequeña asamblea. Yo interpreté la frase como una provocación, como un recurso, para forzar el debate a un plano más profundo, más allá de un planteamiento meramente pragmático o utilitario.

En la obra teatral “Este es el juego”, de la dramaturga Norma Román Calvo figura una escena donde “Pérez”, el protagonista, es cuestionado por sus padres cuando les comunica que ha decidido dedicarse a estudiar la flauta.

–¿Cuánto te va a producir? –dice la madre.

–¡Satisfacciones sin fin! –responde un Pérez ufano.

–¡En dinero, en dinero! –le contesta tronante el padre.

Evidentemente hay muchos argumentos que oponer a esta posición excesivamente utilitaria, pero ¿qué hay de cierto en lo que cuestionaban aquellos maestros voluntarios y que preocupaba a los padres de Pérez?: ¿Tiene utilidad la música?

En el prefacio de su libro: Musicofília, Oliver Sacks  aborda el tema desde la perspectiva biológica y psicológica, proporciona una cita de Charles Darwin en El origen del hombre: “Como ni el disfrute de la música ni la capacidad para producir notas musicales son facultades que tengan la menor utilidad para el hombre (…) deben catalogarse como las más misteriosas con las que está dotado.” 1

Sacks abunda sobre el tema citando también a Steven Pinker, profesor de psicología de la universidad de Harvard:

¿Que beneficio se puede sacar de dedicar energía a hacer ruiditos de plin, plin? (…) Por lo que se refiere a la causa y el efecto biológicos, la música no sirve para nada (…) podría desaparecer de nuestra especie, y nuestro estilo de vida permanecería prácticamente inalterable”.2

Según explica Sachs, siguiendo siempre con Pinker, la música y las artes en general no son adaptaciones evolutivas directas. Las señales que percibimos nos proporcionan placer cuando están relacionadas con procesos adaptativos, como la seguridad, el sexo, el cobijo, el alimento, etcétera. Respecto a esta relación entre los procesos adaptativos y el placer (o dolor) que proporcionan, dice el doctor Enrique Soto, del Instituto de Fisiología de la UAP:

El placer es una expresión psíquica básica que se ha desarrollado a lo largo de la evolución y contribuye a la adaptación al medio ambiente. Placer y dolor forman un par indisoluble que constituye uno de los principales motores de la conducta, no es una dicotomía fácil, sobre todo cuando de humanos se trata: hay dolores placenteros (masoquismo) y placeres dolorosos (el amor del poeta o, más mundano, la comida picante). Los mecanismos neuronales que disparan esa sensación que llamamos placer contribuyen a actos tan básicos como buscar el pecho de nuestras madres para amamantarnos”. 3

Pinker, en el citado libro de Sacks, no cree que la música ni ninguna de las artes, sean adaptaciones evolutivas directas. Sin embargo es obvio que el ser humano, en general, experimenta placer con la música y el arte. Al respecto dice Pinker:

“Es posible que sean productos secundarios de otros dos rasgos: los sistemas motivacionales que nos proporcionan placer cuando experimentamos señales que guardan correlación con resultados adaptativos.(…) nuestras capacidades musicales son posibles gracias al uso, la colaboración o la participación de sistemas cerebrales que ya se han desarrollado para otros propósitos. Esto puede tener que ver con el hecho de que no se exista un <centro musical> único en el cerebro humano. (op. cit. p 11)

La importancia que tiene la música para nosotros es evidente desde el momento en que está presente como algo fundamental en todas las culturas, independientemente de: “…hasta que punto las aptitudes y sensibilidades musicales  humanas poseen su propia senda neurológica o son productos secundarios de otras capacidades”. (op. cit. p11) Sacks escribe que a nuestra percepción estructural de la música, es decir, a como la construye o reconstruye nuestro cerebro, se añade una profunda reacción emocional, y cita a un filósofo, Schopenhauer:

La inexpresable profundidad de la música tan fácil de comprender y sin embargo tan inexplicable, se debe al hecho de que reproduce todas las emociones de nuestro ser más íntimo, pero de una manera totalmente falta de realidad y alejada de su dolor (…) La música expresa sólo la quinta esencia de la vida y sus acontecimientos, nunca éstos en sí mismos. (op. cit. p12)

Hablando de filosofía presento ahora algunas concepciones sobre el sentido del arte. Susanne Langer, dice que: “… expresa la naturaleza del sentimiento humano, es decir, los ritmos y conexiones, las crisis y rupturas, la complejidad y la riqueza de lo que a veces es llamada “vida interior” del ser humano.”4 Langer concibe el significado de la danza, como una imagen (dinámica) cargada de sentimiento y explica que aunque una creación es una mera apariencia, es objetiva, pues: “…expresa la naturaleza misma del sentimiento. Por consiguiente, constituye una objetivación de la vida subjetiva y otro tanto es válido en cuanto a todas las demás obras de arte.”

Lev Vigotsky enriquece el enfoque filosófico –estético– con el psicológico. Para ilustrar su pensamiento cita a Sachs y Rank, quienes afirman que los sentimientos que experimentamos en la vida cotidiana tiene un carácter distinto que los que proporcionan las obras de arte, sensaciones que evitamos en la vida diaria, extrañamente las buscamos en el arte, “esta modificación estética del efecto del sentimiento de lo doloroso a lo placentero representa un problema, cuya solución puede darse únicamente mediante un análisis de la vida anímica inconsciente”.5  Aaron Copland opina acerca de lo que nos transmite el creador musical: “…nos da, sin relación con “acontecimientos” exteriores, la quintaesencia de sí mismo, es porción que entraña la expresión más plena y profunda de sí mismo en cuanto hombre y de su experiencia en cuanto a semejante nuestro: 6 (subrayado mío).

Adolfo Sánchez Vázquez, en su introducción a Estética y marxismo, nos presenta la concepción social de lo estético –que sostienen, entre otros, Pavlov y Fisher– donde la relación estética se desarrolla sobre una base histórico–social en el proceso de humanización de la naturaleza mediante el trabajo. Sánchez Vázquez explica que esta concepción está plasmada en los Manuscritos filosófico–económicos de 1844, de Karl Marx, en donde éste señala: “…el arte –como el trabajo– se presenta en relación con la necesidad del hombre de objetivar sus fuerzas esenciales, es decir, creadoras.” 7

En este pequeño repaso de concepciones hay varias coincidencias, a pesar de que pertenecen a distintas tendencias filosóficas. Entre ellas, que el arte transmite nustra manera de sentir el mundo, de estar en él, el arte es una estructura coherente que podemos decifrar y reconstruir, disfrutar o sufrir, vívidamente. También que el arte representa o simboliza nuestra capacidad transformadora, esto es: que la facultad de crear está en nuestra especificidad humana. Nos reconocemos en lo creado –objetivación– y también en la capacidad de crear y en la capacidad individual del que crea la obra. Un oyente puede decir del compositor o del intérprete al escuchar un concierto: Ese es como yo y yo soy como él, por tanto lo que escucho, me significa a mí. Ésta es su utilidad.

Por una curiosa casualidad, mientras escribo este texto,  recibo un correo electrónico de una amiga guitarrista. Me transcribe esta reflexión del pianista y compositor Darién Stavans:

“El arte es todo aquello que prácticamente no sirve para nada”, y cuando me refiero prácticamente quiero ser muy claro en el entendido de que antes de que el arte tenga cualquier aplicación y/o negociación de mercado, no cumple ninguna función práctica en su concepción original.8

Pero me pregunta mi primo Pancho (a) El Chopin: ¿Qué sucedió con aquella asamblea de maestros voluntarios? ¿En que paró la discusión? ¿Abrieron el taller de música en esa pequeña comunidad? La respuesta es sí. En aquel caserío de escasas 10 familias había tres grupos profesionales de música, un mariachi, un grupo de cumbias y uno de rock. Para ellos el taller era de obvia utilidad. La música, entre muchas otras cosas, es también una forma de ganarse el sustento. 

 

 

1Oliver Sacks, Musicofília, p, 10. Anagrama, Barcelona, 2007.

2Oliver Sacks, Musicofília, p 10. Anagrama, Barcelona, 2007.

3Enrique Soto. Revista Elementos No 64, pp 53–58Benemerita Universidad Autónoma de Puebla. www.elementos.buap.mx, 2006.

4Susanne Langer, Los problemas del arte, p 18. Ediciones Infinito, Buenos Aires, 1996 (1957).

5O. Rank y H. Sachs, La importancia del psicoanálisis en las ciencias del espíritu, San Petesburgo, 1913.

6 Aaron Copland, Como escuchar la música,  p 197. Fondo de Cultura Económica, Breviarios, México, 1982 (1939)

7Adolfo Sánchez Vázquez,Estética y Marxismo, p 31. Educiones Era, México, 1970.

8 http://www.darianstavans.com/ blog

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