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Juventud

Por: Israel León O’farrill

2012-05-24 04:00:00

Durante el Segundo Congreso de estudiantes de Posgrado de la UNAM compartí mesa con un colega del doctorado en Estudios Latinoamericanos cuyo tema se centraba en el concepto de “juventud” y su aparición en nuestro país. La afirmación implicaría que, antes de que apareciera el concepto no existía lo que podríamos denominar juventud; sin embargo, la lógica nos obliga a aceptar que la juventud siempre ha existido, pero no como un concepto y mucho menos como algo que debiera ser entendido y ubicado en un espacio dentro del panorama de la vida de las personas. Es decir, hasta hace unos años, se era niño y al desarrollar un poco de vello púbico y al poder preñar o ser preñado, se pasaba directamente a la vida adulta. Desde hace años ya, se reconoce que existe la juventud y tal reconocimiento lleva implícitos derechos, oportunidades, obligaciones e innumerables aspectos fundamentales a considerar como la salud –mental, física, sexual–, la alimentación, vivienda, educación, trabajo y otros que hacen que por fin puedan tener un lugar establecido entre el mundo supuestamente “correcto” de los adultos y el de los niños –que han de ser llevados de la mano para que arriben “sanos y bien educados” a ese mundo “correcto” de nosotros los adultos–, lo que los debería de dotar de una personalidad. De acuerdo con la Organización mundial de la Salud (OMS) y al Fondo de Naciones Unidas para la Población y el Desarrollo (UNFPA), la juventud está considerada entre los 10 y los 24 años, y no queda muy clara la diferenciación entre adolescencia y la juventud, o cuándo se deja de ser adolescente; por otro lado, en mi práctica cotidiana con los jóvenes a través de mi trabajo como docente universitario, he comprobado que tales diferencias son todavía menos claras.

Ser joven en nuestros días no es tan sencillo: constantemente se duda de su inteligencia, personalidad y capacidades en general para la vida. Se podría argumentar que, al ser unos costales de hormonas, su capacidad de decisión está supeditada a la montaña rusa emocional en que se encuentran; incluso se podría decir que por estar inmersos en un mundo cada vez más digitalizado, resulta que son más individualizados y poco solidarios con el mundo que les rodea. Difiero por completo de semejantes afirmaciones. Cierto, sus hormonas y el sexo constante no tienen nada de especial; por otro lado, tampoco la tiene el hecho de que su mundo esté ocupado una buena parte del día por la red y sus productos. Hace unos días, asistí a un seminario cuyo tema central eran los jóvenes y las hipermediaciones. Ahí se dijeron cantidad de cosas con las que no estoy de acuerdo, pero una de ellas fue el hecho de que los jóvenes no se relacionan ya de la misma manera que lo hacían hace años, que ya no se interesan en el mundo en el que nos desenvolvemos los adultos y que ya nunca canalizarían sus inquietudes por nuestras vías… Los jóvenes de hoy son dinámicos y multifacéticos al grado de estar interesados en muchas cosas a la vez; los vemos preocupados por las cosas más superficiales y las más densas a la par; sí, aunque no se crea, comprenden y consumen discursos de libros, de los académicos y revistas “densas”, y sin chistar pueden migrar a chutarse un cómic o a disfrutar las mieles de la voz y aspecto de la Tigresa del Oriente… En efecto, son enteramente capaces de comprender la vastedad de la información que hay en la red, diseccionarla y encontrar lo que más tiene sentido; a la vez, asumir identidades desde su propia individualidad y construir su propio concepto de identidad y de individuo muy a pesar de lo que la academia y los investigadores digan al respecto. Son incluso capaces en verdad para captar el mundillo asqueroso de la política, tema tan serio para nosotros los adultos y en el que asumimos –en algún momento me incluí en este pensamiento catastrofista, lo admito– que ellos jamás se involucrarían y dejarían que la bola de rucos malandrines y “ojos” decidieran su futuro. Los chicos de la Ibero, del Tec, del ITAM, de la UNAM y del movimiento “Somos 132” nos abofetearon con su presteza, amplio sentido de lo moral y arrestos –aspectos que nuestra sociedad domestica en el individuo en el paso a su vida adulta– y nos hicieron ver que están ahí y no se dejarán amedrentar. Se manifiestan en la red y en las calles con la misma soltura que los más viejos… ¿eso está mal? ¿Son retrógradas por ello?

Las reacciones al movimiento no se han hecho esperar y lo han minimizado y ridiculizado. Primero los dinosaurios de toda la vida, que cual cuento de Monterroso, siguen ahí y que no vemos el momento en que se vayan como vaticinó en su momento Charly García; después, periodistas intolerantes y poco comprometidos con la sociedad a la que se deben y que habrán de demeritar cualquier movimiento tan sólo porque no procede de sus vísceras hambrientas de protagonismo o recursos espurios. Ahora vemos que la empresa de Santa Fe trata de capitalizar a como dé lugar la voz de los muchachos para no quedar como los que los dejaron mudos –sospecho que detrás de la reacción de Televisa hay un interés económico pues estos chicos más adelante serán los que compren publicidad y quizá no olviden tan fácilmente. Me siento orgulloso de los jóvenes de hoy y aunque ruco, quiero asumir que soy otro de los 132… el mundo quizá pueda descansar un poco más tranquilo: hay jóvenes ahí que quieren participar en la construcción de su propio entorno. Congratulémonos todos.

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