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Haluros

Por: Israel León O’farrill

2012-12-06 04:00:00

 

Las tecnologías digitales han llegado para quedarse y poco es lo que puedan ofrecer, dicen los tecnófilos a ultranza, aquellas técnicas cuya labor se antoja hoy artesanal. La labor de la pluma, metáfora hoy del tecleo digital, dista mucho de estar centrada en el trazo. De hecho, la palabra “manuscrito” se puede pensar hoy como un juego de palabras caprichoso. Por su parte, el diseño gráfico ha abandonado ya el pincel de aire, el montaje con pegamentos en aerosol (spray mount) y la entrega de originales tangibles; la misma suerte han corrido el periódico y su diseño pues muy atrás quedaron las galeras, los negativos en fotolito y la formación física de las planas; lo mismo los laboratorios de foto, ampliadoras, espacios de revelado; hoy, puro diseño digital. De hecho, una colega pugna hoy por que sus alumnos tengan el contacto con el papel, que fuera de significar un despropósito, es quizá una necesidad apremiante para evitar el olvido. No obstante, lo que podría representar mejor esta migración hacia lo digital y sus posibles consecuencias en la vida cotidiana es la fotografía, invento genial del siglo XIX que seguramente más de un pintor pensó sería el responsable de la muerte de la pintura que no es más que una interpretación de la realidad; la fotografía, empero, surgió justo para dar una visión “real” de lo cotidiano. El paso de la imagen de la película a lo digital sugiere un nuevo universo sorprendente con implicaciones cotidianas, pero también con riesgos en un sentido mnemotécnico.

La historia de la fotografía va de la mano con descubrimientos científicos que hicieron que la captura de la imagen fuera posible, desde su impresión en placas de metal con emulsiones sensibles en plata llamadas daguerrotipos en honor a su inventor Louis Daguerre, pasando por la invención de la película sensible a partir de haluros de plata, flexible y movible, llegando al papel sensible que junto con la invención de las cámaras portátiles contribuyeron con la “democratización” de la fotografía, pues en su momento ya cualquiera podía producirlas por sus bajos costos. La película y el papel fueron la constante durante décadas hasta la invención del chip en los años setenta que eventualmente trajo consigo la captura y almacenamiento de imágenes a través de intrincados procedimientos digitales. La fotografía en película  –hoy llamada análoga por su contraposición a lo digital– conlleva un maravilloso proceso de captación de luz que hace que en los haluros oxidados se instale la imagen que se habrá de manifestar a través de la acción con sustancias químicas… de igual manera, los procedimientos son sumamente complicados. La diferencia entre ambas tecnologías estriba en que, una es fotosensible y la otra es enteramente digital, con las sutilezas que los conocedores apuntan ya. Lo digital tiene a su favor la inmediatez pues podemos ver ipso facto la imagen recién capturada, condición que ha sido clave para acelerar el trabajo periodístico; lo negativo es que, al tener de inmediato la imagen, el fotógrafo poco entrenado tendrá poca o nula idea de lo que hace, de sus aciertos y errores. De hecho, si la imagen no le convence, simplemente la elimina y vuelve a capturar otra. Por si fuera poco, con lo digital podría incrementarse la idea de que se trata de una actividad que apenas roza lo artesanal. En efecto, escasamente un puñado de fotógrafos han sido considerados como artistas; tales son los casos de Manuel Álvarez Bravo, Lola Álvarez Bravo, de Juan Rulfo –sí, Juan Rulfo–, todos en México; del enorme Robert Maplethorpe en Estados Unidos y el entrañable Henri Cartier Bresson en Francia. La imagen en película ofrece colores en gamas frías y cálidas dependiendo de su constitución; también blancos y negros que como resultado de la sensibilidad a través de los haluros de plata produce contrastes geniales y grises sutiles o profundos, todo ello acompañado del ojo y la voluntad del artífice que combina películas, sensibilidades, calidades de luz, velocidad de obturación, óptica, mecánica, formato y trabajo en laboratorio para entregarnos una imagen en forma que, le pese a quien le pese, el mundo digital todavía no consigue –no al menos al alcance de cualquier bolsillo. La fotografía, indudablemente trasciende el mero acto de accionar el obturador. Enorme desventaja comporta empero, el hecho de que los químicos que se utilizan para revelar y fijar película y papel, sean altamente contaminantes y existan pocas empresas dedicadas a su reciclado; al igual, que para poder trabajar con película es necesario tener conocimientos especializados tanto de la luz, de la película y del funcionamiento de la cámara.

El asunto de fondo radica en la memoria sustentada en la fotografía, que hasta hace unos años había sido recopilada en álbumes y porta negativos; ahora se ubica en discos duros y memorias flash, con todo el riesgo que ello conlleva. Es decir que cuando un ladrón entra a una casa ni se inmuta al encontrar colecciones fotográficas de la familia; pero ve con avidez computadoras, discos duros externos, teléfonos celulares y cuanto aparato pueda ser vendido. Si nuestro pasado en imágenes está en esa modalidad digital, bueno, podemos despedirnos de ello. Sé que existen los sitios de almacenamiento en la red… bien, ¿y si toda la información del mundo está en servidores y éstos se caen? Es momento de preguntarnos qué hacer con la fotografía cuyo valor histórico es fundamental para la memoria de un pueblo… y el olvido es algo que no debemos permitirnos. 

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