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El que se va, el que llega y el que se queda

Por: Juvenal González González

2012-11-08 04:00:00

 

Nunca he podido concebir cómo un ser racional podría perseguir la felicidad ejerciendo el poder sobre otros.

Thomas Jefferson

 

La historia de la humanidad es, en buena medida, la historia del poder. Particularmente del poder político, esfera donde, al menos formalmente, desde siempre se han tomado las decisiones determinantes para el destino de las diversas sociedades del mundo.

Así, política y sociedad, como aquella cápsula antigripal, son dos y se toman juntas. Aquellos que afirman que son apolíticos y que la política les es ajena, son necios y tontos o se hacen. Más allá del voluntarismo individual, las decisiones políticas afectan, en mayor o menor grado, a toda la sociedad.

Es por ello que los cambios de gobierno, independientemente de la forma, despiertan tanto interés. Sin desconocer que en los llamados países democráticos, las elecciones son también un gran negocio mediático y son convertidas en un reality show con todos sus ingredientes de morbo, vulgaridad y amarillismo.

En fin, a lo que quiero referirme es a tres cambios políticos que, lo dicho, afectarán nuestra vida y nuestro entorno presente y futuro. El primero es el inminente y esperado final del sexenio de Felipe Calderón. Periodo caracterizado por una violencia asesina nunca antes vista, que ha cobrado 70 mil vidas y hundido al país en una crisis humanitaria. Este hecho sumado a una larga lista de fracasos, corruptelas, caprichos y sinsabores, es la herencia del calderonato.

Felipe se va y nadie derramará una lágrima de tristeza. Pero nadie debiera olvidar sus arbitrariedades. Como dice Milan Kundera: “La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”.

Y esa debiera ser la primera gran tarea del que llega, Enrique Peña Nieto, exigir cuentas a Calderón y sus amigos. Auditar a fondo su gestión y castigar sus incontables violaciones a la ley y los derechos humanos. Pero las señales van en sentido contrario. Todo indica que nuevamente operó el pacto de impunidad. La inminente aprobación de la ley laboral (patronal) y la compra del suntuoso avión presidencial, entre otros datos, parecen confirmar esa hipótesis.

En la más pura tradición priista, el recién ungido estaba obligado a deslindarse de su antecesor y delinear una política y una estrategia propias, claramente diferenciadas y distantes de “los emisarios del pasado”. Eso renovaba la esperanza sexenal y abría nuevos espacios al gobierno entrante.

Ese es el bono de entrada de Peña Nieto, pero si las múltiples señales de continuismo se confirman, no le durará mucho. Por el bien de todos, sería deseable que no lo dilapidara y emprendiera un viraje significativo respecto a las políticas seguidas en la docena trágica. Soñar nada cuesta.

Respecto al que se queda, Barack Hussein Obama, lo primero que brinca es el nuevo fracaso de la industria encuestadora, tendrán que revisar a fondo sus métodos si quieren sobrevivir. Cierto que Obama no arrasó como hace cuatro años, pero es evidente la diferencia del candidato entusiasta, esperanzador y combativo; con el presidente en deuda con sus propias promesas, acosado por los sectores más reaccionarios y falto de resultados convincentes.

Otro tema relevante fue la ratificación del crecimiento en importancia del voto latino, de los jóvenes, las mujeres, los homosexuales y otras “minorías” hoy indispensables para formar cualquier mayoría. A propósito, la demócrata Tammy Baldwin, ganó en Wisconsin y se convirtió en la primera senadora lesbiana (confesa por supuesto) de Estados Unidos. Los viejos WASP (blancos, anglosajones y protestantes) columna vertebral de los republicanos, con su cultura racista, discriminatoria, hipócrita y mojigata, pasan pausada e irremediablemente a ser minoría en un país multicultural y multiétnico.

Es innegable que Obama heredó un país hundido en una terrible crisis económica, provocada por las políticas neoliberales y las locuras belicistas de Bush y los halcones republicanos. Esa realidad, junto con un Congreso dividido, impidió el despliegue de las políticas de Obama, sobre todo en materia social. Así lo entendieron los votantes y lo expresaron en las urnas.

No obstante, esa situación es insuficiente para explicar el incumplimiento de los ofrecimientos de Obama hace cuatro años, que levantaron una gran ola de entusiasmo y esperanza en los cambios largamente esperados para reconstruir su nación de cara al Siglo XXI, bajo la histórica consigna de Yes We Can.

Consciente de sus deudas, en su nuevo discurso triunfal Obama no hizo referencia a ellas y mucho menos hizo nuevas. En cambio, insistió en llamar a la unidad y al acuerdo a sus adversarios republicanos y convocó a sus partidarios a mantener su compromiso y participación.

Así mismo, destacó la necesidad de que los estadounidenses no se mantengan pasivos esperando que las cosas cambien. “El papel de los ciudadanos en la democracia no termina con el voto” dijo.

Un Obama más experimentado y cauteloso sabe que no basta con “echarle ganas” para lograr los cambios necesarios. Y tal vez ahora pueda, al menos en parte, cubrir sus pasivos. En primerísimo lugar la reforma migratoria. Ni modo que qué.

Cheiser:Junto con la elección presidencial, en cinco estados (Arkansas, Colorado, Washington, Massachusetts y Oregon), con diferentes modalidades, se realizó un referéndum respecto a la legalización del consumo de marihuana. No conozco aun los resultados, pero es un hecho que la legalización es cuestión de tiempo. Eso es lo que hace más absurda, inútil y estúpida la guerra de Calderón. ¿Me estás oyendo Enrique?

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