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El pacto de todos tan temido

Por: Juvenal González González

2012-10-11 04:00:00

 

El derecho viene a perecer menos veces por la violencia que por la 
corrupción.
Enrique Lacordaire
 
El rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, José Narro Robles, puso en primeras planas la necesidad de suscribir un gran pacto nacional. “No sólo para abatir la violencia y mejorar la seguridad, sino para avanzar en todos los aspectos del desarrollo y vencer el estigma de la desigualdad que lamentablemente es un distintivo de México”. Esta exigencia no es novedosa ni reciente. Es un reclamo surgido desde que se rompió el pacto constitucionalista y los ideales de la Revolución Mexicana cedieron paso a los intereses facciosos de las castas privilegiadas de dentro y fuera del país.
Durante la inauguración del V Congreso Nacional de Derecho Constitucional, el rector informó que durante su vigencia de 95 años, la Constitución se ha modificado más de 500 ocasiones, casi un cambio cada dos meses, y en los últimos seis años, uno cada tres semanas. Por desgracia esa fiebre modificatoria, en general, ha sido de signo regresivo, contrario a los principios y objetivos de los constituyentes, particularmente en los temas de desarrollo y bienestar social.
Obreros y campesinos, sujetos de principalísima atención en el texto original de la carta magna, paulatinamente fueron perdiendo espacios y derechos, sometidos en no pocas ocasiones, a condiciones iguales o peores a las que tenían antes de la Revolución. Lo mismo ocurre con los sectores sociales más desprotegidos y marginados. Por eso la pobreza y la desigualdad crecientes, colocan a México entre los países más injustos e inequitativos respecto a la distribución de la riqueza nacional.
Las consecuencias del ensanchamiento de la brecha que separa a los poseedores de los desposeídos, han sido nefastas para todos. Como dijo Lula alguna vez: en este país nadie duerme, unos porque tienen hambre y otros porque temen perder sus riquezas. La vida cotidiana en México demuestra que esa expresión no es una frase huera. El desasosiego, la inseguridad, el rencor, la violencia y otras lacras, se padecen y respiran en los diversos ambientes del país.
También dijo el rector Narro que “México requiere ese gran pacto para avanzar en lo político, económico y social, para tener un diseño institucional y constitucional diferente. Yo no pienso que las fuerzas políticas de este país, en ninguna de ellas, exista realmente el interés de no avanzar en educación, salud, combate a la pobreza, en la lucha contra la desigualdad”.
Pero precisamente ahí es donde la puerca tuerce el rabo. Las fuerzas políticas y los poderes fácticos han sido y son los grandes beneficiarios del status quo, ¿a título de qué habrían de querer modificarlo? de lengua se atragantan de tacos, pero los hechos demuestran su real talante.
Mire usted, un nuevo pacto social tendría que incluir, obligatoriamente, temas como los siguientes: vigencia del Estado de Derecho. El propio Narro reconoce que hoy es imposible hacer exigibles los derechos constitucionales. Eso de que todos somos iguales ante la ley es una vacilada que solo provoca, según el grosor de la cartera, lágrimas y risas. De ahí el desprecio con que los potentados tratan a la plebe.
Otro es el manido asunto de la desigualdad. Tratar con seriedad este tema implica empezar por abatir las brutales diferencias entre las élites políticas y la ciudadanía. Que todos los servidores públicos, desde el presidente de la República al conserje de una escuela, se sometan a un mismo régimen salarial y de seguridad social. Cuando los cargos públicos dejen de ser un privilegio y una patente de corso para el enriquecimiento ilícito, la clase política podrá reivindicar su papel como mediadora de conflictos sociales y promotora de los grandes proyectos nacionales.
Habría que terminar, además, con el régimen de privilegios fiscales y los monopolios privados. Que el Estado sea garante de la prevalencia de los intereses colectivos sobre los individuales. Pemex, por ejemplo, debe seguir siendo propiedad exclusiva de la nación y proveedor de recursos a las grandes obras de infraestructura para el desarrollo y el aseguramiento del bienestar de los sectores más desprotegidos en un sistema capitalista excluyente por definición.
Si las ganancias del sector energético se van al extranjero y a cuentas particulares, como ocurre con los bancos, la crisis financiera del Estado será inevitable y, como siempre, vendrán nuevos recortes en los servicios públicos, educación, salud, pensiones, cultura y el bienestar social en general. Esa película se repite por todo el planeta y (casi) todos se hacen indejos, empezando por los gobernantes y los partidos.
Como ve mi estimado rector, los presuntos abajofirmantes de un pacto nacional, andan en otra onda. Su vida está otra parte. La urgencia del pacto que usted propone es innegable, pero la vía para lograrlo no pasa por los usufructuarios de las penurias nacionales. Para cambiar las cosas en el país se necesita una escalera grande y otra chiquita. Y hartas amígdalas.
Cheiser: El verdadero clásico ibérico. Los españoles tienen derecho a preferir una monarquía parasitaria y un régimen franquista, por la gracia de dios; y los catalanes, por su parte, también tienen derecho a optar por su independencia, al igual que los vascos. Siempre y cuando, claro, así lo decidan las mayorías. ¿No es eso lo que pregonan la democracia y los demócratas? O semos o no semos, pero no nos hagamos.
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