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De secuestros y desapariciones

Por: Juvenal González González

2013-06-13 04:00:00

Llegó el momento en que el sufrimiento de los demás ya no les bastó: tuvieron que convertirlo en espectáculo.

Amélie Nothomb

 

Hace algunos años, el 1 de agosto de 2008 para ser preciso, fue encontrado el cadáver del niño Fernando Martí, hijo del próspero empresario Alejandro Martí, luego de 53 días de haber sido secuestrado. El trágico hecho significó un punto de quiebra en la larga cadena de secuestros perpetrados entre los sectores más acaudalados de la sociedad mexicana.

Los secuestrables sacaron uñas y dientes encabezando masivas expresiones de rechazo a la ineptitud y complicidad de las autoridades encargadas de la seguridad pública. “Si no pueden renuncien”, les gritó a la cara Alejandro Martí.

Ni pudieron ni renunciaron, pero sí desgarraron sus vestiduras. Felipe Calderón propuso cadena perpetua a los secuestradores y, para mostrarse más radical, Emilio Gamboa Patrón (entonces diputado y hoy senador del PRI) exigió la pena de muerte. En ese entorno se vertieron los más lacrimógenos argumentos en favor de las víctimas y sus familias, hasta lograr penalidades de hasta 40 años que, para efectos prácticos, equivalen a una cadena perpetua disfrazada.

Promotores y apoyadores de las vengativas condenas, desoyeron las voces que, con experiencias y evidencias sobre la mesa, han demostrado que el incremento de las condenas, incluido el asesinato que significa la pena de muerte, no ha servido para inhibir los delitos ni abatir la violencia. Ello por una simple y sencilla razón: no atienden a las causas de fondo (sociales, políticas, económicas, psicológicas, etc.) que mueven a las personas hacia la delincuencia, organizada o no.

Es por eso que la guerra de Calderón fracasó rotundamente y lejos de resolver los problemas, los agravó. Aumentaron demencialmente la violencia y los asesinatos, las cárceles se atiborraron, creció el número de víctimas colaterales y, para colmo, se recrudecieron la tortura y las violaciones de los derechos humanos.

En medio de este berenjenal floreció un terrible fenómeno: las desapariciones forzadas. Hasta la denominación es incomprensible y absurda. No hay manera de explicar y entender cómo pueden “desaparecer” decenas de miles de personas sin dejar huellas y que decenas de miles de policías y militares sean incapaces de aclarar el misterio, localizar a las víctimas en un plazo razonable y llevar a juicio a los culpables del delito.

Definitivamente los encargados de gobernar, garantizar la seguridad pública e impartir justicia, no están cumpliendo su solemne juramento de cumplir y hacer cumplir las leyes que rigen al país. Este solo hecho ya es muy grave de por sí, pero más grave resulta que el incumplimiento masivo de las autoridades de todos los niveles, no tenga consecuencia alguna. Y esta impunidad, solapada y compartida, explica el desgarramiento del tejido social, la falta de solidaridad y la pérdida de valores éticos y cívicos, lo cual genera un rico caldo de cultivo para la delincuencia.

Ese es el círculo vicioso, nunca mejor dicho, sobre el que gira desde hace años la sociedad mexicana y no se ve por donde pueda romperse. Al contrario, pareciera que cada vez más mexicanos lo asumen como el destino manifiesto de la nación y se incorporan alegremente a la rebatinga, al grito de “el que chingó, chingó y el que no… ”.

Tal vez eso explica la apatía generalizada frente al sufrimiento de tanta gente que llora y busca, con más afán que esperanza, a sus seres queridos “desaparecidos” sin que nadie les dé razón de ellos.

Ni siquiera aquellos que, solemnemente ataviados de blanco, salieron a defender a los secuestrables cuando la desgracia se abatió sobre ellos. Quizás porque, a diferencia de la gente bonita, gente de bien, de noble cuna y buenas familias, acá se trata más bien de lo contrario; gente anónima, sin rostro, sin pasado.

Los medios y locutores que ayer clamaban justicia por los secuestrados, hoy se agachan y se van de lado frente a los desaparecidos. En el mejor de los casos “entrevistan” a las madres, esposas, hijas, parientes o amigos, para que lloren frente a las cámaras y el gran público se conmueva, entre anuncio y anuncio, por aquellos que perdieron lo único que tenían. Luego ponen la telenovela o el futbol y a otra cosa mariposa.

Esta ausencia de sentido de pertenencia a la comunidad, el olvido de la noción del “nosotros” como principio fundamental de convivencia, no anuncia sino mayores desgracias individuales y colectivas. Porque, finalmente, lo que afecta a uno afecta a todos, aunque no lo sepamos o no queramos verlo.

El espectáculo del sufrimiento ajeno no es sino el espectáculo de la destrucción de nuestra propia identidad social y nacional. Y esto no es algo que se repare de un día para otro. Para arreglar esto no hay refacciones que se vendan en la esquina. De hecho muchos de los daños causados son irreparables. ¿Cómo reparas, por ejemplo, la vida perdida de un hijo, un padre, un amigo?

En fin, pobre México, triste su calavera.

 

Cheiser: Fieles a su proverbial consecuencia política, es de esperarse que en cualquier momento los clérigos panistas y sus acólitos del PRD incorporen a su rosario de promesas, otorgar en comodato el gobierno de Puebla al todopoderoso señor Jesucristo, tal como lo hizo su correligionaria en Monterrey. Todo con tal de ganar votos que es lo único que les interesa, a poco no.

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